Etapa 1A: Coimbra - Penacova (por Lorvão) | Al Loro

Para información sobre Coimbra podéis leer las Notas destacadas de Coimbra y/o el artículo de Antón Pombo 10 lugares que visitar en Coimbra.

Si por cualquier motivo no se quiere hacer la etapa completa, sobre todo la primera parte, que es cuesta arriba, la línea 16 del bus urbano circula del centro de Coimbra (Praça da República) hasta Carapinheira. Presta varios servicios a primera hora del día durante la semana, solo uno el sábado y ninguno el domingo.

La traza sigue la lógica de un camino medieval que busca el apoyo de una importante fundación monástica, la gran abadía de Lorvão, cuya visita es muy recomendable. Para diseñarla hemos contado con el asesoramiento de la Oficina de Turismo de Coimbra, con los vecinos de alguno de los pueblos atravesados y con el sentido común, pero para no liarla hemos preferido describir vías claras y expeditas, pues no es nuestra misión recuperar ahora la traza histórica.

Muchas cuestas, para quien guste de ellas, aunque salvo un corto tramo siempre sobre asfalto. Desde luego, sobre dos ruedas es más recomendable la variante por el valle del Mondego (etapa 1B).

Conviene salir de Coimbra provistos de alimentos. En el barrio Santo António dos Olivais tenemos panadería, frutería y tiendas de alimentación.

Dejamos Coimbra ante la iglesia de Santo António dos Olivais (s. XVIII), a la vez parroquia de un populoso barrio y santuario al que acuden los devotos de este querido santo, nacido en Lisboa, en Portugal legión. Se alza en una colina, sobre un convento franciscano del s. XIII. Preceden al templo un decorativo atrio con cruceiro del s. XVI, dentro de una capillita, y la escalinata monumental con un mini Sacromonte compuesto por seis capillas con escenas de la Pasión de Cristo. En el interior, repleto de talla dorada, sobresalen los paneles de azulejos, en blanco y azul, sobre la vida de San Francisco y San Antonio.

En el inicio de la etapa se merece una parada, con breve desvío desde el Camino, la Mata Nacional de Vale de Canas (jardín botánico), por la que se puede avanzar un tramo regresando a la carretera de referencia (M536).

El café Restauro, en Cova do Ouro, dispone de pan a la venta; en Dianteiro hay un par de tiendas; y, en Paradela de Lorvão, está el café-tienda A Mó.

El gran monasterio de Santa María puede ser conocido con su museo (visita guiada por 3 €), pero la entrada a la iglesia es libre. Del interior del templo, muestra del decorativismo excesivo del barroco joanino, sobresale su coro; labrado en maderas de jacarandá y nogal, fue concluido en 1747 y es uno de los mejores de su época en Portugal. Sendos altares acogen las urnas de plata con los restos de las Rainhas Santas, Teresa y Sancha, hijas de Sancho I que aquí profesaron. La imagen de Nossa Senhora da Vida es del s. XIV.

La presencia de un gran monasterio femenino es presagio de buena repostería conventual, y en Lorvão no falla, con su máximo exponente en los pastéis que llevan su nombre, elaborados con yema, mantequilla y almendra. A probar en la pastelería O Mosteiro, frente a la abadía, donde también fabrican nevadas, bolos do mosteiro y otras especialidades del Císter.

De auténtico lujo hay que calificar la playa fluvial do Reconquinho, galardonada con bandera azul, a la que además se accede con facilidad desde el Camino por una pasarela de madera sobre el Mondego.

Podemos quedarnos en el pueblo (zona alta, breve desvío desde el Camino), o bien avanzar algo más y seguir hasta la zona del río, donde cruzando el puente hay dos hostales.

Lo más impactante de la villa es su emplazamiento, en un promontorio rocoso que se asoma a un meandro del Mondego. Por lo tanto, hoy toca sesión de miradores, tan sugerentes como el templete Emygdio da Silva (1908), la pérgola diseñada por el arquitecto Raúl Lino junto a la Câmara Municipal (1918) o, sobre una roca cuarcítica, el Penedo do Castro, aunque para subir al tercero se gastará más energía de la debida.

Del Mondego proceden dos manjares en forma de peces: las anguilas (enguias), que habitualmente se ofrecen fritas o en una caldeirada (ensopado); y la divina lamprea (lampreia), bastante más escasa y cara, que suele elaborarse en su propia sangre en arroz, y que en febrero tiene su fiesta en Penacova.