Carta a Marcelino Lobato
Carta a Marcelino Lobato, peregrino de los caminos
Querido Marcelino:
No tuve la oportunidad de conocerte.
Y quizá por eso estas palabras que hoy te escribo tengan algo de disculpa y algo de despedida.
Durante años escuché hablar de ti. Supe que, a las puertas de Logroño, allí donde el Camino comienza a alejarse de la ciudad y el peregrino vuelve a encontrarse con la soledad de la senda, había un hombre que esperaba.
Esperabas a los que llegaban.
Esperabas a los que caminaban.
Esperabas a quienes, quizá sin saberlo, necesitaban encontrarse con alguien que les recordara que el Camino no era solamente llegar a Santiago.
Y tú estabas allí.
Vestido como aquellos antiguos peregrinos que hace siglos atravesaban los mismos caminos, con tu bordón, tu zurrón, tu sombrero y tu larga barba, parecías llegado de otro tiempo.
Pero no eras un hombre del pasado.
Eras algo mucho más hermoso:
eras un hombre de nuestro tiempo que decidió conservar vivo el espíritu de otro tiempo.
Mientras otros contaban kilómetros, tú contabas historias.
Mientras algunos buscaban llegar cuanto antes a Compostela, tú te detenías para recibir a los que llegaban cansados.
Mientras el Camino se transformaba y comenzaba a llenarse de nuevas prisas, nuevas tecnologías y nuevas formas de peregrinar, tú seguías allí, recordándonos que un vaso de agua, una palabra amable, un sello en una credencial o simplemente una conversación pueden convertirse también en hospitalidad.
Dicen que recorriste miles y miles de kilómetros.
Pero quizá los kilómetros más importantes no fueron los que caminaste tú.
Fueron los que ayudaste a caminar a los demás.
Porque un peregrino no se mide solamente por la distancia que recorre.
También se mide por las huellas que deja en quienes encuentra.
Y tú dejaste muchas.
Demasiadas para poder contarlas.
Hoy, desde este pequeño rincón de los caminos contemporáneos, quiero confesarte algo que quizá llegue tarde:
me hubiera gustado entrevistarte.
Me hubiera gustado sentarme contigo, poner un micrófono delante y preguntarte qué habías encontrado después de tantos caminos.
Preguntarte si alguna vez te habías sentido verdaderamente solo.
Preguntarte qué diferencia había entre el peregrino que sale de Roncesvalles y el peregrino que llega a Compostela.
Preguntarte qué pensabas cuando veías pasar a los peregrinos delante de ti.
Y, sobre todo, preguntarte algo que ahora ya no puedo preguntarte:
¿por qué seguías caminando?
Pero quizá ya conozca la respuesta.
Porque hay personas que caminan para llegar.
Y hay otras que caminan porque el Camino ya forma parte de ellas.
Tú pertenecías a las segundas.
Ahora que ya no estás junto al Camino, imagino que habrás emprendido la última peregrinación.
Una peregrinación sin flechas amarillas.
Sin mojones.
Sin credenciales.
Sin kilómetros.
Una peregrinación en la que ya no hace falta preguntar cuánto falta para llegar.
Y quiero pensar que, en algún lugar al otro lado de este último camino, habrá un viejo hospital de peregrinos esperándote.
Quizá San Juan de Ortega esté encendiendo una lámpara.
Quizá Santo Domingo de la Calzada haya preparado un lugar para ti.
Quizá el Apóstol Santiago haya salido a tu encuentro.
Y quizá, al verte llegar con tu bordón y tu zurrón, alguien te haya preguntado:
—Marcelino, ¿de dónde vienes?
Y tú, después de tantos caminos, hayas podido responder:
—Vengo de todos ellos.
Hoy quiero despedirme de ti sin haberte conocido.
Es una paradoja extraña.
Pero así es también el Camino.
A veces encontramos a personas que no conocíamos y que terminan formando parte de nuestra memoria.
Y a veces llegamos tarde para estrecharles la mano.
Yo llegué tarde para conocerte.
Pero no demasiado tarde para darte las gracias.
Gracias por haber estado allí.
Gracias por haber esperado.
Gracias por haber acogido.
Gracias por haber recordado, con tu presencia, que el Camino de Santiago no pertenece a nadie y pertenece un poco a todos aquellos que lo aman.
Y gracias, sobre todo, por haber sido Marcelino Lobato, el Peregrino Pasante.
Ahora que has terminado tu camino, quizá seas tú quien espere.
Quizá seas tú quien esté sentado junto a una senda que nosotros todavía no conocemos.
Y cuando algún día nos toque pasar por allí, espero que levantes la mirada, reconozcas nuestras viejas botas de peregrino y nos digas, con aquella serenidad que imagino en ti:
«Buen Camino.»
Hasta entonces, Marcelino.
Ultreia et Suseia.
Que Santiago te acompañe.
Y que tu recuerdo permanezca para siempre en ese Camino que tanto amaste.
Descansa, peregrino.
Tu último camino ya ha terminado.
El nuestro continúa.
Raúl-Fernando Gómez Senderos Jacobeos

- Inicie sesión o regístrese para comentar
Cada vez está más vacío el Camino. Descansa en paz, Marcelino.
Buen Camino Querido Marcelino.
Se van seres que no tienen reemplazo posible ;.(
Una gran persona descanse en paz
DEP 🙌🙏
Buen Camino Marcelino. Nosotros seguiremos recordando tu amabilidad y tus palabras. DEP
Buen Camino! Descansa en Paz!