Manuel Moralo
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El secreto está en la mirada

Haciendo el Camino se descubre que el Camino reside en la mirada.

De donde se deduce que, tal vez, aplicando esa misma mirada de Camino uno lo pueda seguir recorriendo en cualquier tiempo y lugar.

Un saludo a todos

Papadopou
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Una mirada que sirve incluso para recorrerlo sin lanzarte a caminar. Si se es capaz, se puede mirar la vida con esa cierta mirada y la vida será tu Camino. Opino.  Saludos.

Manuel Moralo
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yes

Indi
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Lleva trabajo, mucho. Cuanto más tiempo alejado del Camino más se acorta la mirada. 

En mi caso es como un proceso inverso: a mayor tiempo lejos del Camino, más distopía, irascibilidad y sinsentido. El equilibrio lo consigo cuando no trascurre mucho tiempo. Debo trabajar más, mucho más.

Xavier Riera Luna
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Eso no es título para un hilo, es la conclusión de una existencia plena. Imposible decir más con menos palabras.

Ma Teresa
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Tal vez por eso el Camino no termina al llegar a Santiago. La mirada del peregrino no solo avanza: también descubre. Y al aprender a mirar así, un mundo entero se abre. Y te abraza.

Manuel Moralo
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yes

Papadopou
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Algunos hilos del foro se hunden como si les hubieran atado un ancla al último párrafo. Siempre hay esperanza de qué puedan volver a remontar.

A veces me parece estar en un lugar que no reconozco como mío, que me quema sin saber por qué. Un lugar entre la razón y el corazón, donde ninguno de los dos me consuela. La razón mortifica con su ruido incesante, con argumentos que vencen aunque no convencen y al final no explican nada que me valga. Las emociones me llevan en una corriente que no controlo. Deberían darse la mano. Pero no lo consigo.

Hace poco leí algo parecido aquí al lado, en otro hilo adornado con flores raras que se hundió también.  Sentí vértigo por la cercanía de esos sentimientos. Era como asomarme a un acantilado y no ver el mar al fondo, solo escuchar el batir de las olas muy abajo, en la oscuridad. Ese rugido solo ya da idea del abismo que se abre ante el que está en el filo.

Y sin embargo algo en mí quería descender. No por curiosidad, sino porque lo descrito me resuena en un lugar que ultimamente visito demasiado. Pero los pies son cobardes y se quedan enganchados al suelo, al borde, sin soltarse. O quizás sea que uno no desciende a ciertos abismos por voluntad propia, sino que la vida te va bajando poco a poco, peldaño a peldaño, sin que te des cuenta, hasta que un día miras arriba y ves el acantilado desde abajo.

Algo así leí el otro día aquí al lado, y sentía vértigo.

Pero hoy es hoy (en realidad fue ayer, aunque me tomé mi tiempo para darle otra vuelta) y alguien nos recuerda (gracias, Manuel) que las cosas pueden mirarse de otra manera. La mirada que se posa en lo pequeño, en la piedra del camino, en la luz que cae entre los árboles, en el peregrino que se acerca y saluda. Una mirada que no exige entenderlo todo.

Cuando estás andando, en el Camino pero también en cualquier recodo de la vida, no te ayuda mirar el mapa y pensar en los kilómetros que faltan. Lo que te sostiene es lo que tienes delante ahora mismo. El paso que das, lo que ves, lo que sientes en ese instante. Si mientras andas solo piensas en cuánto falta, el camino se hace insoportable. En cambio si miras lo que hay a tu alrededor, el camino se hace llevadero. Y casi sin darte cuenta, llegas.

Esa mirada, una vez aprendida, no se quedará en el Camino. Te la llevas a casa contigo. Te deja ver que por encima de las nubes hay luz, aunque ahora no la veas. Que el abismo que se abre a tus pies no es tan profundo como parecía desde el borde. Que si aguantas el vértigo y respiras con calma, podrás ver las escaleras que alguien talló en la pared, apenas visibles pero ahí están. Escaleras que si caes, te permitirán volver a subir.

Porque el Camino no es solo un lugar al que se va. Tendría que ser la mirada con la que se vive. Una mirada que no necesita montes ni flechas amarillas, que no depende del clima ni de la fuerza de las piernas. Es una forma de estar, en lo pequeño, en lo inmediato, en el momento. Con esa mirada, en cualquier ocasión y en cualquier lugar, se puede andar.

