La Peregrina, de Isabel San Sebastián

La escritora novela el viaje de Alfonso II de Oviedo a Compostela

La novela histórica de temática jacobea está viviendo una época de esplendor, y sus protagonistas son las escritoras. Es cierto que aquí hemos hablado de algunos precursores, tales Basilio Losada, con el mismo título que hoy tratamos, o Jesús Torbado, idéntico pero en masculino; y también que en 2018 se ha publicado otra obra del género, Campo de la Estrella, de Santiago Blasco. Pero si un título ha estado presente en los escaparates durante el pasado año éste ha sido La Peregrina, de Isabel San Sebastián (Chile, 1959), conocida y polifacética periodista que ya había firmado dos relatos ambientados en la Edad Media como La Visigoda (2007) y Astur (2008), donde la protagonista era la misma Alana de Coaña a la que hoy citaremos, y otras como Imperator (2010) o Un reino lejano (2012).

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Isabel San Sebastián con La Peregrina
Isabel San Sebastián con La Peregrina

Hablamos pues de alguien que domina el oficio de escribir, que sabe documentar los períodos con bastante meticulosidad (incluso con notas aclaratorias) y que llega a saciar el gusto popular ávido, como en el siglo XIX, de la recreación de aventuras épicas y románticas a través de un pasado incierto y ensoñado. Esta proyección del ayer siempre resulta más amable y cautivadora que los textos de los historiadores, y el género de la novela histórica puede llegar a alcanzar grandes cotas literarias como demostraron, entre otros, Robert Graves con Yo Claudio (1934), Marguerite Yourcenar desde sus magistrales Memorias de Adriano (1951), Umberto Eco a través de El nombre de la rosa (1980) o Ken Follett con Los pilares de la tierra (1989), títulos de sobra conocidos por haber sido popularizados por medio de películas o series televisivas.

Como apuntábamos, en el mundo del Camino de Santiago el reinado es femenino. Ahí están autoras tan prolíficas como Matilde Asensi (Peregrinatio, 2004; Iacobus, 2006) o Toti Martínez de Lecea (El verdugo de Dios, 2004; El jardín de la oca, 2007), a las que sumar a Paloma Sánchez Garnica (El alma de las piedras, 2010), que también se retrotrae al descubrimiento del mausoleo apostólico, o Ángeles de Irisarri (La estrella peregrina, 2010), por no hacer la lista interminable, y todo ello sin salir de España.

Por el Camino Primitivo

Bajo ese calificativo tan desafortunado de “primitivo’, que más parece retrotraernos a migraciones desde las cuevas prehistóricas que a un itinerario jacobeo (“Camino antiguo” habría sido mucho mejor), San Sebastián se atreve a recrear el viaje de Alfonso II, una vez recibida la noticia del descubrimiento inducido al ermitaño Paio, con la confirmación del obispo Teodomiro, del sepulcro del apóstol Santiago. Lo hace a través de un formato clásico de best seller, un texto con empaque de 525 páginas y encuadernación en pasta dura.

De la comitiva regia forma parte Alana de Coaña, cortesana que ya había protagonizado dos novelas anteriores, por lo que en cierto modo hemos de hablar de una trilogía. El relato es en sí un viaje, la primera peregrinación si así pudiéramos considerarla, concebido con un objetivo claro, aunque sobre la marcha se vivirán episodios de todo tipo: hambre, enfermedad, peligros, intromisiones heréticas, muerte y tensiones amorosas no correspondidas por un rey casto, que ha tomado esta incomprensible y para el futuro del reino peligrosa decisión, y atormentado por sus remordimientos y elucubraciones. Por momentos puede parecer que estamos ante un relato aúlico o apologético, tal es la devoción que Alana muestra por el monarca y su ejercicio del poder.

La visión femenina es total, ya que en realidad estamos leyendo una crónica B y oculta, diferente a la oficial encargada a un avezado clérigo, del periplo. Su redactora, Alana, es una mujer culta y de mundo, que ha permanecido cautiva en Córdoba y, en su huida, pasado por Toledo; pese a su condición y a la época en que le ha tocado vivir, ha conseguido aprender a leer, y tenido acceso a códices monásticos y a personajes como Beato de Liébana. La viuda Alana tiene criterio propio, ama platónicamente al rey y no se desplaza al finisterre galaico impulsada por la fe, sino en busca de uno de sus hijos, del que no tiene noticias años ha.

