Novedades en Santiago de Compostela (y II): La hostelería

Abren en el casco histórico numerosos negocios orientados a peregrinos y turistas, incluidos dos flamantes albergues y un espacio gastronómico de gran formato

La hostelería compostelana, merced al gran movimiento generado por la peregrinación, vive un tiempo de vacas gordas, época álgida que todos desean que perdure en el tiempo, aunque para ello no siempre se estén tomando las medidas adecuadas para evitar el desgaste que, inevitablemente, provoca el turismo de masas, sobre todo el de bajo coste, sobre la marca.

Ya hemos hablado, en otras ocasiones, de los riesgos provocados por esta “invasión”, sobre todo cuando no está debidamente ordenada y regulada. Pese a que según los estudios de economía, la denominada “industria turística” ya supone un 25% del PIB de la ciudad, todos sabemos que si bien son muchos los beneficiarios de este mercado, sin duda los grandes empresarios y la distribución, y de las migajas los trabajadores (camareras de hoteles, cocineros y camareros de bares, guías turísticos, transportistas…), también son legión los perjudicados. Entre ellos, sin ir más lejos, se cuentan los propios ciudadanos, que ven desaparecer negocios de siempre (en el casco antiguo compostelano, por ejemplo, tan solo hay un supermercado), colapsados los servicios públicos (así los sanitarios) o encarecidos no sólo los de alimentación, ocio y cultura, sino, y sobre todo, la vivienda: alquilar se ha convertido en una odisea, y los estudiantes universitarios tardan ahora hasta un mes en encontrar piso, por supuesto alejado del centro y a precios desorbitados.

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Vista general de La Galiciana, espacio gastronómico
Vista general de La Galiciana, espacio gastronómico

Antes los pacientes compostelanos sabían que el alboroto era fugaz, porque la temporada duraba poco, como mucho julio y agosto, y que pronto la ciudad recuperaría su deliciosa rutina. Sin embargo, ahora ya se prolonga de Semana Santa a finales de octubre, siete meses, y la administración turística se esfuerza para que lo haga todo el año. De este modo, ya son muchos los ciudadanos resignados que no pisan el casco antiguo, “total para que te claven”, y se conforman con quedarse por el Ensanche o los barrios, reductos de “autenticidad” aún no sometidos a presión y mutación. Otro tanto nos ocurre al resto de los gallegos, que llegamos a sentirnos extraños en una ciudad que antes era el símbolo del país, siempre acogedora, y que en el presente se torna hostil, pues en cierto modo “nos la han secuestrado”. Y por encima no podemos ni chistar, porque ante la más mínima queja vienen raudos los del pastoreo a censurar los síntomas de la “turismofobia”, acusando a los infectados de nostálgicos, aguafiestas, egoístas, insensatos y antipatriotas. La directriz es nítida: el beneficio económico generado por el turismo es infinitamente superior a las “pequeñas molestias” que pueda provocar. Y punto.

La moratoria y sus consecuencias

En primer lugar, y dada la multiplicación de alojamientos visibles, no podemos menos que reconocer que ha sido un acierto la medida municipal, en su día tan combatida, que a finales de 2016 estableció una moratoria de dos años en el casco histórico, hasta la redacción de un nuevo Plan Especial, para la apertura de nuevos hoteles, pensiones, apartamentos o viviendas turísticas (estas son las invisibles, al menos en la cartelería, pero numerosas a poco que entremos en internet). El nivel de saturación era tal que el recinto monumental corría un serio riesgo ya no sólo de veloz despoblamiento, sino de contraer un síndrome veneciano de tomo y lomo, o sea, la conversión de todo el área en un decorado, un teatro temático de servicios para el turismo masivo que una vez que concluye el horario comercial se convierte en un cementerio.

