Etapa 5: Fisterra - Faro de Finisterre | Al Loro

Distancia: 
3,2 km
Duración: 
45 mins
Dificultad: 
1
Paisaje/Naturaleza: 
4

¿Terminaste el Camino? ¡Muchas felicidades! Ayúdanos dando tu opinión (en el idioma que quieras) sobre los alojamientos en los que has pernoctado: www.gronze.com/recomendar. Tu opinión, sincera y respetuosa, es muy importante para nosotros y para los futuros peregrinos, y sólo te llevará unos pocos minutos. Gracias y siempre Buen Camino.

Una vez llegados a Fisterra, la tradición exige seguir caminando hasta el cabo Finisterre. El cabo fue considerado hasta hace pocos siglos el Finis Terrae o Fin del Mundo, y donde –si el tiempo lo permite– podremos disfrutar de la puesta de sol sobre el océano. El trayecto supone unos 7 km entre ir y volver, por lo que hemos decidido dedicarle una etapa específica, a modo de epílogo o colofón.

La contemplación de la puesta de sol desde el cabo Finisterre es emocionante y para algunos supone una iluminación espiritual; aún así, no olvidemos llevar una linterna o un frontal pues a la vuelta, ya de noche, necesitaremos iluminación física.

Nuestra recomendación es realizar el camino de ida hacia el cabo por la vertiente norte del promontorio (el monte do Facho), pasando junto a la playa de Mar de Fóra, ascendiendo por A Insua y su calzada empedrada, y disfrutando de vistas magníficas; el regreso a Fisterra será más fácil por el recorrido clásico de la carretera, donde disponemos de un andadero.

A pesar de ser de arena, la playa de Mar de Fóra no es apta para el baño, por la presencia de corrientes muy fuertes que te llevan mar adentro.

En el cabo y zonas próximas está prohibido bajar al mar, y ya no hablemos de bañarse… También se ha prohibido a los peregrinos quemar sus prendas entre las rocas, una costumbre que cada año provocaba algún incendio por imprudencia.

A mitad del trayecto, muy cerca de la carretera, podemos observar un original cementerio constituido por 14 cubos de granito orientados de cara al mar, obra del arquitecto gallego César Portela. Su diseño en 1998 levantó una gran polémica y, ante el rechazo del nuevo consistorio, nunca llegó a inaugurarse.

Detrás del faro, que data de mediados del siglo XIX, hay una zona de rocas que sería el mirador habitual utilizado por los peregrinos; antes de llegar veremos un mercadillo de souvenirs y artesanías, un bar y un pequeño hotel con cafetería y restaurante.

Si utilizamos la ruta que va por el monte podemos acercarnos a los restos de la ermita de San Guillerme, erigida sobre el Ara Solis, un altar de culto al sol desde la Edad del Bronce. El lugar ha estado siempre relacionado con ritos mágicos de fecundidad: hasta hace poco existía una gran piedra horizontal donde acudían los matrimonios estériles para concebir hijos, quienes debían pasar tres noches seguidas yaciendo –y copulando– sobre dicha cama de piedra, también conocida como leito do santo.

La peregrinación a diferentes Finis Terrae, aquellos puntos donde acaba la tierra, era común entre los pueblos celtas, que rendían culto al sol, a la fertilidad y a la muerte, considerada como un renacimiento, una transformación. Desde los penedos o Piedras Santas del monte do Facho, punto culminante del Finisterre gallego, podían ver cómo el sol desaparecía cada tarde sobre el océano y renacía al día siguiente, cuando sus rayos asomaban tras el monte Pindo.

Igual que los druidas celtas, muchos peregrinos medievales continuaban su periplo hasta este lugar, donde cumplían los tres rituales de purificación: bañarse en el mar, ver la puesta de sol y quemar sus ropas. Hoy los peregrinos mantienen sólo la segunda de dichas tradiciones, sentados entre las rocas ante la inmensidad del océano, mientras rememoran en silencio las vivencias que les ha ofrecido el Camino, este viaje de experiencias y conocimiento que les ha llevado hasta el Fin del Mundo.