Etapa 4: Vendargues - Montpellier | Al Loro

Distancia: 
12,1 km
Duración: 
2 horas 45 mins
Dificultad: 
1
Paisaje/Naturaleza: 
1

Al final de la Av. du Mistral conviene prestar atención al desvío hacia el Site du Lac, a mano derecha, pues a veces los vehículos tapan las señales.

De Vendargues a Le Crès hay ciclovía, y el tránsito por el Site du Lac también es apropiado, pero al entrar en Castelnau-le-Lez el Camino va por algunas direcciones prohibidas, y desde la iglesia por una escalinata hasta el río. Una vez cruzado el Lez, es recomendable seguir hacia el centro de Montpellier la av. François Delmas (segundo puente).

El Site du Lac es un gran parque urbano de 27 hectáreas, creado en 2009 sobre una cantera que había sido explotada desde el s. XVIII hasta 1994. Su lago, con 15 m de profundidad, resulta apto para el baño, y en la zona arbolada existen espacios para la práctica deportiva o para hacer un picnic.

La iglesia de Saint-Jean-Baptiste, románica del s. XII y de aspecto sobrio, fue fortificada en el s. XIV, constando de dos naves cubiertas por bóvedas de cañón apuntado.

Si vamos a pernoctar en el albergue Saint-Roch hemos de buscar una alternativa para dejar en algún sitio la mochila (consigna), pues su horario de apertura es increíblemente tardío, las 16,30 h.

El recorrido del Camino de Santiago ha sido señalizado en el casco antiguo por medio de placas circulares de metal dispuestas en el suelo con el lema “Camin Roumieu”.

Es una de las ciudades francesas que más han crecido en los últimos años, y que cuentan con más población joven y universitaria. Dispone de una excelente red de transporte, en la que destaca el moderno tram, y su ambiente nos recuerda al de las ciudades españolas, con multitud de bares, terrazas y gente en la calle.

El casco antiguo aún mantiene en gran medida la traza medieval, sobre todo en los barrios de St-Pierre, Ste-Anne y St-Roch, pero pocos edificios religiosos de la época a no ser la cripta románica de Nôtre-Dame-des-Tables y algún fragmento de la catedral gótica de Saint-Pierre, monasterio benedictino fundado por Urbano V que adquirió este rango en 1536, con el traslado de la sede de Maguelone; de la obra original preserva el gran porche sostenido por dos pilares, así como un fragmento del claustro, datando el resto de los s. XVII y XIX.

El peregrino de paso está invitado a perderse por los recovecos del apasionante entramado urbano, pasando de las estrechas callejuelas con sus arcos apuntados a las plazas y bulevares de los s. XVIII y XIX, entre ellas la de la Comédie, presidida por la Ópera de fines del s. XIX. Para los amantes de las artes plásticas, el Musée Fabre es una cita obligada por acoger una de las mejores pinacotecas de Francia: Veronés, Zurbarán, Rubens, Poussin, Delacroix, Courbet,…; y además una sección de artes decorativas.

Para el atardecer, después de conocer el Jardín des Plantes, que es el parque botánico más antiguo de Francia (entrada libre), más allá del Arco de Triunfo, dedicado a las victorias de Louis XIV (1691), se nos antoja imprescindible un paseo por la Place Royale du Peyrou, jardín presidido por la estatua ecuestre del rey sol y convertido en belvedere sobre ciudad y su contorno. En el neoclásico Château d’eau recibe al acueducto de Sain-Clément (1754), inspirado en el romano de Pont du Gard, junto al cual proseguirá el Camino.

En la iglesia neogótica de Saint-Roch (1868), en occitano Ròc, es venerada una reliquia del santo romero, patrón de los apestados. Nacido en Montpellier a mediados del s. XIV, peregrinó a Roma, donde contrajo la peste, regresando a su ciudad, tras haber vivido apartado en un bosque y alimentado por un perro, sin que lo reconociesen. En la Rue Pila Saint-Géli, por la que pasa el Camino, fue colocada su estatua en el lugar donde se detuvo a descansar cuando volvió a Montpellier. Tras su fallecimiento, al ser entonces identificado, se convirtió en abogado frente a la peste, el cólera y otras epidemias, recibiendo culto en gran parte de Europa.

Se cuenta que las típicas grissettes de Montpellier ya eran consumidas por los peregrinos de antaño, que las ingerían para refrescar la boca, y que los comerciantes locales las utilizaban como moneda de cambio. En efecto tienen apariencia de píldoras medicinales, ya que estos dulces nacieron en las boticas, y aún ahora se venden en cajitas de lata. Consisten en unas bolitas, del tamaño de un guisante, elaboradas con miel y regaliz, cubiertas de azúcar cristalizado.