Un gordo en el Camino

Autor: 
Gonzalo Catoira
Fecha: 
Agosto 2019

Un gordo en el Camino

Cuando a mi hermano se le cayó al piso el bastón que había fabricado con una rama y empezamos a reírnos a carcajadas porque ninguno de los dos tenía fuerza para agacharse a levantarlo, entendí todo: el Camino es un estado de ánimo.

Pero empecemos por el principio: vivo en Argentina, peso 130 kilos, fumo dos paquetes de cigarrillos por día y mi actividad física es prácticamente nula. Soy profesor y mi máxima hazaña deportiva diaria es subir la escalera de la escuela para dar clase en el aula del primer piso. Por eso, el día que Mariano (que tampoco es ningún atleta) me contó su idea de hacer el Camino, lo primero que pensé es que estaba loco, que era imposible conseguirlo.

No me animé a decírselo. Era uno de sus sueños incumplidos, ligado a su profunda fé y devoción católica. Si a esto le sumabamos nuestras ganas de recorrer Galicia, tierra de bisabuelos, la respuesta era lógica; vamos, dale, lo hacemos. Ahí es donde comencé a investigar en internet  la elección del Camino Portugués con sus etapas, distancias, albergues y  equipamiento, sumado a la lectura de cientos de consejos. Tantas experiencias distintas hacen que hoy comparta la mía.

Ahorrar en euros, pasaje de avión en cuotas, Madrid, campera nueva en Decathlon, tren a Guillarei y de repente encontrarse una noche  en un albergue centenario de Tuy era casi irreal. No había entrenado nada, usaba las mismas zapatillas de siempre, fumaba lo mismo y tenía 118 kilometros para caminar por delante. Tampoco había adelgazado un gramo, eso ni se pregunta, pero la aventura ya estaba empezando. Llegaremos?

Pleno invierno, a la mañana siguiente salimos de noche y no se veía la señalización. Me di cuenta rápido que si no seguiamos a ese oriental de ritmo olímpico en su entrada al bosque, nos hubiéramos perdido en el tercer kilometro del recorrido. Por eso, no salgan de noche o lleven linternas. Llegamos a Porriño en una primera etapa muy corta (casi de prueba), a un gran ritmo; ahora sabemos que fue producto de la emoción del inicio y estar completamente descansados.

A Porriño llegamos algo más agotados y así sucesivamente etapa tras etapa. No vale la pena detallar el estado en que terminamos cada una, simplemente para no aburrirlos. Pero me animo a describirles (con total humildad), lo que fuimos aprendiendo en el Camino, pequeñoas historias que difieren con mucho de lo leído previo a esta maravillosa experiencia:

Los kilómetros avanzados no tienen relación con el tiempo estimado para cada etapa. Varios comentarios hacen referencia a  4 o 5 km. por hora, como si la marcha fuese siempre pareja y no existiera cansancio progresivo. Como si el Camino fuera recto, perfectamente asfaltado y sin subidas ni curvas. Por más que los tiempos sean aproximados, no los consideren para nada: hagan su propio camino, descansen o corran (si pueden), siéntense a mirar el paisaje o no frenen nunca. Pero no miren el reloj.

Personalmente hice etapas estimadas en 4 horas tardando más de 10, pero incluyeron agotadoras subidas, varios descansos en miradores inolvidables y una riquísima tortilla como recompensa, mientras la gran mayoría de los peregrinos que me cruzaba avanzaban a máxima velocidad. De esos momentos me queda el recuerdo de haber pensado “fue la etapa que más disfruté y ellos tan apurados…”. La lentitud producto de mi estado físico termino siendo casi un regalo.

También vale recordar que el peso de la mochila, aunque pequeña, se va haciendo casi insoportable minuto a minuto. En muchas ocasiones sentí un desesperado deseo de revolearla en algún acantilado, pero me contuve porque adentro tenía la credencial y dos chorizos colorados para almorzar en el bosque. Además, y ahora en serio, al final del viaje me di cuenta que más de la mitad de lo que llevaba nunca lo había utilizado. Alcanza con dos mudas de ropa: en los albergues y cada pueblo hay forma de lavar y secar la vestimenta de recambio. Tampoco es cosa de ir paseándose a la moda y volverse loco por si un algún dia tenemos que caminar con la ropa sucia de ayer, no? Nota: tranquilamente se puede llevar menos peso en la mochila.

Lo que si recomiendo es una buena capa de lluvia y en mi caso, acerté en llevar una manta de polar en vez de bolsa de dormir; ocupa menos espacio, son mas livianas y los albergues del Camino Portugués son cálidos en invierno. Ni siquiera llevé un par de zapatillas de recambio. La mochila con algo de ropa y elementos de higiene personal, manta y  riñonera con los documentos y el pasaporte. Eso es todo. Harina fina de maíz para no pasparme y desayunar muy fuerte fueron otras claves.

Con respecto a los albergues, fui a todos los públicos. No entiendo a aquellos que se quejan por el servicio: en todos los que estuve sentí un gran recibimiento de los hospitaleros y estaban en condiciones muy dignas de comodidad y limpieza. Quizas algunos peregrinos esperan un hotel de lujo por 6 euros, además de muchos cargadores para Iphone, sea cosa de quedarse sin batería y no poder subir sus fotos a Instagram. Igualmente la gran mayoría de los peregrinos, más alla de su tendencia al maratonismo y entre turismo y fé, fueron muy agradables. Hasta hemos cenado juntos, vino de por medio en algún albergue… espero no esté prohibido.

También conocí profundos dolores en lugares de mi cuerpo que nunca había sentido; en el arco de la planta del pie, en varias costillas, en cada centímetro de mis rodillas y en lo que ahora descubrí se llama tendón de Aquiles. Un día, les juro, me dolían los ojos. Se me acalambró la espalda  y el dedo meñique de la mano derecha. Me caí tres veces. Y antes de llegar a Padrón, le dije a mi hermano “hasta acá llegué, no puedo más”. Pero la fé mueve montañas.

Y si la fé mueve montañas, por más gordo que estuviera, como no me va a mover a mi? Me hizo levantarme y moverme entre cerros, ríos, puentes y valles. Entre rutas y bosques, senderos y piedras. Aunque agotado, reviví en la fé,  Dios creyó en mi y me hizo creer. Creer en mí, en llegar junto a mi hermano. Creer que se podía y se pudo: la última etapa la hicimos bajo una tormenta impresionante, que les juro me rejuveneció. enía el ánimo por las nubes.

Finalmente, el gordo llegó a Santiago, sin preparación, arrastrando la mochila, fumando y demorando el doble en cada etapa. Agotado y dolorido pero inmensamente feliz , en plenitud anímica y espiritual. Llorando de emoción y alegría, abracé con fuerza a mi hermano.

En ese momento se le cayó al piso el bastón que había fabricado con una rama. Empezamos a reírnos a carcajadas porque ninguno de los dos tenía fuerza para agacharse a levantarlo y entendí todo: el Camino es un estado de ánimo.