¿Te cambia el Camino la vida? Reflexiones de un peregrino escéptico

Dice nuestro buen amigo Pepe Sandoval, en su diario de peregrino titulado Entre dos siglos (Madrid, 2013), que no tiene muy claro que el Camino, como suele decirse por ahí con tanta alegría, mejore a las personas, pero de lo que sí está seguro es de que al menos no las empeora (pág. 43). Planteando la proposición en cumbres más elevadas no faltan quienes, desde la nube a la que los ha trasladado la euforia, expresen con rotundidad que “el Camino les ha cambiado la vida”. Bien, puede ser, nadie está dentro del corazón o la cabeza de cada peregrino para saber lo que han vivido, y sobre todo de dónde venían, porque a veces tampoco es tan complicado cambiar una vida que era un despropósito.

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Peregrina respirando, en el Camino del Norte
Peregrina respirando, en el Camino del Norte

Lo que ya no nos convence tanto son esas tentativas, vengan del mundo del couching o a través de esos prontuarios de autoayuda que tanto proliferan en nuestra época, para sistematizar las claves de modo que todos y cada uno de los peregrinos, sin distinción, podamos cambiar nuestra vida tras hacer el Camino.

Veamos cuáles son esas ideas, extraídas de las prédicas de los gurús contemporáneos -Paolo Coelho tomó la iniciativa hace años-, y de esos manuales que han llegado a convertirse en una especie de Kempis de la modernidad (Imitatio Christi, best seller de la espiritualidad del s. XV, del agustino Thomas Kempis).

Los principios por los que el Camino te cambia la vida

Se da por supuesto, y lo aceptamos, que el Camino es una experiencia única, y nos permite poner en práctica, o recuperar si los habíamos perdido, valores como el compañerismo, la fraternidad o la solidaridad, ahora se usa con profusión la palabra “empatía”. Se convive intensamente con los demás, en pos de una misma meta y por un idéntico escenario lineal, y se adquieren fuertes vínculos, entre desconocidos, solo por ser peregrinos, llegándose a fraguar grandes amistades. En estos momentos solemos dar lo mejor de nosotros mismos, todo muy guay.

Haciendo hoy de abogado del diablo, diría que bueno, que puede ser, pero que este tipo de vínculos también se pueden conseguir haciendo el GR-11, ¡perdón Gronze!, por el Pirineo, probablemente en situaciones más extremas y en las que la ayuda de los demás será más urgente y necesaria, o por qué no en una asociación micológica, club social más o menos carca, e incluso en un crucero por el Mediterráneo si las condiciones son propicias, que no todo va a ocurrir como en Lunas de hiel (Roman Polanski, 1992).

La segunda faceta manejada es la del autoconocimiento a través del esfuerzo, el silencio, la introspección, la reflexión, disponer de este largo período de tiempo desconectado de la vida cotidiana, de la rutina laboral, de la familia, de nuestro espacio de confort.

No queremos desmitificar gratuitamente la experiencia, desde luego que no, pero ¿acaso no se podría meditar mejor y con más motivo en una isla del Egeo, no vale Santorini, entre las aún no colonizadas por el turismo de masas? Se nos ocurren cientos de sitios para desconectar (bosques, montañas, monasterios, la Antártida…), mucho más apropiados que el Camino, con menos ruido y, sobre todo, menos gente. ¿No estaremos también exagerando con esta afirmación?

Entre los peregrinos se suele comentar mucho el aprendizaje que proporciona la ruta jacobea para superar nuestras limitaciones, en primer lugar las físicas, pues quien no se creía capaz de caminar tantas millas acaba consiguiéndolo, y aquellos que tienen problemas, sean ampollas, tendinitis o de otro tipo, suelen superarlas sin tener que abandonar, incluso personas que no practican deporte. De ahí se da el salto a la mente, que todo lo puede si la entrenamos, que es la fuerza que permite a los pies destrozados y al cuerpo cansado proseguir. Con todo ello crece también la autoestima.

Estas ideas, en muchos casos, nos recuerdan a otras de superación entre individuos que han tenido un accidente grave y han vuelto, con esfuerzo y tesón, a recuperar la plena forma, o también los relatos de grandes deportistas que han conseguido proezas con dedicación, mentalización, concentración y mucha fuerza de voluntad. Por lo tanto nada nuevo bajo el sol que no se pueda conseguir, incluso, en un gimnasio o en una piscina de barrio.

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Contemplación de la puesta de sol desde el cabo de Finisterre
Contemplación de la puesta de sol desde el cabo de Finisterre

Aunque no tantos, tampoco faltan los que atribuyen la magia del Camino a algún tipo de fuerza telúrica, o espiritual, generada a través de los siglos, ya que millones de personas nos precedieron por las mismas rutas, sobre todo por las mayores o históricas.

