Desde la Piazza VII Aprile tomamos a mano izquierda la escalera que pasa bajo el arco de la Porta Aquilana (aquí hay un wc público). Una senda enlosada conduce a la carretera que cruza el río Corno, por cuyo encajado y alto valle vamos a caminar un buen trecho. La medieval torre Angioina, del s. XIII, domina el paso desde lo alto del monte.
No tenemos más remedio que avanzar por el arcén izquierdo de la carretera del Terminillo, sin tráfico en temporada baja, pero que puede deparar un disgusto en fines de semana, periodos vacacionales y, sobre todo, durante la temporada de esquí, por la concurrencia de quienes acuden a las pistas de su estación.
El valle, denominado Vallonina, cada vez más estrecho y emboscado, nos recuerda al Valcarce en el Camino Francés, pero aquí sin andaderos. Tras cruzar el río Corno, la carretera se estrecha y comienzan a aparecer las estacas para balizar la vía cuando nieva. Por fin, tras cruzar el regato Fuggio, el asfalto da paso a un camino de montaña que parte del lado derecho.
4.6 Desvío desde la SP 10. Una lograda talla en madera de San Benedetto (Franco Zelli) con el monograma del Camino, parece querer indicarnos la buena ruta; esta no es otra que la pista forestal que asciende, dibujando codos, por el hayedo. Entre los montes Tavola y Leprino se abre paso, ya en forma de senda pedregosa y con duras rampas, hasta los prados de San Bartolomé.
Tras un primer tramo de praderas de altura, que a menudo están frecuentadas por ganado bovino, un último repecho nos conduce al sector más amplio de los Prati di San Bartolomeo, que es donde se emplazaba la capilla dedicada al apóstol, hoy un triste montón de piedras entre las que crece un solitario fresno.
3,3 Ruinas de la capilla de San Bartolomeo. Aunque la hierba crece en primavera, las señales son abundantes, y allí donde los postes son inadecuados aparecen numerosas piedras pintadas con los colores del GR. De este modo vamos bordeando los prados por su cara norte, aproximándonos al bosque que los rodea, y contemplando la charca que se forma en su parte más honda, en la que abreva el ganado.
Aunque el lugar, de gran belleza, nos invita a sentarnos para disfrutar del espectáculo, será preciso continuar hasta el punto más alto de la etapa (1.513 m), que se localiza en los más silvestres Prati di Santa Maria. En ellos localizamos el cipo 454, uno de los muchos que señalaba, desde 1847, la frontera entre el Estado Pontificio y el más meridional Reino de las Dos Sicilias.
El inicio del descenso confirma ese dicho, tan montañero y peregrino, de que es preferible subir que bajar. La senda se torna inestable y resbaladiza, con las raíces de las hayas y las piedras cubiertas de hojas ocultando los obstáculos. Evitar una caída debe ser ahora el primer objetivo.
Al salir del hayedo hemos de superar los regatos que bajan sin control por la ladera del monte, anegando la senda hasta llegar a la ya visible Fonte Petrinara.
2,1 Fonte Petrinara. Provista de un gran pilón para el ganado, esta campa constituye todo un oasis de la jornada. Al pie del monte Versanello, y todavía a 1.410 m de altura, afrontamos ahora otro tramo viario complicado, por la presencia de muchos pedruscos sueltos que conviene pisar con acierto, de nuevo a través del hayedo. La angostura provocada por los montes Cima d’Arme y Cerasa da paso a un barranco desarbolado, desde el que por vez primera divisamos el fértil y hermoso valle reatino.
El que aspiraba a ser camino vuelve a transformarse en senda, un auténtico tobogán que se precipita en paralelo al Fosso della Valle Petrinara, torrente impetuoso que va formando pequeñas cascadas en sus escalones.
Nuestro sendero discurre ahora por una empinada y vertiginosa ladera, así hasta que cruzamos el torrente y desembocamos en una pista ancha de tierra y grava. Desde ella surge la ansiada visión del pueblo medieval de Poggio Bustone, recortado sobre la planicie reatina y sus lagunas.
Ya en mejor disposición, habiendo dejado atrás tantos tramos fantásticos de montaña, pero también evidentes peligros de los que es de esperar hayamos salido indemnes, el convento franciscano de San Giacomo nos recibe invitándonos a visitar, a una distancia no apta para todos los ánimos, el Sacro Speco en el que se recogía el santo de Assisi.
Medio kilómetro tras el convento, que ocupa una posición elevada, se apiña en la ladera del barranco el caserío de Poggio Bustone. Lo vemos presidido por la iglesia de San Giovanni Battista (fresco de San Francisco recibiendo los estigmas del s. XV y reliquias de San Felice mártir), a cuyos pies figura un monumento al esquilador.
4,6 Poggio Bustone.