Cualquier viajero curioso, a poco que recorra las calles más próximas a la catedral, e incluso algunas más alejadas, podrá comprobar per se que la oferta hotelera ya se ha pasado de la raya, y que más allá de intereses especulativos, con expectativas de negocio que pueden truncarse si la evolución del turismo y del Camino no son los esperados, amén de algunos aspectos positivos, tal la rehabilitación de edificios históricos que en ocasiones amenazaban ruina, algo había que hacer. De habernos quedado parados eran bien sabidas las consecuencias de la desregulación: las pensiones con encanto, los hotelitos boutique, los apartamentos guay gestionados desde centrales de reservas con códigos de acceso y los pisos turísticos vip acabarían colonizando por completo el escenario, quedando los bajos reservados para bares, restaurantes y tiendas de recuerdos, y cuando la sobreoferta fuese una realidad (por cierto, ya lo es), comenzaría la guerra fratricida de precios, sobre todo en la temporada baja, y las grandes cadenas acabarían devorando a los peces chicos, que precisamente son los negocios familiares de emprendedores locales. La ley de la selva siempre ha sido así, no falla.

Además, por aquello de poner las barbas a remojar, de algo tiene que servir la experiencia de urbes como Palma de Mallorca, Barcelona o Donostia, e incluso la de otras más afines a Santiago como Salamanca o Toledo, para no cometer los mismos errores del vecino ya escarmentado, ello pese a que en el tablero político hispano, por más que las razones, e incluso los informes científicos, sean concluyentes, los consensos resulten imposibles. De ahí, por ejemplo, la férrea negativa de la Xunta a aplicar una tasa turística municipal que ya funciona en medio mundo sin que haya provocado ningún tipo de desbandada.

El problema viene ahora, cuando decisiones de tanta relevancia volverán a ser objeto de análisis a la ligera, y simplificadas en eslóganes, en la campaña de las nuevas elecciones municipales. Pero mientras ellos, los políticos, siguen practicando sus bailes de salón, ensayando un paso adelante y dos atrás, el mundo real de las inversiones “si muove”, algo que podemos comprobar en la apertura de numerosos negocios destinados a peregrinos y turistas: pulperías, vermuterías, restaurantes veganos, hamburgueserías, modernas taperías, heladerías, colmados bio, lavanderías automáticas y, también, albergues.

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Albergue Santiago Km 0, recepción
Albergue Santiago Km 0, recepción

Dos nuevos albergues

La Rúa dos Concheiros, de jacobeo y evocador nombre gremial, se está convirtiendo en un buen espacio de acogida para los peregrinos. En ella ya funcionaban dos albergues, Porta Real y La Estrella de Santiago, y desde julio de 2018 se ha sumado a ellos El Viejo Quijote, un nombre que parece albergar toda una declaración de principios.

Dos socios, el barcelonés Miguel y el colombiano Yirán, se han embarcado en esta aventura casi por casualidad, desde luego tras haber hecho el Camino, y acaso por haber cometido la locura de pedir al apóstol Santiago que les echara una mano. Al parecer ayudó y bastante, porque todo el proceso de encontrar el bajo y crear el albergue ha sido, en palabras de Miguel, “un auténtico milagro”. Nuestro interlocutor, además, ha recalado en este fin del mundo del Occidente después de haber vivido una larga estancia en otro extremo, Tierra de Fuego, de donde en cierto modo huyó al haberse perdido, siempre el turismo en la causa, el espíritu de paz y seguridad que en el lugar reinaba.

Pasamos por el Viejo Quijote, acaso destinado a grandes peregrinos aventureros, en el día en que ha recalado un romero con trayectoria, el italiano Luigi Cianti, al que la prensa precisamente califica de “quijote”, pues pudiendo serlo no quiso asumir la vida de millonario y prefirió donar su herencia y lanzarse a los caminos. No será el último de este tipo, reconocible o anónimo, que evoque la gesta del ingenioso hidalgo y elija esta temporal morada para reposar en la meta.

El albergue dispone de 22 plazas, distribuidas en dos dormitorios de diez y una habitación doble accesible, y de los servicios habituales en este tipo de alojamientos salvo la cocina. En un principio pretenden abrirlo todo el año, y el precio es de 13 €.