Alana representa a la mujer astur, pero se sitúa en una encrucijada temporal: nacida en un castro que hasta hace poco mantenía sus creencias y tradiciones paganas, con la sabiduría de un pueblo resumida en los conocimientos de su madre, se ha visto forzada a integrarse en la nueva realidad política del reino visigodo, y tras la conversión de Recaredo en el cristianismo, lo que la ha obligado a renegar de sus creencias, so pena de ser considerada herética, aunque estas sigan instaladas en su corazón. Otras grandes mujeres de la época hacen acto de presencia desde su experiencia como peregrinas, tal es el notable caso de Egeria, la gallega que llegó hasta Tierra Santa y también compuso un relato. Con todo ello San Sebastián se compromete a reivindicar el peso de lo femenino en la historia, tanto tiempo invisibilizado, como un acto de justicia.

La herejía es uno de los hilos conductores de la trama, y más concretamente el adopcionismo de Elipando de Toledo, que sostuvo una durísima pugna, nada caballerosa por cierto, con Beato de Liébana (los insultos que se lanzaban asustarían a los diputados más procaces de hoy en día). Los clérigos del cortejo discuten a menudo de teología, y se pavonean citando pasajes bíblicos y sus conocimientos sobre patrística. Uno de ellos acaba siendo descubierto como acendrado adopcionista.

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Presentación de La Peregrina en Tineo
Presentación de La Peregrina en Tineo

El paisaje histórico entre Oviedo y la aún inexistente Compostela puede resultar irreconocible para un peregrino del presente, pues entonces aún se seguía la maltrecha vía romana, sin el apoyo de hospitales y polas (pueblas) que surgirían con el auge de la peregrinación. Por lo tanto, las hipótesis son recurrentes al hablar de lugares como los monasterios de Obona, por ejemplo, o de la villa Cornelia. Algunas de las ambientaciones pueden resultar más creíbles que otras, así la de Lugo, donde su obispo pone todos los reparos posibles a la supuesta inventio, o el monasterio de Samos, en donde la comunidad dúplice vive un estado de armonía y paz rayano en la utopía.

La memoria del reino astur está en todo momento presente: el providencial y largo reinado de Alfonso II, la heroica y providencial resistencia frente al poderoso emirato de Córdoba, las intrigas entre príncipes que desean la corona, los excesos cometidos por el rey Fruela, las rebeliones de vascones y galaicos, la alianza con Carlomagno, batallas, traslados de la corte, crecimiento de Oviedo,…

En el fondo, el penoso desplazamiento de Oviedo al Libredón no es más que una metáfora de la existencia concentrada en unas jornadas (pág. 256), una oportunidad para reflexionar sobre lo efímero que es nuestro paso por el mundo en contraposición a la vida eterna en la gloria.

Al final del Camino, quizá por la tensión generada, aguardábamos alguna sorpresa, y no un casi escrupuloso seguimiento de la tradición jacobea, adobada con pinceladas tomadas del Códice Calixtino, de todos conocida. No es que esperásemos un final sensacionalista inspirado en Gárgoris y Habidis (Sánchez Dragó), o la aparición de Prisciliano, pero tampoco un marco tan ortodoxo, canónico, políticamente correcto y, por lo tanto, predecible… El desenlace, que no es tal, en nada resta mérito a la obra, que resulta de fácil lectura y amena, por lo que en la onda de los peregrinos del presente, nos quedamos con el Camino y no con la meta. En cuanto a la etimología del campus stellae, si bien ofrece juego literario, está superada.

Es de agradecer, por último, que Isabel haya recordado la reciente recuperación del Camino por parte de los Amigos del Camino, a quienes agradece su trabajo ímprobo, y que incluso realice alguna crítica sobre las intervenciones realizadas en la ruta por las administraciones, lo que ha restado autenticidad a los tramos gallegos (pág. 516).

Periodista especializado en el Camino de Santiago e historiador