Etapa 28: Vidouze - Morlaàs | Al Loro

Distancia: 
28,9 km
Duración: 
7 horas 30 mins
Dificultad: 
3
Paisaje/Naturaleza: 
2

Hay un par de tramos peligrosos por carretera: la D7 (250 m), poco antes de Gabaston, y la entrada a Morlaàs por la D62.

Junto a la iglesia de Momy hay una buena área de descanso. A mitad de camino, Anoye es otro buen lugar para reponer fuerzas, aunque no dispone de tienda; en caso de que llueva es posible buscar refugio temporal en el albergue, que suele estar abierto. Más allá, en el medio del campo aún contamos con el pequeño y rústico Aire de Compostelle, una mesa con sus bancos de piedra.

Dado que hoy los tramos por bosque, utilizando sendas, son cortos, se puede decir que el Camino está expedito para las bicicletas. Si queremos evitar la bajada a Lucarré, de Vidouze conviene seguir la carretera a Luc-Armau, que era el camino histórico (con bonita escultura de madera de un peregrino medieval en el lugar donde estuvo la encomienda), y desde aquí seguir directamente a Lucarré. También se puede obviar el complicado descenso después de Momy si se sigue la carretera D224, que enseguida confluye con el Camino. Lo mismo ocurre con el tobogán entre Salabert y Gabaston, provisto de escalones, en este caso utilizando la D7.

El albergue solo tiene 8 plazas, y no se admiten reservas, por lo que se ocupan las literas por orden de llegada, circunstancia que puede generar cierta ansiedad en el peregrino. Las alternativas son, desde luego, más caras, pero compartiendo habitación entre dos o tres personas se puede conseguir cama por 15-20 euros.

Para la compra hoy somos afortunados, pues si nos quedamos en el albergue de Morlaàs dispondremos, justo enfrente, de un amplio y surtido Super U (abre de 9:00 a 19:30 y los domingos hasta las 12:30).

Los mercados se celebran en la amplia y arbolada Place de la Hourquie: de productores locales la mañana del sábado, tradicional la mañana del viernes cada quince días (semanas impares).

La iglesia de Sainte-Foy fue iniciada por el vizconde Centulle V, y concluida por su hijo, Gaston IV, siendo donada a la todopoderosa abadía de Cluny. Se trata de un edificio románico de tres naves, con crucero y triple cabecera de ábsides semicirculares, con una monumental portada. Incendiada en 1569 por los hugonotes fue restaurada, con criterios historicistas, desde 1870.

La portada occidental, obra del conocido como Maestro de Morlaàs, muestra la visión del Apocalipsis. Con tres pares de columnas a cada lado y otras tantas arquivoltas, en el tímpano mayor representa a Cristo en la Gloria rodeado por los evangelistas Juan y Mateo; dos tímpanos inferiores, de menor tamaño, acogen la Matanza de los Inocentes y la Huida a Egipto. Sostiene esta pieza un parteluz, sostenido en la base, del mismo modo que veremos en la catedral de Oloron, por dos esclavos encadenados (¿Iglesia del Antiguo Testamento?). Entre las columnas figuran los doce apóstoles. Las arquivoltas aparecen cubiertas de motivos: labra vegetal, un friso con margaritas y patos que vuelan al cielo; los 24 Ancianos del Apocalipsis, preparando sus violas o portando redomas de perfume, en torno al Agnus Dei; dos atlantes, empujando en cada uno de los extremos; y en la exterior las figuras de los 35 Jueces del Antiguo Testamento.

Aún pasmados, en el interior podemos echar un vistazo al altar mayor, del s. XVIII, y a la capilla del bienaventurado Bernardo, franciscano del s. XIII que educó a los jóvenes en la ciudad de Santarém, etapa del Camino Portugués.

Al lado del templo, la Oficina de Turismo acoge una exposición de artesanía y arte del Pays de Morlaàs, que incluye algunos de los relieves originales de Sainte-Foy.

A lo largo de la etapa, al igual que en las anteriores y posteriores (Gascuña, Bigorre, Béarn), se mantiene la memoria de un pueblo maldito, el de los cagots, capots, gézite, crestia o agots, en el pasado marginados por ser considerados descendientes de los leprosos, o de infieles y herejes como godos, sarracenos o cátaros. La mayor parte de ellos trabajaban como leñadores, canteros o herreros, no pudiendo casarse con otros que no fueran de su condición, y su exclusión llegaba a los templos, donde entraban por puertas específicas y tenían reservado un espacio alejado del altar mayor, separado del resto de fieles cristianos.