Etapa 6: Montarnaud - Saint-Guilhem-le-Désert | Al Loro

Distancia: 
21,6 km
Duración: 
5 horas 30 mins
Dificultad: 
3
Paisaje/Naturaleza: 
3

Si queremos ver algo, y no solo caminar, deberíamos planificar la jornada para, al menos, dar un paseo por Aniane, detenernos en el Pont du Diable y entrar a la iglesia de Sain-Guilhem-le-Désert (acceso libre durante la celebración). Para los más curiosos aún quedan el casco histórico de Saint-Jean-de-Fos (2 km ida y vuelta) y la Cueva de Clamouse.

Hoy toca carretera, ya que entre Montarnaud y Aniane es más que recomendable seguir la D27, que también será buena compañera hasta el Pont du Diable. Por el desfiladero del Hérault la D4 va paralela a la senda peatonal. La buena noticia es que será posible desviarse y visitar con calma el pueblo de Saint-Jean-de-Fos y, 2 km al sur, su capilla de Saint-Gènies.

La cruz de Pélisse o Saint-Félix tiene una curiosa historia piadosa, pues se cuenta que fue destruida por los revolucionarios, y sus restos utilizados para hacer un abrevadero para los caballos; pero los que en él bebían rápidamente morían, así hasta que se levantó una nueva cruz en el mismo lugar.

Además de una trama medieval con hasta tres puertas subsistentes de la muralla (s. XII), sus principales monumentos son las iglesias de Saint-Jean-Baptiste (s. XI-XII, XV y XVIII), ahora dedicada a exposiciones, que fue capilla de los penitentes blancos, y la de Saint-Sauveur (s. XVII-XVIII), sustituta de la monástica, cuya fachada se inspira en la romana del Gesú.

El GR no cruza el Pont du Diable, como sería lógico en aras de una mayor historicidad, sino el nuevo, acaso para obtener una mejor panorámica sobre el anterior, pero cada uno podrá hacer lo que le plazca.

En temporada alta, y también los fines de semana y festivos de mayo, junio y septiembre, funciona una navette o microbús gratuito desde el Pont du Diable a Saint-Guilhem. Por si alguien está agotado.

Tenido por el puente románico más antiguo de Europa, ya que fue levantado entre 1025 y 1030 para comunicar las abadías de Aniane y Gellone, el Pont du Diable, como su nombre indica, es uno más en la serie de los asociados a una maléfica leyenda. Se entiende que Satanás fue retado por Guilhem para construir tan compleja fábrica en tres días, prometiéndole a cambio el alma de uno de sus “perros siervos”, que acabó resultando tal cual un can, no un humano. Rabioso por el engaño, Lucifer intentó en vano destruir su obra, pero la había hecho tan sólida y a conciencia que no pudo, lanzándose entonces al fondo del río en el que se conoce como Pozo Negro.

De 65 m de largo y 18 m de altura, el Pont du Diable consta de dos arcos de medio punto y aliviaderos. Al igual que la vecina abadía de Gellone, forma parte de los monumentos del Camino de Arles declarados por la Unesco Patrimonio Mundial. Podemos pasear por él, descender hasta las pozas existentes a sus pies para darnos un baño y por supuesto cruzarlo. El mejor encuadre se obtiene desde el puente nuevo.

Sobre la gruta de Clamouse una leyenda cuenta que un pastor, conocedor de su cauce subterráneo, mandaba desde lo alto una oveja para que su madre se alimentara. Un día, sin embargo, cuando ésta aguardaba el animal el torrente arrastró el cuerpo muerto de su hijo. Desde entonces, la desdichada mujer se acercaba a diario a la cueva con un desesperado “clamor”. Tal es que el nombre le viene del occitano clamousa, clamor o griterío, en razón al ruido provocado por el torrente en su interior. Con un recorrido de 900 m, la cueva se puede visitar a diario a lo largo del año, y el recorrido dura 1 h 20 min. Más info: www.clamouse.com.

En temporada alta conviene reservar con alguna antelación la estancia, ya que dos de sus albergues suelen estar llenos de turistas o montañeros, y el de las carmelitas no tiene excesiva capacidad.

Al pie del Cirque de l’Infernet, por el que desciende el regato Verdus, el lugar ha sido clasificado como Gran Sitio Nacional, y la población forma parte de Les plus beaux villages de France. Con sus casas medievales y renacentistas, que muestran austeras fachadas de piedra, se os antojará un decorado del ayer, realzado por la presencia de flores y la ausencia de cableados. El único problema estriba en la aglomeración de turistas, y de tiendas a ellos destinadas, aunque al atardecer marchan y vuelve la calma.

Su principal monumento es la abadía de Gellone, fundada por el conde Guillermo de Orange. De la fábrica prerrománica del s. X tan sólo resta la cripta. El actual templo es del s. XI, consta de tres naves con transepto y una triple cabecera absidal, que en la capilla mayor muestra bella decoración exterior con una galería de arquitos ciegos y capiteles historiados. El claustro, con dos alas en pie (una parte fue vendida y trasladada a Nueva York) se concluyó en 1206, y la torre de la fachada, abierta a una pintoresca plaza a la que se asoman las montañas, data del s. XV. En el interior aún podemos contemplar, además del altar marmóreo del s. XII, los relicarios del Lignum Crucis y Saint-Guilhem, objeto de gran culto en el Medievo.

Otros templos son los de Saint-Laurent (s. XI) y la capilla des Pénitents, pequeño museo sobre la vida cotidiana de antaño. La torre de los Prisioneros data del s. XII, y las ruinas del castillo du Géant (del Gigante) tienen cimientos visigodos.

Si aprieta el calor puede ser buena idea probar los helados de la granja Audeline, elaborados con leche de oveja, que se despachan en el pequeño puesto de L’Artisan Glacier (Rue Cor de Nostra Dona, junto a la gîte del Club Alpin). El precio no es barato (4 € dos bolas), pero el sitio y la calidad lo valen.

A partir de Saint-Guilhem, y por todo el Macizo Central, veremos clavadas en las puertas de las casas la flor del cardo (cardabelle), utilizada como predictor de la lluvia, ya que cuando el aire es muy húmedo se encoge.