Etapa 13: Collepardo - Casamari | Al Loro

Distancia: 
24,9 km
Desnivel: 
614 m
900 m
Duración: 
6 h
Dificultad: 
3
Paisaje: 
3

La etapa resulta bastante exigente en algunos tramos, como la subida a la certosa de Trisulti, pero relativamente fácil en los que discurren sobre el asfalto, aunque sean de fuerte bajada.

Poco antes de Vernieri hay una trattoria, y en Santa Maria Amaseno un restaurante. Santa Francesca, 7 km antes de Casamari, cuenta con un par de tiendas de alimentación y bares. En Aia le Monache hay un café.

Por fortuna las fuentes abundan, tanto en el acceso a Trisulti como en la propia cartuja, y también en Civita, Vernieri o Santa Francesca.

La Iglesia católica es quien proporciona alojamiento a los peregrinos tanto en Santa Francesca, con un albergue parroquial de donativo, como por parte de los cistercienses en la abadía o las monjas de la misma orden en su residencia de Casamari, en este caso por una módica cantidad.

Los bosques caducifolios del Apennino, que nos ha acompañado desde el comienzo del Camino, siguen estando presentes en las grandes masas que se interponen, en los montes Ernici, entre Collepardo y el Valle Amaseno.

Las señales de la Vía Benedicta, una B sobre fondo rojo, se suman a la de San Benedetto. Todo queda en casa.

De Collepardo a Trisulti el camino es inviable para los ciclistas, sobre todo en el sector de la subida, muy empinada, larga y pedregosa. Se propone como alternativa una sinuosa carreterilla local. Otro pequeño sector resulta muy complicado en la aproximación a Civita, siendo necesario recurrir a la SP 224. Y otro tanto cabe señalar, por discurrir la ruta por sendas a través del bosque con peligrosa inclinación lateral, entre Civita y Vernieri. Las sendas emboscadas junto al río, entre Santa Francesca y Gaude, llenas de toboganes resbaladizos, piedras, charcos y raíces, pueden ser evitadas con pistas locales alternativas.

Santuario Madonna delle Cese. Justo antes de llegar a la cartuja, queda señalizada a la derecha la bajada a este curioso santuario rupestre (1,2 km). Quien se encuentre con fuerzas podrá descender al eremitorio, documentado desde el s. XIII, que se encaja en una cavidad o gruta de la montaña. Su origen se atribuye a la pintura realizada en la cueva por un ermitaño del s. VI.

No os perdáis el sello de la cartuja.

Es uno de los monumentos más interesantes de la ruta. Data del s. XIII y fue ampliada a lo largo del tiempo, datando gran parte de su estructura del s. XVIII. Nos sorprenden su botica, con colección de tarros y pinturas de estilo pompeyano, los jardines, la iglesia gótica renovada en el Barroco, el claustro y las restantes dependencias. La cartuja fue abandonada, pero ha sido rehabilitada y puede ser visitada a diario en horario de 10:00 a 13:30 y de 14:30 a 18:00, en temporada baja de forma continuada entre las 10:00 y las 16:00.

Hemos de tener prudencia al circular por el tramo de la SP 224, con bastantes curvas y en bajada, entre Vernieri y Santa Maria Amaseno.

El camino posterior a Santa Francesca puede ser complicado si llueve fuerte, ya que discurre al borde de un torrente que se cruza varias veces por puentes y vados. En caso de estar inundado se aconseja seguir la carretera por Case Ricci hasta Ciamè, que es la variante de ciclistas.

Peligroso de verdad resultan los 2 km entre Aia le Monache y Casamari. Se trata de una carretera con largas rectas, sin arcén y con bastante tráfico, una pesadilla interminable que no encaja en la filosofía de este Camino, por lo que urge buscar una solución. Un punto negro de libro.

Os alojéis o no en la abadía, en la portería os estamparán el bonito sello de la casa.

Aquí, en el municipio romano de Ceres, nació el general romano Caio Mario (157-86 a.C) que acabó dando nombre al lugar (Casa de Mario). Siete veces cónsul de la República, fue enemigo de Sila durante la Guerra Civil y acabó conquistando Roma y ejerciendo el terror.

Si la cartuja nos sedujo, la Abadía de Casamari, con su comunidad bernarda masculina, se presenta como un edificio medieval, en los albores del gótico, de primer orden. Levantado a comienzos del s. XIII, su iglesia de tres naves, el claustro, la sala capitular o el refectorio nos evocan, por su pureza de líneas, los grandes monasterios franceses del Císter.