Y ahora que le he atado un globo al hilo, ya me puedo ir a dormir. A ver si, con suerte, llega bien alto y lejos.

 

Ma Teresa
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heart

Martintxoo
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Ese globo irá donde quiera ir......como nosotros,para mí es cuestión de fe.......en nosotr@s mism@s.

Aupa

João Batista Campos
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heart

Ilargi
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heart

EngelAbel
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heart

«Porque el Camino no es solo un lugar al que se va. Tendría que ser la mirada con la que se vive. Una mirada que no necesita montes ni flechas amarillas, que no depende del clima ni de la fuerza de las piernas. Es una forma de estar, en lo pequeño, en lo inmediato, en el momento.»

De Museo GRONZE ...

Josep Vergés
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Yo creo que mas que la mirada son LAS MIRADAS .

smiley

 

Manuel Moralo
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Me encantó tu reflexión, Papadopou. Muchas gracias por compartirla aquí con todos nosotros.

landante
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En la montaña cometí una temeridad de lo más estúpida, y acabé cayendo por un barranco. Me hice un sin fin de cortes, algunos bastante profundos. El pie izquierdo se me giró. No podía apoyarlo sin ver las estrellas. Aún así logré subir hasta un estrecho sendero.

Bueno, pues no hice nada de lo que te pueda venir ahora  a la cabeza por haberlo visto en películas, o por haberlo leído en algún libro, o por haberlo aprendido durante algún curso de montañismo.

No entablillé el tobillo con ramas. No hice ningún torniquete con la camiseta. No construí ninguna muleta con palos. Ni siquiera grité pidiendo auxilio. Tampoco me puse a silbar siguiendo el código morse del S.O.S. Tres silbidos cortos. Tres silbidos largos. Tres silbidos cortos. S.O.S. Puntos. Rayas. Puntos. Siempre tres. S.O.S. ". . . _ _ _ . . ." S.O.S. Los puntos. Las líneas. El  círculo. El tres. Los puntos suspensivos.

Subí y me quedé allí, quieta y callada. Quería pensar en algo pero no pensaba en nada. Lo único que hice fue sacar el cordón de la zapatilla que estaba en el pie girado. Creo que me llevó más de una hora hacerlo, aunque no estoy segura del tiempo exacto.  La zapatilla ni la toqué.

Luego me tumbé con el cordón en la mano, enroscándolo y desenroscándolo sobre el suelo constantemente con el dedo, más preocupada por hacer que quedase perfecto en su forma de caracol o en su forma de serpiente que por salir de allí.

A ratos miraba el paisaje, que curiosamente me parecía más espléndido que antes de la caída. Estaba todo precioso y muy tranquilo.

También miraba los cortes, pero sin pensar en nada. El cuerpo hacia su función sin necesitar de mí ayuda, y lo hacía con bastante eficacia. Ví como la sangre se iba coagulando poco a poco sin mí.

Me entró sueño. El suelo era cómodo, como cama camuflada. La cadera encontró su hueco en el colchón de tierra. La cabeza su ligera elevación, su almohada improvisada. Y me dormí allí mucho más tranquila que en otras camas.

No funcionamos bien los seres humanos Papadopou. No actuamos con lógica ni con sentido. Hay que olvidarse de eso, del sentido. Estamos todos idos. Vamos siempre caminando. Estamos idos. Poetas y matemáticos. Unos dudando de todo. Otros siempre seguros. Todos idos.

Cuando al cabo de muchas horas vi aparecer a un hombre, el primer pensamiento que tuve se unió a una gran sensación de fastidio. Pensé que ya era mala suerte que incluso allí tuviese que aparecer alguien a fastidiarme. Pensé que me sermonearía con eso de que a la montaña hay que ir sabiéndolo todo y preparado para todo, y que el resto de los mortales se deben quedar lejos de aquellas maravillas hechas sólo para algunos. O que me diría que los que no conocen la montaña deben atarse siempre a entornos más seguros, como a ciudades sin horizontes o a muros sin precipicios. Y que no hacerlo así, me diría con esa lógica económica de las mentes razonables, nos cuesta a todos mucho dinero.

