Comienza bien la etapa, como en días precedentes, envolviendo al peregrino en sus bosques, que colonizan los profundos barrancos de los montes Ernici. La cartuja de Trisulti, de visita libre y gratuita, constituye un regalo para el apetito cultural y espiritual. Sin embargo, pronto percibimos uno de los problemas de la jornada: el exceso de asfalto. A través del Valle Amaseno el paisaje pierde parte de su encanto, una realidad todavía más rotunda en el tramo final, donde además tendremos que lidiar con el tránsito, peligroso, por las interminables rectas de una carretera. Como consuelo, en Casamari nos topamos con una abadía cisterciense monumental, también de visita libre y gratuita. Se puede afirmar, por lo tanto, que hoy el gozo cultural gana enteros gracias a los dos monasterios.