El Camino de Santiago en bicicleta tiende a la baja

Desde 2011 hay una progresiva disminución del número de peregrinos en bicicleta

Vamos por un momento a dejar las cabalgaduras aparte, ya que de los tres modos tradicionales en los que se viene conviniendo que es aceptable hacer el Camino de Santiago, el recurso a mulas, asnos o caballos es el más complejo, el que requiere de mayor infraestructura de apoyo y sin duda el más costoso, y por lo tanto a centrarnos en los dos medios más populares para recorrer el itinerario, y muy especialmente en la realidad de los bicigrinos.

De los datos de la Oficina de Peregrinación compostelana cabe colegir que una abrumadora mayoría de peregrinos, el 92,51% en 2017, opta por caminar, y tan solo el 7,29% prefiere la bicicleta. Es curioso que esta realidad, pese a estar bien contrastada por otras fuentes, y carecer de sentido la suposición de que los peregrinos del pedal pasen en mayor medida de recoger la Compostela (a ellos se les exigen 200 km) que los de a pie, no haya llegado aún a las guías y al periodismo de divulgación, que en muchos casos atribuyen cifras mucho más elevadas a los peregrinos en bicicleta, en torno al 20-25% del total.

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Peregrino ciclista cruzando los Montes de León
Peregrino ciclista cruzando los Montes de León

La razón de la anterior disonancia puede estar en la pereza crónica de muchos por realizar, de vez en cuando, un aggiornamento, esto es, una revisión periódica de los datos, ya que el Camino está en constante evolución y todo cambia a una velocidad, en ocasiones, de vértigo. Es cierto que el porcentaje de los que realizan el Camino en bicicleta ha ido descendiendo sensiblemente, pues si nos remontamos al año santo de 2004, tiempo en el que se multiplican los grupos a pie de corto recorrido, suponía un 11,81%, y si bien en 2005 ya se había recuperado la tónica habitual, alcanzando un 18,08%, y en el año siguiente el dato toca techo (18,22%), a partir de 2007 (17,27%), salvo insignificantes fluctuaciones, asistimos a un progresivo e irreversible descenso (16,89% en 2008, 17,06% en 2009, 12,10% en el siempre poco representativo año santo de 2010, pero 16,33% en 2011, 14,24% en 2012, 12,34% en 2013, 10,64% en 2014,  9,66% en 2015 y 8,40% en 2016), hasta tocar fondo, por el momento, con la ya casi irrelevante cifra de 2017.

Si atendemos a las cifras absolutas, en un principio constatamos que el número de peregrinos sobre dos ruedas aumenta ligeramente entre 2005 (16.985) y 2011 (29.949), alcanzando su cifra más alta ordinaria si obviamos el año jubilar de 2010. Sin embargo, desde 2012 constatamos un retroceso de un 4% anual, que se acentúa notablemente en los dos últimos años (23.347 en 2016 y 21.933 en 2017).

Pues bien, la tendencia es clara, no admite reparos, y ahora es llegado el momento de intentar ofrecer alguna explicación lógica. Y para nosotros existen dos claves que permiten comprender esta “crisis” de la peregrinación en bicicleta: 1. la ruptura de la idea de un Camino de largo recorrido, y 2. la menor gratificación de la experiencia respecto a los de a pie. Vayamos por partes.

Si nos fijamos con atención, el descenso de los bicigrinos coincide, paso a paso, con el aumento de peregrinos a pie de corto recorrido, esto es, con los que se conforman con cubrir un recorrido de 100 km, o poco más, hasta Santiago.

Día a día, con las contribuciones y apoyos que todos conocemos, se ha ido instalando en el imaginario colectivo de los potenciales peregrinos la idea, por completo contraria a la historia y a la tradición de las rutas jacobeas, de que tan Camino de Santiago es realizar cuatro o cinco etapas como venir de la frontera francesa, Sevilla o Lisboa. Es así como, ya lo hemos explicado en otro artículo de Gronze (El 46% de los peregrinos solo realizan los últimos 100 km), se ha ido consolidando un “peregrinaje” de exigua distancia que se encuentra próximo a suponer el 50% del total.