Pero no sucedió nada como yo pensaba.  El hombre se agachó al verme y simplemente dijo "¿pero qué es lo que me he encontrado hoy?". Comenzó a curarme, a hablarme de él, a contarme anécdotas divertidas con chistes graciosísimos entrelazándose con ellas.

Un hombre huraño y raro según la mirada de otros, que a la mía  le pareció alegre y bueno.

Me sacó de allí. Me llevó a cuestas hasta el coche que tenía aparcado en un camping. Y desde allí a urgencias. Me dejó en buenas manos, pero yo sólo recuerdo perfectamente las suyas.

Se despidió de mí diciendo que se volvía a la montaña para buscar más ciervos. A mí eso me hizo mucha gracia, y empecé a partirme de risa en la salita. Otros allí pensarían que estaba borracha o drogada. O quizá no pensaron nada. O quizá algo que ni siquiera imagino. Todo es permanentemente incierto en el oscuro cráneo.

Estamos todos idos Papadopou. A oscuras. No hay que darle más vueltas. Pero como estamos idos las seguiremos dando. Yo seguro. A veces en la iluminada  cima. A veces en el oscuro fondo.

Sin embargo hay cosas que no olvido nunca porque no están en el recuerdo. Se han quedado profundamente escondidas, en un lugar desconocido y secreto. Cuando estoy fuera se arrancan conmigo como raíces al tirar del tallo. Me refiero a esas cosas y a ese Camino. No puedo explicarlo de ningún otro modo.

Papadopou
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Hola, Landante, buenas noches.

No creí molestar a nadie al recoger una frase expresada en otro sitio para iniciar mi torpe reflexión. Además ya mencioné que había leído algo parecido a lo que refería en un hilo cercano, paralelo, amigo y familiar, complementario. Simplemente me llegó con el viento y me sirvió como punto de partida. No creo haber rasgado lo que tejiste, ni haber usado esos mimbres para un cesto nuevo. En cualquier caso, mis disculpas.

Como dije, me resonó dentro y recogí ese eco para que me ayudara a explicar lo que intentaba expresar. Como el músico que oye una melodía e improvisa una respuesta con su violín. ¿Por casualidad no tocarás el violín, Landante? Yo no. De hecho tengo el oído de un ladrillo. Y no es que esté sordo, de hecho oigo hasta lo que no quisiera oír, incluso un zumbido constante que no cesa. Pero ni la música, ni el lenguaje de mis semejantes si no hablamos el mismo idioma, encuentran facilidades si siguen los conductos auditivos habituales, para llegar a mi cerebro o al interior de mi cráneo, como dices a menudo.

¿Ves? Lo cierto es que muchas veces resuenan en mi las sensaciones que explicas. Y también que me provocan vértigo, tal como dije. El vértigo de las alturas al ver allí abajo el suelo, o solo intuir que está allí, esperando. Porque la altura en si no me da vértigo si no miro abajo. Cuando miro arriba y veo que hay menos cielo en lo alto del que vería mirando desde el suelo, no me provoca vértigo. Aunque esté igual de alto. O sea que debe ser mirar hacia abajo lo que provoca el vértigo. El miedo a caer, no a volar. Lo curioso es que me basta con pensar que alguien mira hacia abajo, y llega la angustia. No hace falta ni que mire yo. 

Tampoco sé que hacer si pienso en alguien al filo de un abismo, o sobre el pretil de un puente. ¿Le sujeto para que no caiga o tiro de él hacia dentro para alejarlo del borde? Igual lo desequilibro y lo tiro yo. ¿Le digo algo para disuadirlo de lo que me parece que pretende hacer? ¡Pero si nunca sé qué decir! ¿Y si me pide que ocupe su lugar? Igual voy y lo hago.

Si resulto ser yo quien te encuentra allí, en la montaña, cuando te caíste (también te lo había leido en el otro hilo, el de las flores raras que dijo Xavi) no estoy seguro si te hubiera cargado en brazos. Tal vez hubiera llamado a emergencias. Probablemente al verte en el suelo tranquila y relajada, me sorprendería y ni me percatara si estabas lastimada. Te preguntaría si iba todo bien. Pero si viera tu cara de fastidio o respondieras que todo bien, posiblemente fuera capaz de seguir buscando mi camino. Seguro que seguiría intentando dejar de andar perdido.