Hablar de lo que no se ve ya pertenece al mundo de las creencias, y no seremos nosotros quienes entremos a debatir cuestiones de fe, pero la misma enseñanza nos la han dado muchas religiones, entre ellas la católica, cuando nos hablan de una comunidad, parte aún en este mundo, y el resto apoyando desde los cielos, sean las estrellas de la Vía Láctea u otras, que de algún modo tiran de nosotros. Es bueno que uno se autosugestione y recurra a lo que más le plazca, la poesía es libre, pero esto puede igualmente suceder en un santuario, o en una ermita de un monte solitario, al borde del océano para los más panteístas, junto a los cacharros de la cocina, que decía Santa Teresa de Ávila, o en el Kumano kodo.

El sumun de todos los beneficios expresados se condensa en una frase: Caminoterapia. Y tanto es así que el Camino ya suele ser recetado en muchas consultas de psicología, véase The Way, porque es cierto que al menos daño no te va a hacer, como decíamos al principio. El Camino sirve como un gran confesionario lineal sin necesidad de curas, para el desahogo de todas las penas y buen lugar para encontrar posibles salidas, sobre todo si no las buscamos con obsesivo ahínco. En resumen, que en el Camino te encontrarás a ti mismo, y que el Camino te cambiará la vida, sí o sí.

La prueba final del algodón, con la que suelen cerrar el debate los que derrochan optimismo, es que el Camino engancha. A priori parece incontestable, pero si el Camino ya te ha cambiado la vida, ¿por qué habría de obligarte a seguir haciéndolo una y otra vez, convirtiéndose en un fin en sí mismo y no en un medio? Para nosotros no deja de ser una contradicción, porque esta faceta adictiva nos aproxima más bien al concepto de droga.

Así pues, para ir concluyendo, ni tanto ni tan poco, porque en el otro extremo recordamos aquel Congreso de Psicología de Burgos (2007) en el que se llegó a hablar del “síndrome del peregrino”, definido como un estado de enajenación mental transitoria provocada por un escenario, y unas endorfinas, que generaban el cuadro clínico de una especie de delirio psíquico. Ha combatido muy bien esta hipótesis el también médico Alberto Solana, por lo que no hemos de añadir mucho más al respecto, estando con él totalmente de acuerdo en que caminar largas distancias per agere es algo muy sano para la mente y el cuerpo, dejémoslo ahí no más.

No obstante, y mira que somos retorcidos, hemos llegado a pensar que muchos de los atractivos que hacen especial a este Camino del siglo XXI acaso tengan su razón de ser en el parque temático en que lo han convertido, porque por mucho que se compare, la experiencia del presente poco o nada tiene que ver con la del Medievo, y ni siquiera con la del siglo XVIII, o con la de los años 80 del siglo XX.

Al final aún vamos a tener que agradecer a los que han montado este parque de atracciones, que ahora nos permite conocer a gente de los cinco continentes, disfrutar de servicios cómodos para dormir con reserva previa, no tener que caminar demasiado sin encontrar puestos con fruta, terrazas con bebidas frescas, tiendas de ropa deportiva, oportunidades mil para el parloteo y la confraternización, servicios de transporte de mochilas y muchas más comodidades.

Por lo tanto todo es relativo, y de proseguir este ejercicio escolástico acabaremos liándonos, y hasta perdiendo nuestras convicciones, porque el Camino te puede cambiar la vida, es cierto, aunque lo más posible, como le sucedió a tantos cojos y ciegos que esperaban un milagro en Compostela, es que te quedes más o menos como has venido, algo prácticamente garantizado si comienzas tu camino en Sarria, Tui o Lugo.

Periodista especializado en el Camino de Santiago e historiador

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Jaor
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La vida el motivo de nuestra existencia, es un conjunto de circunstancias en las que tratamos que se produzcan aspectos positivos que nos inciten a mejorar nuestras vivencias personales para procurar ser más felices. Con respecto al camino, en mi caso, se dan un cúmulo de acontecimientos favorables que benefician al comportamiento y al desahogo cotidiano. Salimos por unos días de la rutina cotidiana y con la ilusión, esfuerzo y compromiso entre otras vicisitudes, vamos haciendo camino para fomentar nuestras experiencias personales que con la naturaleza, personas y lugares que visitamos nos produzcan una sensación de autoestima, relajación e introspección beneficiosas para nuestro organismo y mente. Aconsejo, huir de la masificación de los caminos, cada vez más arraigada, que con las prisas, picaresca y marabunta se pueden conseguir intercambios personales, pero también escasas vivencias emocionales. El esfuerzo del camino trae consigo la liberación y la satisfacción de conseguir la autocomplacencia, son muchas horas de silencio y meditación que reportan las energías necesarias para abastecer a nuestro organismo y mente de sensaciones agradables para afrontar con garantías la cotidianeidad.