Etapa 2A: Rioja - Alboloduy | Al Loro

Distancia: 
22,8 km
Duración: 
6 h 30 min
Dificultad: 
3
Paisaje: 
2

La mayor dificultad de la jornada — que alterna tramos llanos con otros muy exigentes— son los 8 km entre Santa Fe de Mondújar y Alhabia, que atraviesa unos parajes yermos y solitarios, con relieve quebrado, que corresponden a las estribaciones de la sierra de los Filabres; atención sobre todo a las bajadas, alguna de ellas por senderos con fuerte pendiente.

Hoy será imprescindible un buen sombrero que nos cubra la cabeza, pues no hallaremos ni una sombra en toda la etapa. En esta zona el grado de insolación suele ser altísimo durante todo el año: recordad que estamos a un paso del desierto de Tabernas, donde se rodaban exteriores de películas del Far West.

La etapa es ciclable en BTT salvo el tramo final de descenso a Alhabia, un sendero muy arriesgado para bicis con alforjas o transportín; llegados a la carretera AL-3407, los ciclistas suelen continuar por esta a la izquierda, dando un pequeño rodeo.

El principio y el final del recorrido están marcados por los campos de naranjos, mandarinos y limoneros, cultivos introducidos durante el siglo XIX en las vegas del río Andarax y de su afluente el Nacimiento; por el contrario, la vegetación del tramo intermedio, que discurre por la sierra, es semidesértica o esteparia, donde sólo crecen plantas arbustivas como la retama y la albaida.

Si el día es claro, al coronar el tercer alto gozaremos de una panorámica extraordinaria y que no volverá a repetirse, con la línea azul del mar Mediterráneo y el Cabo de Gata a nuestra espalda, el desierto de Tabernas a la derecha y las cumbres blancas de Sierra Nevada enfrente.

El pueblo es fácilmente distinguible por el puente del ferrocarril, con 35 metros de altura y 400 metros de longitud, construido en 1893 según proyecto del omnipresente ingeniero francés Gustave Eiffel; formaba parte de la línea férrea Linares – Baeza – Almería, utilizada para el transporte de mineral desde las minas de La Carolina, en Sierra Morena, hacia el puerto almeriense; una vez allí los vagones eran descargados directamente en los navíos mediante el dique conocido como «Cable Inglés», obra también atribuida a Eiffel.

A 3 kilómetros de Santa Fe (fuera del camino) se halla el yacimiento arqueológico de Los Millares, gran poblado de la Edad del Cobre fundado hacia el año 3200 a.C. y que pervivió durante más de 1000 años hasta el 2200 a.C., cuando fue abandonado. Durante las excavaciones se han descubierto tres recintos amurallados concéntricos, una necrópolis con más de 100 tumbas colectivas, una ciudadela y hasta 15 fortines exteriores de defensa, así como viviendas, hornos metalúrgicos, armas, ajuares funerarios y numerosas piezas de cerámica campaniforme, que lo convierten en el mayor asentamiento de dicho periodo en toda Europa. La visita es gratuita (de miércoles a domingo, de 10:00 a 14:00).

Merece la pena desviarse unos metros para visitar su fuente-lavadero, herencia del pasado musulmán y, hasta hace pocos años, espacio de relación social entre las mujeres de los pueblos; la edificación original quedó destruida durante la rebelión de las Alpujarras, pero fue reconstruida durante el siglo XVII.

La localidad dispone de un bar (con tapas, bocadillos y platos combinados) cuyo horario es normal, pero las tiendas suelen abrir sólo por las mañanas.

Las vistas desde el mirador del Peñón del Moro, en lo alto del pueblo, son fantásticas, especialmente al atardecer; fijaos en la trama de calles estrechas y casas blancas, con terrados escalonados que ascienden por la ladera, una imagen similar a las aldeas del Atlas marroquí.

Cabe destacar la red de distribución de agua construida hace más de siete siglos, bajo el dominio musulmán, cuyas acequias, fuentes, lavaderos y albercas siguen funcionando como el primer día. Podemos visitar el Aula del Agua y también el Centro de Interpretación del Territorio, con una sala dedicada al Camino de Santiago.

La cocina tradicional de la comarca destaca por sus guisos contundentes, tales como la olla de trigo, el potaje de berza, las pailas (sartenes o paellas) de migas o las gachas con caldo pimentón; en origen todos ellos eran plato único, acompañados por pan, y los preparaban en las casas, cuevas y cortijos después de la jornada de trabajo, durante los meses más fríos.

Para acompañar estos platos de la cocina alpujarreña nada mejor que un vino de la tierra, que se agrupan bajo la denominación de origen Ribera del Andarax; destacan sus variedades blancas y tintas, fruto de viñedos plantados en suelos pizarrosos a partir de los 600 metros de altitud.