Saludos.

landante
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¿Por qué pides disculpas Papadopou? No has hecho ni has dicho nada ofensivo. Todo lo contrario. A mí no me has molestado con nada, y creo que a nadie, aunque esto último ya no te lo puedo asegurar. Hablo por mí, que estoy aislada  en mi propio cráneo.  No puedo hablar desde ningún otro sitio. Pero yo diría que no, que nadie se ha molestado con nada de lo que has dicho.

La verdad es que no sé por qué has pedido disculpas, y por más que leo arriba y abajo no encuentro nada. No has rasgado nada. No has deformado nada. No me has molestado en absoluto. No te he entendido Papadopou.

Lo que sí te digo es que nunca pases de largo cuando veas a alguien tirado en el suelo o a punto de caerse. No pienses si esto, o si lo otro, o si lo de más allá. No pienses en nada.

Mira lo que le pasó a Martintxoo. La primera persona que le vió tirado pasó de largo, y esa indiferencia le hizo más daño que la propia herida o tener que retirarse del Camino. Se quedó completamente descolocado, preguntándose de qué o quién somos imagen. 

No pases de largo, ni te busques perdiendo por el Camino a otros. 

Hay algo enfermizo en querer hacerse daño y en no inmutarse al ver la propia sangre. Yo lo reconozco. Pero también hay algo enfermizo en la indiferencia hacia los demás y en el pasar de largo como si tal cosa.

Hay un aliento negro soplando sobre nosotros de una forma o de otra, que finge ser el nuestro pero que está en otro lado. No somos ese aliento.  Somos los que ayudan. Los no indiferentes. Los que no causan daño.

Yo ya he escogido el soplo.

A mí me entrenaron para tragarme las lágrimas, para presenciar el dolor propio y ajeno sin venirme abajo, para estar prevenida y preparada ante lo más horrible que presenciaré. Pero el entrenamiento no funcionó Papadopou. Yo no soy Rambo.

Así que no pienses, ni te fijes en la cara de pocos amigos de la persona caída. Sopla vida y no pienses en nada más.

Yo siento infinita gratitud hacia el hombre que me sacó de aquel lugar, por mucho  que al verle llegar sintiese angustia y un gran fastidio.  Pero estaré siempre agradecida por lo que hizo.

Ahora estoy bien. Todo esto que te digo lo veo claramente. Pero  cuando se vela mi alma soy un ser distinto, alguien que se daña en lugar de reparar lo dañado. Es enfermizo, un mirarme sin saberlo en el lugar equivocado. 

Somos los del Camino. No los indiferentes. No pienses. Tú sientes dicha en la dicha ajena, y dolor en su dolor. Es así. Como yo y como casi todos.

Y no, no sé tocar el violín, pero es un instrumento que me encanta Papadopou. Me parece de los más expresivos y tiene miles de posibilidades. Lo que más me gustaría es tocarlo y bailar a la vez, como hace Lindsey Stirling. Me gustan mucho sus vídeos.

Esta es una de las piezas suyas que más veces veo y escucho.  Me sé todos los movimientos, pero tocar el violín, eso no lo sé hacer.

https://www.youtube.com/watch?v=JGCsyshUU-A&t

Papadopou
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Buenas noches, Landante.

Me alegra sobremanera saber que el inicio de tu respuesta del otro día no contenía censura alguna y que todo se ha debido a un malentendido (tan solo mio, naturalmente). Ha sido cosa de mi oído que, como ya dije, es duro como una tapia y al escuchar las palabras escritas creyó apreciar cierta rigidez donde nadie la ha visto ni así la entiende. En cualquier caso, gracias.

 

No acababa yo ayer diciendo que me resulte indiferente el sufrimiento ajeno si me lo encuentro. Ni que vaya a negar el auxilio si se me precisa para ello, por supuesto. Si así entendiste, me exprese con torpeza. Reconozco, tal vez si, que no soy proclive a tender la mano si en quien tiene que estrecharla no aprecio deseo de aceptar esa ayuda. Asumiré el reproche si llega, pero creo que la ayuda hay que saber pedirla si se precisa.

En cualquier caso me conmueven tus palabras y me he propuesto seguir tu consejo. “Sopla vida y no pienses en nada más”, dijiste.