Y dado que muchos piensan que es tan Camino llegar de Sarria o Tui a Santiago como hacerlo desde Irún, Málaga, Saint-Jean-pied-de-Port o Le Puy-en-Velay, los que creían en un itinerario largo, que por no disponer de tiempo material para realizarlo tendrían que optar por la bici, se disponen ahora a sumarse a la congregación de los devotos de la Compostela “todo a 100”.

En cuanto a la segunda razón, también es de peso, pues hoy en día es vox populi, alcanzando el rango de certidumbre, que la experiencia del Camino a pie es muy superior, con una diferencia abismal, a la de la bicicleta: y no diversa, lo que impediría establecer una comparación, sino a todas luces mejor. Se entiende que los ciclistas están más mediatizados por componentes deportivos, muchos de ellos incluso suelen ir en grupo, adquieren prácticas competitivas, no coinciden en los albergues a diario con los mismos peregrinos, con la velocidad se pierden muchos aspectos gozosos del Camino, profundizan menos en las amistades de la ruta, en el tiempo de la introspección reflexiva, y en gran medida ni siquiera hacen el Camino de Santiago, sino que discurren, menudo aburrimiento, por carretera: -¡Para eso que vayan directamente, como turistas, en coche!- he podido escuchar en muchas ocasiones.

A los argumentos anteriores habría que sumar otros, referentes por ejemplo a la seguridad, y al temor, sobre todo entre quienes no practican habitualmente el cicloturismo, o no utilizan la bicicleta más allá de una pequeña salida dominical, de sufrir un accidente, pues los atropellos de ciclistas, en algunos casos con resultado de fallecimiento, están a la orden del día.

También, entre los que no son aficionados, sino tan solo usuarios ocasionales de la bicicleta, la falta de información detallada sobre si todos los trazados son aptos para las dos ruedas, si dispondrán de un lugar cerrado para dejar sus bicicletas (el riesgo de un robo es otra posibilidad) e, incluso, si podrán utilizar los mismos albergues que los caminantes, disuade a muchos. En torno a la última cuestión es bien sabido que las normas de algunos albergues son restrictivas con los bicigrinos, a los que en muchos casos se les pone una hora tardía de entrada, teniendo hasta entonces preferencia los de a pie.

Por último, se nos ocurre que los gastos generados por una bici son mayores que los que soporta un peregrino de a pie: compra de la máquina, puesta a punto en el caso de que ya se posea, instalación de accesorios, recambios y reparaciones y, sobre todo, traslados, prácticamente inviables en avión, y muy dificultosos en tren y autobús, dado que España es un país sumamente atrasado en este campo, lo que obliga a recurrir a servicios de alquiler (caros), de transporte al punto de inicio y para devolver la bici a casa (tampoco especialmente baratos, aunque con la competencia hayan bajado algo).

En resumen: parece haberse consolidado la idea de que el Camino a pie es infinitamente superior al Camino en bici, y también la de que no es necesario disponer de mucho tiempo para “completar” el Camino (100 km, Camino Inglés, ruta por tramos, etc). Por lo tanto, nos tememos que el futuro que aguarda al Camino en bici no es muy esperanzador, y menos todavía cuando existen proyectos, en razón a las quejas de los peatones por la invasión de su ruta por las bicicletas y la masificación, para crear ciclovías alternativas al camino pedestre, algo que ya está ocurriendo en pequeños tramos, donde se incorporan señales de prohibición para el paso de las dos ruedas.

Uno, que ha sido bicigrino antes que peregrino a pie, considera que el Camino en bici es una modalidad, siempre y cuando se siga la misma vía que los de a pie, tan válida como la de los caminantes, pero también he de reconocer que no existe comparación posible entre realizar el Camino a pie o en bicicleta. ¿Vosotros qué pensáis?