Etapa 17: Santa Cruz - Córdoba | Al Loro

Distancia: 
25,7 km
Duración: 
6 horas 30 mins
Dificultad: 
2
Paisaje/Naturaleza: 
2

El recorrido, aunque no sea especialmente duro, supone más de 25 km sin nada (sin fuentes, ni sombra, ni pueblos ni servicio alguno), por lo que será imprescindible llevar mucha agua y alguna vitualla.

Se sale de Santa Cruz por la calle Camino del Jaco; seguiremos durante 5,5 km una carretera local junto al arroyo del Jaco, hasta llegar al cruce con un camino de tierra por donde discurre la variante directa que viene desde Castro del Río.

El final de la etapa se eterniza: a partir de un altozano veremos la ciudad de Córdoba en el horizonte y, aunque parezca que vamos a llegar enseguida, todavía falta mucho por caminar.

Entramos en el casco histórico junto a la torre de la Calahorra, cruzando el gran Puente romano sobre el río Guadalquivir. Al final del mismo disponemos a la derecha de una oficina de turismo, donde nos darán toda la información necesaria para visitar la ciudad.

La iglesia de Santiago (calle Agustín Moreno, 26) está a pie del camino de salida de la etapa siguiente; en las horas de apertura se puede sellar la credencial y, durante las misas, solicitar la bendición del peregrino.

El Guadalquivir (del árabe wad-al-k’bir, que significa río grande) era conocido como Baetis, Betsi o Betis desde época cartaginesa; de ahí que la provincia romana fuese designada como Bética. En aquellos tiempos este río era navegable hasta Córdoba.

Los romanos fundaron la Colonia Patricia Corduba sobre un poblado íbero y turdetano, que acogería la capital de la región de la Hispania Ulterior, y más tarde de la provincia de la Bética. En el siglo X, bajo dominación musulmana, la ciudad alcanzó su apogeo y llegó a albergar casi un millón de habitantes, siendo en aquel momento la metrópoli más poblada y poderosa de Occidente, sólo comparable a Constantinopla.

Durante el Califato omeya la ciudad llegó a tener más de 300 mezquitas y numerosas sinagogas. Aquí convivieron musulmanes, judíos y cristianos a lo largo de varios siglos, en un ambiente de tolerancia que atrajo a los mejores artistas, científicos y pensadores de Oriente y Occidente. Entre sus hijos más célebres cabe citar a dos filósofos coetáneos: el musulmán Averroes (1126-1198) y el judío Maimónides (1138-1204).

No podemos dejar de visitar la Mezquita, gran monumento de época califal levantada sobre un antiguo templo tardo-romano; el precioso bosque de columnas y arcos de herradura fue alterado en el siglo XVI, cuando en su interior se construyó una catedral en estilo renacentista y plateresco. Se puede visitar gratuitamente de 8:30 a 9:30, y pagando durante el resto del día (taquillas de entrada en el patio de los Naranjos); si lleváis la credencial os estamparán un sello muy bonito.

Vale la pena visitar la lujosa ciudad palatina de Medina Azahara (Madinat al-Zahrá), construida durante el siglo X por Abderramán III, primer califa de al-Ándalus; su existencia fue efímera, dado que albergó la corte califal durante apenas unas décadas, siendo destruida hacia el año 1010. Se halla a 8 km de Córdoba, pero hay autobuses específicos de ida y vuelta, todos ellos por la mañana.

El torero Manuel Rodríguez Manolete nació en Córdoba en 1917 y murió en la plaza de toros de Linares (Jaén) con sólo 30 años, cuando estaba en la cumbre de la fama. Es considerado el cuarto califa del toreo, distinción exclusiva que se otorga a los mejores diestros cordobeses, y que hasta la fecha sólo han recibido cinco maestros: Lagartijo, Guerrita, Machaquito, Manolete y El Cordobés.

Otros cordobeses ilustres fueron el pensador Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.), el poeta y dramaturgo Luís de Góngora (1561-1627) y el pintor Julio Romero de Torres (1874-1930), quien retrató como nadie a la mujer andaluza; en la céntrica plaza del Potro podemos visitar un museo que reúne una importante colección de sus obras.

Mayo es el mes de los Patios de Córdoba, fiesta declarada Patrimonio de la Humanidad, en que desde 1921 los vecinos concursan por la mejor ornamentación de los patios de sus casas. Durante dos semanas las protagonistas son las flores: geranios, pendientes de la reina, flores de gitana, bocas de dragón, madreselvas, jazmines, rosas, pasionarias, limoneros trepadores… Una explosión de color y de fragancias, acompañadas por actuaciones folclóricas, vinos y tapas, que atrae a la ciudad a cientos de miles de visitantes que abarrotan las calles de los barrios de San Basilio, Alcázar Viejo, Santa Marina o la Judería.

El guiso más conocido –y taurino– de la zona es, sin duda, el rabo de toro estofado. También son típicos los flamenquines (rollos de carne empanados, con lonchas de jamón o pimientos en su interior), el picadillo cordobés, la japuta (palometa en adobo) y, cómo no, el famoso salmorejo. Aquí, a diferencia de Almería y Granada, las tapas no suelen estar incluidas en la consumición.

El salmorejo es una crema fría a base de majado de miga de pan, ajo, aceite de oliva, sal y tomate, adornada habitualmente con huevo duro picado y virutas de jamón; en algunos restaurantes se acompaña con berenjenas empanadas. Dicen que su origen proviene de la cocina árabe del Califato… salvo el tomate, que fue traído de América en el siglo XVI.

El gazpacho andaluz, una sopa fría de hortalizas trituradas, aceite y vinagre, era el plato que comían en verano los campesinos y los jornaleros durante las horas de calor, en el que se aprovechaba el pan seco, algún tomate ya maduro y cuantos productos de la huerta tuvieran a mano. Su origen se lo disputan Andalucía y La Mancha.

El dulce típico de la ciudad es el pastel cordobés, una torta de hojaldre rellena de cabello de ángel; también existe una versión reducida bautizada como Manolete (por el torero), mientras que otra variante sería el pastelón mozárabe.