No soy uno de aquellos dioses antiguos capaces de insuflar la vida con un soplido a los tristes humanos que han formado con algo de barro. De hecho a mi ni de niño me gustaba jugar con el barro, así que como para ponerme a modelar a alguien soplando, como si de vidrio fundido se tratara.

Pero si que sería mi deseo enviarte no un soplo, sino un vendaval de aire fresco que disipara todas las nubes que suelen andar arremolinadas, a tenor de lo que escribes a menudo por aquí, sobre tu cabeza (lo siento, pero lo de cráneo me recuerda un fósil y me trae imágenes de tétricas calaveras muy poco en consonancia con mi intención).

Lamento que tanto nubarrón tiña siempre de un negro tan oscuro todos los pensamientos que te llevan de acá para allá y de allí para aquí. Porque esa pertinaz oscuridad que envuelve tus palabras tal vez no sea tan diferente de un pie girado tras una caída en la montaña. Si se presenta la ocasión te aseguro que también te cargaré en brazos para llevarte hasta donde te puedan recomponer. Porque estoy convencido que tu verbo florido, una vez desteñido convenientemente del trazo grueso del nublado, mostraría la luz de esos caminos que dices te gustan. Con esa mirada en la que se prendió este hilo, que más que conversación parece un globo que va arrastrando el viento de un lado para otro.

Un recuerdo, cortesía de caminamore, a la que por cierto, hace tiempo que no vemos por aquí

https://www.youtube.com/watch?v=a8eDeLKWx74

 

landante
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Hola Papadopou, he borrado el inicio del escrito del otro día, el del malentendido. Antes de borrarlo lo he estado leyendo varias veces, pero sigo sin encontrar qué pudo haberte confundido. Está claro que algo sería aunque yo no lo haya pillado. De todos modos no importa, ya está  borrado. Fuese lo que fuese ya ha desaparecido. Espero que te alegre.

He sustituido ese escrito por emojis de pájaros y aves. Los pájaros me encantan y me relajan mucho. Son como pétalos con la voluntad de vuelo. Reconozco a casi todos los que se cruzan conmigo, tanto por sus plumas como por su canto. 

Si algún día sientes curiosidad por alguno que hayas visto y me lo describes, quizá te pueda decir cual es. 

También me gustan los insectos, aunque creo que estos no tienen tantos admiradores entre la gente que camina. Son pequeños, de costumbres extrañas, y encima algunos parecen ariscos. Pero los hay preciosos. A casi todos se les acaba admirando y queriendo cuando se les observa y conoce.

Al decirte que no pasases de largo si ves un día a alguien caído o a punto de caerse no me refería a que me parecieses indiferente ante el sufrimiento humano. Es más, te siento amable y sensible, no uno de los  indiferentes. Qué va.

En realidad lo que te dije solo a tí era algo que quería dejar escrito para todo aquel que lo pudiese leer en un futuro, por si sirviese de ayuda para otras personas. Mi deseo de ayudar no es menor que el de quienes lo hacen de forma mucho más eficiente.

Es que a veces no es posible pedir ayuda Papadopou. Me refería a eso, a que es bueno estar atentos a esos casos. No me refería a que no se deba dejar en paz y continuar el propio camino cuando a quien ofreces tu ayuda te dice con claridad que no la necesita. A eso no me refería. Me refería a otros casos.

Un niño pequeño, por ejemplo, no puede pedir ayuda aunque le estén maltratando. Simplemente no puede. Y un adulto tampoco puede pedir ayuda si su cabeza se ha desconectado de este mundo.  No pedirá jamás ayuda, aunque se esté desangrando.

Me refería a eso, a no pasar de largo sin observar atentamente primero. Pero no te lo decía a tí como reproche o acusación de indiferencia, sino que quise dejarlo escrito como ayuda para alguien. 

Podría haberlo dicho de otro modo. Eso es cierto. Haber dicho simplemente que nadie pase de largo ante alguien caído sin observar antes con profunda atención. Me refería a eso. Con atención y cariño.

De la canción de caminamore me acordaba. En su día la guardé en mi lista de reproducción, y más de una vez la he vuelto a escuchar.

En aquel hilo me acuerdo que yo colgué música de "Los chicos del coro", una de mis películas preferidas con diferencia.

