Nos deja Tomás de Manjarín, el último Templario
Acaba de fallecer en el Hospital de Ponferrada, en la noche del 14 al 15 de enero de 2026, uno de los personajes más carismáticos y apreciados del Camino de Santiago: Tomás de Manjarín. Confirma la noticia uno de sus amigos, Manuel Rossi, que lo ha estado visitando y confortando a lo largo de su enfermedad, que se ha complicado por lo que Tomás venía denominando como “una maldita bacteria” (la calificaba, eso sí, con palabras más gruesas).
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Con Tomás, como apunta acertadamente Rossi, idea que compartimos plenamente, se va otro de los grandes de la vieja guardia del Camino Francés, aquella surgida entre los años 90 y el cambio de milenio que ha estado llenando de contenido la revitalización del gran itinerario de peregrinos, la formada por personas de primera línea en la acogida, cada una con sus peculiaridades, entre los últimos que nos han dejado José Ignacio Díaz, María la de Felisa, Mariscal de Carrión, etc.
Tomás era conocido, sobre todo, por su capacidad de resistencia allá en lo alto, en el techo del Camino Francés a 1.500 m de altura, y por su vínculo con la Orden del Temple, de quien se consideraba un auténtico heredero y representante.
A propósito de los templarios, a los que Fernando II había donado la villa de Ponferrada, es sabido que en 1178 crearon en la plaza una bailía, comenzando a construir su gran castillo, cuyas obras se prolongaron hasta 1282 en el encinar de Interamnio. Disuelta la orden en Castilla en 1312, los caballeros del Templo de Jerusalén tuvieron en aquella fortaleza, situada al borde del camino jacobeo, su última y más preciada posesión. ¿Cuál fue la razón de tan vasto esfuerzo en este lugar, y un castillo de tal magnitud? La literatura mágica, esotérica y parahistórica, rechazando el escaso interés que podía tener para esta congregación militar el Camino de Santiago, alude a la cercanía de los montes sagrados, a los misterios propios de una ruta de iniciación precristiana, a la alquimia... y ¡hasta a la posible custodia del arca de la alianza en dicho recinto! En este sentido Tomás, como caballero de una de las múltiples ramas que reivindican la orden, continuó ejerciendo como vigía y custodio de los arcanos, de esa sabiduría reservada a los iniciados, pero a un tiempo dispensando hospitalidad en un lugar ciertamente inhóspito.
Extractamos aquí algunas notas de la entrevista que le hicimos años atrás, in situ, para que nos explicase el sentido de su decisión, y entonces expresábamos que un buen día, y no importa tanto el cuándo, el cómo y ni el porqué, aquel maragato de Murias de Rechivaldo se instaló en el techo del Camino Francés, a un paso de la emblemática y simbólica Cruz de Ferro. Para ello eligió la aldea de Manjarín, abandonada por sus habitantes en los años sesenta. Al respecto comentaba que "tras varios años alrededor de Ponferrada, a pesar de trabajar dura y honradamente todo se iba desmoronando, y cuando llegué aquí ya me di cuenta de que el lugar me reclamaba, que Manjarín necesitaba un guerrero templario al servicio de los peregrinos”. Espíritu de guerrero tenía, pues Tomás era un tipo curtido que incluso había pasado unos años en la Legión.
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Su primer vínculo con la hospitalidad partió de una vieja escuela, el albergue de su gran amigo Jesús Arias Jato, Ave Fénix: “Yo aprendí en Villafranca del Bierzo, donde estuve dos meses y medio como hospitalero, cómo tratar y no tratar a los peregrinos. Poco después, un día de nieve, conocí a uno de ellos, que había estado a punto de abandonar en Manjarín, pues entre Rabanal y Molinaseca, un trayecto duro, austero y temible, no existía entonces ningún punto de apoyo. Es por ello por lo que me decidí a instalarme aquí. En el primer invierno decían que estaba loco, pero con la ayuda del ejército, que tenía una base militar en las inmediaciones, pude salir adelante y adaptarme a la montaña".
A pesar del rigor del clima, y de los muchos desprecios y faenas que le han hecho, la peor de las cuales consistió en un envenenamiento de la fuente de la que se abastecía, y también de la llegada de malas compañías, ya que Tomás abría su casa a quienes a priori afirmaban querer colaborar con él, pudo resistir muchos años en la cumbre con su paciente bondad, el auxilio temporal de algunos hospitaleros y el apoyo incondicional de sus amigos, que siempre, como nos comentaba, “me traían café justo cuando más lo necesitaba”.
