Raúl Fernando Gómez
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Senderos Jacobeos: Angela y Paco. Hospitaleros en Fontanillas de Castro (Zamora)

Ángela y Paco: hermanos del alma en el Camino

Hay lugares en el Camino de Santiago que uno recuerda por sus paisajes.

Otros, por sus iglesias, por sus piedras centenarias, por sus pueblos, por aquellas viejas historias que se han ido transmitiendo de generación en generación.

Y hay otros lugares que uno recuerda, sencillamente, por las personas.

Para mí, Fontanillas de Castro es ya uno de esos lugares.

Un pequeño enclave de la Vía de la Plata, muy cerca de Montamarta, donde el peregrino encuentra algo que quizá sea mucho más importante que una cama después de una larga jornada: encuentra hospitalidad.

Y allí están ellos.

Ángela y Paco.

Paco y Ángela.

"Porque tanto monta, monta tanto...Isabel como Fernando"

Y es que hay amistades que, con el paso del tiempo, dejan de ser simplemente amistades.

Se transforman.

Se hacen más profundas.

Se convierten en complicidades, en afectos, en recuerdos compartidos y, sobre todo, en esa certeza de saber que, cuando volvamos a encontrarnos, bastará un abrazo para recuperar todo aquello que quedó pendiente.

Ángela y Paco han dejado de ser para mí amigos.

Se han convertido en Hermanos del Alma.

Y eso, dentro de esta enorme, maravillosa y a veces incomprensible familia jacobea de la que formamos parte tantos peregrinos y hospitaleros, es un regalo que no tiene precio.

Un pequeño albergue, un gran corazón:

El albergue de Fontanillas de Castro es todavía joven.

Pero la hospitalidad que allí se practica tiene raíces muy antiguas.

Porque la hospitalidad jacobea no nació ayer.

Viene de muy lejos.

De aquellos hospitales medievales que abrían sus puertas al caminante.

De quienes ofrecían un plato caliente, un poco de agua, un lugar donde descansar y, sobre todo, una palabra de ánimo.

Ángela y Paco continúan, a su manera, aquella tradición.

No necesitan grandes gestos.

Les basta con hacer algo aparentemente sencillo: recibir al peregrino.

Pero sabemos quiénes hemos caminado que detrás de ese gesto aparentemente sencillo hay mucho trabajo.

Hay dedicación.

Hay tiempo.

Hay cansancio.

Hay preocupaciones.

Y, sobre todo, hay una enorme generosidad.

Porque el hospitalero no sabe quién va a cruzar mañana su puerta.

Puede llegar un peregrino joven o uno que ya peina canas.

Puede llegar alguien que camina por fe, otro que busca respuestas, otro que simplemente necesita desconectar de su vida cotidiana.

Puede llegar alguien feliz.

O alguien roto.

Y el hospitalero debe estar preparado para todos.

Ángela y Paco lo saben.

Y por eso su albergue no es solamente un lugar donde pasar la noche.

Es una pequeña estación de humanidad en medio del Camino.

Encrucijada de caminos

Además, Fontanillas de Castro ocupa un lugar muy especial.

Es uno de esos puntos en los que el peregrino comienza a sentir que se aproxima una decisión.

Más adelante llegará Granja de Moreruela.

Y allí se abrirán dos posibilidades.

Continuar por el Camino Sanabrés, atravesando Zamora y las tierras que conducen hacia Galicia.

O seguir hacia Astorga, para incorporarse al Camino Francés y continuar hasta Santiago.

Dos caminos.

Dos paisajes.

Dos maneras diferentes de llegar a Compostela.

Pero antes de decidir, el peregrino ha pasado por Fontanillas.

Y quizá sin saberlo, se ha llevado algo mucho más importante que una etapa cumplida.

Se ha llevado el recuerdo de unas personas.

Porque eso es lo extraordinario del Camino.

Uno cree que está acumulando kilómetros.

Y, cuando termina, descubre que en realidad ha estado acumulando personas.

No echamos de menos el pasado, pero lo respetamos:

Los que amamos el Camino no deberíamos caer en la tentación de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor.

No.

El Camino cambia porque cambia la sociedad.

Cambian los peregrinos.

Cambian las necesidades.

Cambian las formas de caminar.

Y nosotros también cambiamos con él.