Pues hoy dejo aquí la escena final de la película. La dulce petición de Pepinot. Las bondadosas manos del maestro. El brillante Camino iluminado.

No pienses que todo es negrura en mí o que veo el mundo siempre oscuro Papadopou. Aún albergo sueños intocables y blancos. Vislumbro un lugar brillante al final del Camino. Y pienso extender mis manos de algún modo por el porvenir de quienes no pueden pedir ayuda. 

Aún no sé cómo hacerlo porque estoy condicionada a las treguas que me da un mal que persiste en mi cabeza.  Pero que lo haré es seguro. No sé cómo, pero lo haré.

https://www.youtube.com/watch?v=c5rtsyXjjVI&t

Buruntza
Imagen de Buruntza

Encuentras el secreto de la mirada cuando de forma inconsciente, en un breve instante, dejas tu mente vacía y tu cuerpo insensible. Despiertas de ese “flash” y te preguntas quién ha estado pedaleando en tu lugar durante ese tiempo. Levantas tu mirada sobre el camino y sientes que te has fundido con el paisaje y con tu máquina en un ritual mágico del que no quieres dejar de participar nunca.

Papadopou
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Hola Landante, buenas noches.

De esa película que mencionas recuerdo también la escena anterior a la que has puesto, cuando los colegiales lanzan aviones de papel por la ventana para despedirse de su profesor. Esos pequeños avioncillos burlan el encierro al que están sometidos los niños y llevan escritos mensajes luminosos de agradecimiento para el profesor que se marcha. Proclaman el amor que sienten esos niños por aquel buen hombre que los trató bien. Este, cuando caen sobre él, los recoge emocionado. Es como si lo abrazaran, como la lluvia hace con los caminantes.

Las ideas de luz y amor siempre encuentran la manera de escapar de su encierro. Vaya moraleja tonta, ¿verdad?

Pero me reconforta que digas que no siempre es de noche en tu interior. Tal vez sientas que solo son pequeños resquicios. Solo una pequeña grieta le basta al tiempo para derruir las más sólidas construcciones. Seguro que a la luz que llevas dentro también le bastará con cualquier rendija para escabullirse de las sombras e iluminar tu camino.

Mientras, los pájaros te guiarán. Déjate llevar, seguro que no te van a engañar con sus trinos. Llénate la cabeza con sus cantos. Su aleteo removerá el aire dentro de ella, la vaciaran de tristezas y quedará espacio para ideas alegres.

Es el consejo que doy porque Popeye el marino soy (ejem, disculpen todos, un tic de mi infancia, lejana ya por cierto, cada vez más). En fin, a ver si me lo aplico a mi mismo. El consejo, digo.

Lo cierto es que de los únicos pájaros de los que me suelo acordar en el día a día, son los que se entretienen adornando con sus deposiciones mi coche aparcado en la calle. En esos momentos no se me ocurre nada bueno que hacer con ellos y me pregunto para qué sirven los pájaros en una ciudad. Pero, claro, no es culpa suya. En algún sitio tendrán que descomer los animalitos.

Luego, sentado en el balcón de casa, me entretengo contemplando la alegre algarabía que forman las golondrinas que tengo por vecinas. Estas no me molestan y, además, liberan los alrededores de moscas, mosquitos y otros insectos (lo siento, Landante, sé que has comentado que te gustan los bichos, pero algo tendrán que comer esos pajarillos). Tanto aprecio les tengo que un día incluso intenté defenderlas de otro pájaro agresor (uno de esos córvidos vestidos de blanco y negro, no sé si una corneja, un grajo o una urraca) que se las había ingeniado para asaltar sus nidos, probablemente en busca de huevos para el desayuno. No era culpa suya, algo tendrá que comer el animalito.

Veo que se me ha llenado la cabeza de pájaros. A estas horas ya me cuesta mirar las cosas con esa mirada que, se supone, me tendría que inspirar y en lugar de alargar el hilo, lo pierdo. Mejor lo dejo. 

Pero antes, te he traído una canción sobre una mujer que hablaba a los pájaros. No sé si a ti te pasa y por eso te gustan tanto. ¿Por un casual no hablarás euskera, Landante?  Sea como sea, el video lleva subtítulos.

https://www.youtube.com/watch?v=bL1HNH42-PM

 

landante
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Por lo que cuentas fue una urraca la que quiso atacar el nido.de golondrinas Papadopou.  Las urracas son las que tienen el plumaje blanco y negro, aunque no de un negro profundo sino de  tonalidades metálicas que parecen verdes o azuladas según la procedencia de la luz que cae sobre esas plumas de falso negro.

