Jesús Torbado y El Peregrino

El Peregrino, un éxito de crítica y ventas, es una magnífica novela histórica del Camino de Santiago

El pasado mes de agosto de 2018 falleció Jesús Torbado, escritor y periodista leonés que había nacido en San Pedro de las Dueñas (1943), muy cerca por lo tanto del Camino Francés a su paso por Sahagún y al pie del Camino de Madrid. A quien ganó el Premio Alfaguara de novela con 22 años en clave existencialista (Las Corrupciones, 1965), el Premio Planeta (En el día de hoy, 1976) y con Manu Leguineche compuso Los Topos (1977), su mayor éxito, en los dos últimos casos recuperando la memoria del bando que había sido vencido en la Guerra Civil, también podríamos recordarlo por haber publicado en prensa y revistas numerosos artículos de temática jacobea. Pero Torbado aportó al Camino mucho más, una novela que, en su día, alcanzó un gran éxito en crítica y ventas, obteniendo el Premio Ateneo de Sevilla en el año santo de 1993: El Peregrino.

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Jesús Torbado y portada de El Peregrino (Planeta, 1993)
Jesús Torbado y portada de El Peregrino (Planeta, 1993)

Para hablar con más razón de causa, y no de oídas, hemos vuelto a leer aquel relato magnífico, 448 páginas en la 6ª edición de Planeta, que ya por aquel entonces llevaba vendidos 46.000 ejemplares. Esta obra, además, tiene algo de pionera, pues constituye una de las primeras aproximaciones a un campo, el de la novela histórica del Camino de Santiago, en el que más tarde han ido floreciendo un sinfín de relatos –y los que nos esperan-, la mayor parte de ellos oportunistas, con un pobre bagaje documental y cautivos de una cargante reiteración de tópicos.

La temática de la peregrinación encaja perfectamente con la personalidad viajera de Torbado, que al igual que su paisano Julio Llamazares, o los entonces ya consagrados Camilo José Cela o Miguel Delibes, fue un apasionado de los viajes, cuya primera aportación al género fue Tierra mal bautizada (1969), un descarnado recorrido por León, Palencia, Valladolid, Zamora… Sin embargo, al hablar de viajes, sin duda no hay experiencia más apasionante que la de un peregrino jacobeo, máxime si situamos el escenario en la fase central del Medievo, en torno a los años centrales del siglo XI, cuando recorrer desde Francia el itinerario, aún en fase de consolidación, constituía la mayor aventura que un ser humano podía entonces emprender.

A la tensión dinámica de quien se desplaza, viviendo momentos dulces, pero también poniendo su vida en peligro y superando grandes peligros, contrapone el medio estático de su comarca natal, la Tierra de Campos leonesa, a partir de un monasterio de Sahagún que, en estos momentos, se convierte en un emporio para la fe, canalizada a través del culto de las reliquias, y por ende económico, con las tensiones sociales que la avaricia de los monjes genera.

El inicio, trepidante y con efluvios de road movie, nos presenta al aún bisoño y solitario peregrino Martin de Châtillon, un porquero que desde la lejana abadía de Marmoutier, próxima a Tours, principia por encomienda un camino que se prolonga más de lo esperado y le va a cambiar la vida.

La inspiración de lo que acontece llega en muchos casos de la guía calixtina, pues no en vano tuvo como asesor a otro leonés experto en el texto, el catedrático y filólogo Millán Bravo Lozano. Pero el leit motiv en torno al que gira toda la trama, y a partir del que llega la fortuna de los protagonistas, Martin y su bregado compañero de viaje, el mozárabe Iscam, es el culto de las reliquias. Aquel auténtico fervor y furor, que en el siglo XI y XII alcanza su momento álgido, genera un inmenso mercado de falsificaciones, aceptadas sin grandes reparos, de cuerpos, cráneos y todo tipo de huesos de los apóstoles, santos y mártires, así como de los preciados objetos que habían estado en contacto con ellos, en el rango superior los relacionados con Cristo (en la cumbre el Santo Grial, luego los lignum crucis o las espinas de la corona y otros elementos de la pasión) y la Virgen.

A quien sabe manejarse en esta convulsa época, en que la violencia, la enfermedad y la guerra son algo cotidiano, y la muerte aquella compañera que aguarda en cualquier esquina, les aguarda un milagro superior al de las sanaciones: el, por entonces tan improbable, ascenso en la escala social. A ello también contribuye, desde luego, la ficción de un azaroso encuentro con el desvalido Alfonso VI tras la batalla de Golpejera (1072).

Por la galería del Camino transitan caravanas de flamencos, precursores de los puritanos; un sinfín de pícaros, gallofos y bordoneros de toda condición; personajes históricos como Domingo de la Calzada o Gaucelmo, los reyes Fernando I y Alfonso VI, los abades de Sahagún; el pueblo llano entre la miseria y el consuelo de la fe y la milagrería; monjes codiciosos y descreídos, buenos amantes de las mujeres y el vino; místicos e iluminados, que como los actuales diseñadores de apps pretenden en todo momento vender su “producto”; soldadesca bajuna y embrutecida, mercenarios sin dios ni patria; banqueros judíos de palabra, que sostienen todo el entramado económico del reino; posaderos innobles que bautizan el vino y cobran por un camastro diez veces lo que vale; mozárabes de los que todos desconfían, y bellas moras cautivas que buscan la redención a través del servicio doméstico y el amor; comerciantes francos enriquecidos, los precursores del capitalismo global…

El mundo que nos describe, fruto de la crisis personal del propio autor, que ha puesto en solfa su educación tradicional tras su deriva existencialista, rezuma escepticismo e ironía. En el maremágnum de un itinerario poblado de tentaciones, entre ellas la gula y la lujuria, el humor alcanza momentos geniales, por ejemplo cuando las freiras de un inventado monasterio de O Cebreiro, en grupo, aplacan sus furores uterinos con la pareja de peregrinos secuestrados; en el desarrollo de la batalla campal entre los monjes defensores del rito mozárabe y el romano (Monty Phyton en estado puro); o cuando el médico moro granadino, llegado a Compostela para una importante y secreta misión, explica su dictamen sobre el análisis científico, desde luego bien temprano, sobre los supuestos huesos del apóstol Santiago.

La lectura es fluida porque Torbado no comete el error, tan habitual entre los cultivadores del género histórico, de recargar de información los marcos, con interminables digresiones destinadas a demostrar lo mucho que han leído para documentar el período en cuestión. Nuestro compañero Jesús es un maestro de la prosa, y El Peregrino, sin duda, una de las más grandes aportaciones de temática jacobea y peregrinatoria. Leer esta novela, reeditada en varias ocasiones por Planeta, y en 2008 por Ediciones B, fácil de adquirir en librerías de viejo o por internet, supondrá un goce para los amantes del Camino.