El principal apoyo, no obstante, le llegaba a través del agradecimiento recibido por parte de los peregrinos: “Recuerdo que el 19 de julio de 1999, no se me olvida la fecha porque es el día que me habían emponzoñado el agua, llegó una peregrina a las 12 de la noche, con una gran credencial sellada en Jerusalén, Grecia, Roma, Lourdes..., que se despidió con una frase: ¡Seguid siempre así y aquí!”. Añadía que poco después pasó por Manjarín un amigo templario que le trajo un cuadro de las apariciones del Escorial, y el retrato era la fiel expresión de la peregrina que aquí había dormido. “Estas inyecciones de moral nos animaron a continuar”.
Emulando a pequeña escala el trabajo desarrollado en hospederías de montaña como las de Aubrac, Somport, Ibañeta y O Cebreiro, Tomás consiguió levantar uno de los albergues más “alternativos” y singulares de la ruta, y ello no por voluntad de que así fuese para atraer a los hippies o sus sucesores, sino por la pura forma de ser del personaje. En tal escenario, al igual que en los conventos, también se han dado conversiones como la de la holandesa Amalia. Aquella mujer, ya madura, peregrinaba desde su país en memoria del marido, que tras haber quedado paralítico 17 años tras un accidente, acababa de fallecer: "Al pasar por aquí escuchó el Ave María que tenía puesto, y al regresar se detuvo en el albergue cuatro días, y reconoció haber descubierto su vocación religiosa al escuchar aquella música". Del albergue también han salido más de 20 parejas, algunas "bendecidas" por el caballero templario Tomás para escándalo del obispo de Astorga.
El último templario de esta bailía unipersonal, al modo de los exclaustrados más inconformistas con la desamortización de Mendizábal, siempre se ha negado a renunciar a la gran tradición iniciática de la orden. De su pasión por la temática ya había nacido, en 1992, el Círculo Templario de Ponferrada que dirigió, compuesto por varios miembros de Barcelona. Asimismo, en su albergue recreó toda una parafernalia de cruces, pendones, símbolos, atuendo, espada sin filo para los rituales, etc. Completaban el atrezo, cada día, la campana que hacía sonar a la entrada, según era tradición en las hospederías de las alturas, y un poste multidireccional y polícromo, realizado en madera, que señala las distancias a Compostela, Roma, Jerusalén y otros muchos santuarios del mundo.
Carente de agua corriente o luz eléctrica, este ermitaño imbuido de nobles ideales, que abandonó hastiado Madrid, en el plano material ha ofrecido un lecho sencillo y café caliente con lo que se tercie —dos placas solares producen el milagro— a quienes pasaban. Pero la parte más importante de su acogida se encuentra en lo intangible, así la oración que todos los días del año, a las 11 de la mañana, realizaba por la paz junto a las mujeres de Jerusalén. La plegaria incluía un ceremonial templario y cósmico, cargado de sincretismo, impetratorio de la fraternidad humana por mediación de los arcángeles Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel, y concluía con el cántico del himno de la orden y el rezo de un paternoster en todas las lenguas de los presentes.
Por nuestra parte siempre hemos estado persuadidos de que Tomás no ha practicado impostura o engañifa, pues a nadie ha pretendido convertir ni, mucho menos, sacarle el dinero, sino más bien al contrario, ya que han sido varios los que han abusado de su confianza y hasta vaciado su siempre paupérrima caja. Lo que ha irritado a algunos, que no comulgan con lo alternativo, es el no poder haberlo podido encasillar como lunático, folclórico, embaucador o apóstata, pues a poco que se hablase con él, dada su bondad y convicciones, en ninguna de estas casillas encajaba.
Con tal bagaje no es de extrañar que Tomás criticase duramente "el turismo folclórico que se nos ha introducido en el Camino, con una falta de espíritu total. Pero en invierno es una satisfacción plena comprobar que no hay turismo, y los peregrinos son auténticos, espirituales, de largo recorrido. Aquí se conoce lo mejor y lo peor del Camino, y yo voy contra los refugios de tres estrellas, porque lo que hay que dar al peregrino es sencillez y familiaridad, y aquí estamos en el invierno porque es cuando más falta hacemos". Y a lo anterior añadía que en las cartas y comentarios de los peregrinos que habían pasado por Manjarín se le exhortaba con una petición recurrente: ¡no cambiéis!
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Despedimos con tristeza a Tomás recurriendo a aquella frase, cargada de filosofía de vida, de la canción de Andrés Calamaro que él mismo recitaba con humor: “Yo soy un loco, que se dio cuenta, que el tiempo es muy poco".
Mañana viernes, 16 de enero, será la incineración en el Tanatorio de La Encina, y a las 18:30, en la Basílica de La Encina (Ponferrada), tendrá lugar una misa de funeral para quienes deseen asistir. La familia anuncia que a posteriori sus cenizas serán esparcidas en Manjarín, ese lugar que desde su marcha ha quedado prácticamente abandonado. Descanse en paz el buen Tomás.
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