Si te encuentras una pluma cógela y muévela bajo la luz del sol hasta sacar los destellos que te digo. Son preciosos. Te van a gustar.

Cornejas y grajas no tienen plumas blancas. Son todas negras,  como las de los grandes  cuervos, pero del negro que no es negro, sino del negro de los destellos. La graja además tiene el pico clarito y la cabeza como picuda.

Yo creo que con esas indicaciones, si te fijas, distinguirás bien a unas y otras.

Las urracas son además las más atrevidas. Se acercan sin reparo  a zonas urbanizadas, donde perpetran sus saqueos de nidos en época de cría.

Mil veces habré leído o escuchado que no hay que intervenir en la Naturaleza con espantos hacia unos y ayudas hacia otros, que todo cuanto acontece está en su equilibrio y en su obrar natural, y que nosotros tenemos que limitarnos a observar sin intervenir nunca.

Pues Papadopou, te digo que de las muchas veces que he presenciado escenas como la que describes, nunca he hecho caso de lo aprendido. Ni me he acordado de lo que sabía. Yo, como tú,  he espantado a las urracas, inclinándome siempre por las golondrinas sin poderlo remediar.

A las pica pica las he amenazado con los brazos. Las he lanzado tierra. Las he tirado pañuelos. Cualquier cosa con tal de que se alejasen del indefenso nido.

Nunca lo hago con odio o rabia. Me encantan las urracas y sé que sólo quieren comer. Pero no puedo remediar espantarlas cuando andan "robando" nidos. Después, eso sí, dejo para ellas algo de comida cerca, porque no es perjudicarlas lo que quiero.

No puedo evitar sentir las cosas como las siento. Todos esos sesudos estudios sobre el comportamiento animal, sobre sus instintos, sobre el equilibrio de todo en la Naturaleza, nos han dejado fuera de ella.  ¿Qué pasa conmigo, por ejemplo? ¿Por qué está fuera de la Naturaleza mi impulso libre de pensamiento?

Lo que siento al espantar a una urraca a la que descubro agarrada a un nido tratando de sacar de allí los huevos o a sus inquilinos, no es algo ajeno a mí. Está en mí y está en mi naturaleza. Lo que me es ajeno es quedarme quieta, grabando o fotografiando la escena sin hacer nada, quieta sólo porque lo he leído en un libro o me lo ha dicho un experto.

Me importan poco esos estudios. Y me importa poco que la razón me destierre de la Naturaleza ordenando lo que debo hacer o dejar de hacer.

Por mi parte seguiré defendiendo nidos. Lo seguiré haciendo porque me da la gana y porque está en mi ser sin pensamiento.

Soy nada. Soy un animal. Soy humana. Soy ave. Soy un huevo. Soy el círculo sin pensamiento.

Hiciste bien Papadopou defendiendo a las golondrinas. No se ha roto ningún equilibrio. Eso es falso. No se ha roto nada. Estamos en la Naturaleza, como las golondrinas y las urracas. 

Los libros no sirven para todo. Los razonamientos no sirven.  Estamos aquí,  espantando lo que nos espanta.

Yo no hablo con los pájaros Papadopou, más que nada para no llenarles la cabeza de  humanas cosas. Lo que sí hago es escucharles para que sean ellos los que llenen la mía con su pertinaz confianza. 

Conozco muchos tipos de cantos. Muchos los entiendo. Otros son aún un enigma para mí. Pero sí que sé cuando buscan, cuando amenazan, cuando avisan,  cuando se saludan, cuando se recrean... 

Algún día volveremos a ser incluidos en la Gran Guía de la Naturaleza, entre los animales y los peces y las plantas y las rocas. Ya lo verás Papadopou. Habrá una sóla letra de la que parta todo.  El roedor dejará de decirnos qué hacer y qué no hacer. No podrá expulsarnos. Sentiremos todo en todo,  pero ya de un modo permanente y esférico, sin estos agotadores fogonazos que hacen de la sombra noche y de la luz un deseo. Ya lo verás.