Etapa 8A: Estaing - Espeyrac (por Golinhac) | Al Loro

Distancia: 
22,5 km
Duración: 
6 horas 15 mins
Dificultad: 
3
Paisaje/Naturaleza: 
3

El tramo del Lot a Fonteilles pasando por Montégut, asciende de los 320 m a los 655 m, resultando bastante duro, e incluso abrupto por momentos.

Al partir de Golinhac no debemos confundirnos con el GRP de Le Chemin d’Olt, sino dar un rodeo ante la Font del Cap del Luoc, cuesta arriba por Les Hauts de Golinhac.

Los encharcamientos del camino son frecuentes entre Les Albusquiés y Campagnac.

Los problemas de paso son serios para salvar el exigente desnivel que nos permite abandonar el valle del Lot (a pie y empujando la bici, no queda otro remedio), pero una vez superado el escalón se puede seguir el GR sin grandes problemas, aunque evitando la entrada en Espeyrac por la senda fluvial (continuaremos al frente hasta la D42, sin desviarnos a la derecha).

Si quieres comprar en Golinhac recuerda el horario de su tienda: de 8:00 a 12:25 y de 15:30 a 19:00, el domingo solo hasta las 12:00, y el lunes solo de 17:00 a 18:00. Los peregrinos no somos su clientela preferente.

La iglesia, que conserva el transepto románico, fue reedificada y fortificada en el siglo XIV. A su interior ha sido trasladado un crucero, también gótico, que antes estaba en la vía (sustituido por una copia); en él aparece representado un peregrino provisto de un gran bordón.

Alternativa a Espeyrac es Le Soulié, 2,6 km antes, original albergue provisto de pequeños edificios dispersos por un jardín arbolado, que practica la acogida cristiana con la presencia del carismático Michel. En su capilla nos proporciona una magistral lección iconográfica y teológica sobre la portada de Conques; de este modo ya iremos «sabidos» al día siguiente.

Apacible y encantadora población el antiguo Spariacus, donde resulta imprescindible recordar un curioso milagro recogido en el Libro de Sainte-Foy. Alude al peregrino Guibert, que cuando se desplazó a Conques fue asaltado por unos bandidos que además de robarle, menudas bestias, le arrancaron los ojos, que fueron recogidos y trasladados al santuario por dos pájaros bien adiestrados. Entre tanto, el pobre inválido tuvo que ganarse la vida como malabarista, pero un año después Santa Fe se le apareció en sueños pidiéndole que regresara a su templo; así lo hizo, y al llegar oró con tanta fe que recuperó sus ojos, que allí esperaban ansiosos, y con ellos la vista.