No echamos de menos necesariamente aquellos viejos caminos que conocimos hace décadas.

Pero sí creemos que hay algo que no debería cambiar nunca: el alma del Camino.

Y esa alma está en peligro cuando la peregrinación se convierte exclusivamente en turismo.

Cuando el Camino se transforma en una carrera.

Cuando el peregrino deja de ser peregrino para convertirse únicamente en cliente.

Cuando la masificación y la turistificación galopante amenazan con convertir una experiencia humana, espiritual y cultural extraordinaria en un simple producto.

Por eso es tan importante la labor de personas como Ángela y Paco.

Porque ellos nos recuerdan que el Camino no vive solamente en las flechas amarillas.

No vive únicamente en las estadísticas de peregrinos que llegan a Santiago.

No vive en las fotografías que nos hacemos delante de la Catedral.

El Camino vive en la acogida.

Vive en el encuentro.

Vive en compartir.

Vive en escuchar.

Vive en ayudar.

Vive en ese gesto sencillo de abrir una puerta a quien llega cansado.

Una memoria que debemos respetar:

Y aunque no echemos de menos aquellos viejos caminos, sí tenemos la obligación moral de respetar la memoria de quienes los hicieron posibles.

De tantos peregrinos.

De tantos hospitaleros.

De tantas asociaciones.

De tantas personas anónimas que dedicaron años de su vida a recuperar caminos, limpiar senderos, señalizar rutas, abrir albergues y mantener viva una tradición que parecía condenada a desaparecer.

Ellos lucharon para que nosotros pudiéramos caminar.

Y ahora nos corresponde a nosotros luchar para que aquello que ellos recuperaron no pierda su esencia.

No se trata de vivir anclados en el pasado.

Se trata de mirar hacia adelante sin olvidar de dónde venimos.

Y en ese equilibrio entre tradición y modernidad, entre memoria y futuro, entre peregrinación y turismo, personas como Ángela y

Paco tienen un papel fundamental.

Porque cada peregrino que reciben con cariño es, de alguna manera, una pequeña victoria del Camino humano sobre el Camino convertido en producto.

Ángela y Paco. Paco y Ángela:

Por eso hoy quiero detenerme.

Aunque solamente sea un momento.

Y deciros algo que quizá ya sabéis.

Gracias.

Gracias por lo que hacéis.

Gracias por las horas.

Gracias por vuestra entrega.

Gracias por vuestra paciencia.

Gracias por abrir las puertas de vuestro albergue.

Gracias por abrir, sobre todo, las puertas de vuestro corazón.

Y gracias por haber conseguido que una amistad se convierta en algo mucho más grande.

En esta inmensa familia jacobea en la que cabemos peregrinos, hospitaleros, asociaciones, estudiosos, caminantes, creyentes y personas que simplemente aman estos caminos, vosotros ocupáis ya un lugar muy especial.

Porque Ángela y Paco han dejado de ser amigos.

Son Hermanos del Alma.

Y sabéis que esto es para siempre.

Una promesa:

Así que os hago una promesa.

Ya sea caminando, con la mochila al hombro y las botas llenas de polvo...

O en coche, cuando me desplace hacia esas tierras ancestrales de la Gallaecia, siguiendo de alguna manera los caminos que durante siglos atravesaron quienes buscaban Compostela...haré una parada y fonda en Fontanillas de Castro.

No importa si voy de paso.

No importa si llevo prisa.

No importa si vengo del Camino o simplemente voy hacia él.

Buscaré vuestra puerta.

Y cuando os encuentre, Ángela y Paco...

Paco y Ángela...no habrá demasiadas palabras.

Habrá un abrazo.

De esos abrazos que dicen lo que a veces las palabras no consiguen expresar.

Un abrazo para agradeceros.

Un abrazo para recordar.

Un abrazo para deciros que, en esta maravillosa locura que es el Camino de Santiago, habéis conseguido algo que no está al alcance de cualquiera: habéis convertido un lugar de paso en un lugar de encuentro.

Y eso, queridos Hermanos del Alma, es una de las formas más hermosas de hacer Camino.

Buen Camino, Ángela.

Buen Camino, Paco.

Y hasta pronto.

Porque ya sabéis que, más pronto que tarde, habrá parada y fonda en Fontanillas de Castro.

Y entonces...habrá que abrazarse y quererse.

EngelAbel
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