Etapa 10: Peñaflor de Hornija - Medina de Rioseco | Al Loro

Distancia: 
24,3 km
Duración: 
6 horas
Dificultad: 
2
Paisaje/Naturaleza: 
2

Nada más salir de Peñaflor de Hornija, tras una fuerte bajada por una rampa empedrada, encontramos un primer mojón que indica 446 km para Santiago; pero su posición resulta engañosa y provoca confusiones: en este punto deberemos levantar la vista para localizar otras flechas cercanas, ya sea colgadas, pintadas en un poste de hormigón o en el asfalto.

Hoy será una jornada en que seguiremos siempre pistas de tierra, sin apenas sombra ni desniveles. El único punto a reseñar es la bifurcación que encontraremos en el km 2,5 de la etapa, donde se plantean dos opciones: seguir el camino principal sin pérdida hacia Castromonte, o tomar una ruta alternativa que permite visitar el monasterio de La Santa Espina.

Aquellos que decidan tomar el desvío hacia La Santa Espina, deben saber que es una ruta alternativa que alarga en unos 9,5 km la etapa. Después de llegar al monasterio, las flechas (escasas) te dirigen hacia la bonita senda del pantano; pero aquí desaparecerá la señalización durante kilómetros, y deberemos caminar algún trecho campo a través hasta localizar de nuevo flechas bastante despintadas junto a las ruinas de una casa. Esta variante para intrépidos finaliza en el pueblo de Castromonte, donde tras 16 km se enlaza de nuevo con el camino oficial.

Es un antiguo monasterio cisterciense (s. XIII-XVII), muy reformado y hoy convertido en escuela de capataces agrícolas. Lo más destacable a visitar sería la reliquia de la espina a que se refiere su nombre, la sala capitular y una curiosa exposición de mariposas e insectos de los cinco continentes. Aunque el guía no lo explique, el edificio fue utilizado como siniestro campo de prisioneros durante la Guerra Civil española.

Los que deseen pernoctar en Castromonte disponen de un excelente albergue municipal en el edificio de las antiguas escuelas; en el pueblo hay un bar y una tienda, cuyo dueño suele atender a cualquier hora a los peregrinos que llaman al timbre.

Es la primera población de este camino de Madrid en la Tierra de Campos, una extensa comarca natural que incluye parte de las provincias de Palencia, Valladolid, León y Zamora.

Más que una referencia a su actividad agraria, el nombre Tierra de Campos proviene de las expresiones Campos Galaicos (Campi Gallaeciae) o Campos Góticos (Campi Gothorum), por tratarse de la región donde se asentó el grueso de la población visigoda a finales del siglo V, cuando fue expulsada del sur de la Galia por el expansionismo de los francos.

Tenemos mucho a visitar en la conocida como Ciudad de los Almirantes de Castilla, un título que resulta extraño aquí tan lejos del mar. El recorrido por la villa deberá incluir sus cuatro iglesias, las figuras de los pasos de Semana Santa, las diferentes puertas de su muralla y los soportales de la Rúa o calle Mayor con sus pilares de madera.

También descubriremos al personaje más famoso de la villa, el temible cocodrilo del río Sequillo, que según la leyenda era una bestia que aterraba la ciudad medieval y fue abatido por una lanza, aprovechando su sorpresa al verse reflejado en un espejo; o bien, sin derramar sangre, se convirtió en cocodrilo de caramelo, como sugieren en una tienda de golosinas que vende piruletas con su efigie. Ni cocodrilo, ni espejo, ni caramelos: el único bicho de verdad es la vetusta piel de un caimán que encontraremos sobre el zaguán de la iglesia de Santa María de Mediavilla, un exvoto u obsequio enviado en el siglo XIX por un riosecano que hizo fortuna en América.

En nuestro garbeo por la ciudad debemos llegar a la dársena del Canal de Castilla, la mayor obra de ingeniería civil de la España Ilustrada. Aquí podremos visitar la fábrica de harinas San Antonio, o dar un paseo en la embarcación turística Antonio de Ulloa, cuyo recorrido coincide con el primer tramo de la etapa de mañana.

La oferta gastronómica de estas tierras es tentadora: para comer, nada como unos cangrejos de río acompañados por un buen vino de Cigales o Toro; para la merienda, unas torrijas con miel de La Santa Espina;  y en todo momento el magnífico pan candeal y los dulces artesanos que llenan los aparadores de las pastelerías de Medina de Rioseco: bollos, marinas, abisinios… Decidido: por un día nos saltaremos el régimen.