A un género diferente responde el albergue Santiago Km 0, que en junio de 2018 ha sido inaugurado en la rúa actualmente más cotizada de la milla de oro compostelana: Carretas, a un paso del Centro de Acogida al Peregrino.

En este caso se parte de un edificio familiar, el de los abuelos del promotor, casa de finales del s. XIX en la que se han conservado, además de la estructura de piedra, elementos singulares como los azulejos y baldosas del portal, la bella escalera con su baranda de hierro o las vigas de castaño, incorporando otras piezas de moderno diseño, tales las lámparas guías de led que recorren los techos simulando los caminos que conducen a la ciudad, tan solo una de las aportaciones del compostelano Estudio 31.

La idea inicial se decantaba por los apartamentos, el segmento de moda en la oferta hotelera, pero para fortuna de los peregrinos se optó por un albergue, probablemente el mejor del casco antiguo a la par de The Last Stamp.

Casi al pie de la catedral, por el momento ofrece 36 plazas distribuidas en habitaciones de 4 y 6, con las literas provistas de su juego completo de sábanas, además de otros espacios comunes como la cocina, un salón-comedor y, sobre todo, el delicioso patio ajardinado, que se orienta a ese desconocido mundo de las huertas situado a poniente del Obradoiro. Estos pequeños “lujos”, a los que se suma una recepción que funciona las 24 h, permitirán al peregrino huir de la vorágine para recogerse en un pequeño oasis. Los precios se sitúan entre los 16-22 € de la temporada baja y los 20-26 € de la alta.

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Fachada del albergue Viejo Quijote, en la entrada de los caminos Francés, Primitivo y Norte por la Rúa dos Concheiros
Fachada del albergue Viejo Quijote, en la entrada de los caminos Francés, Primitivo y Norte por la Rúa dos Concheiros

Un mercado de sabores: La Galiciana

A las anteriores iniciativas hemos de sumar una última, de gran formato y realmente original: la creación de una especie de mercado de sabores, al estilo de los existentes en Barcelona, Donostia, Madrid, Palma o Lisboa, en el contenedor de la antigua ferretería-almacén Villaverde. Situado en la Rúa Gómez Ulla, inmediata a la Praza de Galicia y por lo tanto al lado del casco histórico, se ha convertido en la gran novedad gastronómica de la ciudad, con abarrote diario y buenas críticas. Su nombre alude a la ración alimenticia que los gallegos emigrados a Cuba preparaban allende los mares, y la decoración combina elementos tradicionales, tales un mural de Sargadelos o un panel con conchas planas de vieira, como los existentes en las medianeras de las Rías Baixas, con otros de moderno diseño.

Aunque se había intentado desarrollar un proyecto similar en el viejo mercado de Santiago, es justo reconocer que la estructura del almacén resulta idónea. A demás de mostrar la cubierta metálica del techo, realzada con una espectacular iluminación, al modo de los mercados delicatessen, los negocios se sitúan alrededor de un patio ocupado por mesas corridas de madera, un guiño a las tradicionales pulpeiras, con bancos y variadas sillas vintage. En ellas el personal bebe y come tras adquirir, donde decida aquí y allá, lo que le más le plazca.

Sin que los precios sean disparatados, la oferta incluye una gran cervecería de Estrella de Galicia, una vinoteca, un clásico Food Truck -que no puede faltar hoy en día-, una coctelería en la planta alta, y tiendas o despachos de dulces, licores y productos gourmet, pulpo, tortillas, lacón, patatas con salsa, arroz con marisco, conservas, productos veganos, pizzas sicilianas o helados artesanos. El aforo es de 500 plazas, y el horario de 12 a 24 h, los fines de semana hasta las 2 h.

Los promotores, asimismo, pretenden promocionar en sus instalaciones la artesanía gallega, y traer a reputados chefs para que preparen sus elaboraciones.

Aprovechad, peregrinos, para visitar La Galiciana antes de que las colas hagan acto de presencia, que es el síndrome de la ciudad, y sea preciso esperar una hora para entrar.