Viana do Castelo, la joya del Camino Portugués de la Costa: 10 visitas imprescindibles
En nuestro viaje por las ciudades del Camino llegamos hoy a una de las más encantadoras, un lugar que no deja indiferente a ningún peregrino. Hablamos de Viana do Castelo, la antigua Viana da Foz do Lima, capital de uno de los dos distritos del Minho y fin de etapa habitual en el Camino Portugués de la Costa con origen en Porto. Dado su pequeño tamaño, pues en el casco urbano solo tiene 42.000 habitantes (87.000 en el municipio), resulta idónea para recorrerla a pie, ofreciendo una serie de recursos interesantes en los que nos vamos a detener.
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1. La llegada, por un puente made in Eiffel.
Llegamos a la ciudad por este puente, que definitivamente acabó con la barquería que funcionaba desde Darque, en la otra orilla, y jubiló el inestable puente de madera. Desde lo alto no percibimos su magnitud, por lo que con más calma conviene contemplar el viaducto a ras de tierra, situado en la ribera. De este modo admiramos mejor este gran ejemplo de la arquitectura del hierro, diseñado por la Casa Eiffel e inaugurado en 1878 con sus 645 m de longitud. La caja consta de doble tablero: el inferior para el ferrocarril, el superior para peatones y vehículos. El modelo sería replicado, unos años después, en el puente internacional de Tui.
Atención, amantes de la fotografía: el atardecer realza, especialmente, la estructura de entramados, con apariencia de celosías, de la caja.
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2. La Sé, obligado referente para el peregrino.
Su fachada gótica de fines del s. XV, con las dos torres almenadas, y esa portada arcaizante en la que aparece un rechoncho y simpático Santiago Peregrino, siempre nos ha parecido de cuento. Sin embargo el interior, afectado por un gran incendio en 1809 que destruyó sus cubiertas, decepciona, pues la arquitectura original se encuentra oculta por capas y elementos decorativos barrocos.
Aquí es preceptivo sellar la credencial.
3. Un casco antiguo medieval impecable.
Nos seduce, en primer lugar, esa trama de calles estrechas, de fuerte sabor gremial, dispuestas en paralelo al río y atravesadas por otras perpendiculares que van creando un damero bastante regular. La mayoría de estas rúas son peatonales, y con sus edificios de escasa altura mantienen el encanto de las viejas villas marineras lusas. Se conservan algunos edificios, o elementos, medievales y del primer Renacimiento, entre ellos varias fachadas manuelinas con sus características puertas y ventanas (Casa dos Costa Barros, Casa dos Melo Alvim, Palácio dos Távoras). También edificios posteriores, entre ellos algunos manieristas y barrocos tan singulares como la Casa Malheiro Reimão (1757), con su ostentosa capilla rococó generando una escenografía digna de una plaza romana.
Recomendamos visitar el edificio gótico del Hospital Velho (Praça da Erva), pues además de recordarnos la acogida de peregrinos en el Medievo, acoge un Centro de Interpretación sobre nuestro itinerario. Otros museos relevantes son el de Artes Decorativas, instalado en un palacio dieciochesco, el del Traje, destinado a mostrar el rico patrimonio de vestidos y joyas (entre ellas los corazones vianeses) del Alto Minho, o el del Chocolate, que ocupa parte de una fábrica chocolatera ahora convertida en hotel.
4. Aires italianos en la Praça da República.
Si en un veloz viaje nocturno fuésemos trasladados, con una venda en los ojos, hasta la vianesa Praça da República, y allí liberados, de no conocer el lugar creeríamos haber llegado a alguna ciudad del norte de Italia. Los edificios que allí se disponen, medievales y renacentistas, parecen salidos de un decorado del siglo XVI, con ese diálogo que en ángulo establecen el viejo consistorio y la Misericórdia, aunque el elegante chafariz de dos tazas si es cien por cien portugués.
Los Antigos Paços do Concelho, de principios del s. XVI, en su soportal todavía se mantienen fieles al gótico, con esos arcos apuntados que imprimen carácter, aunque el primer piso y el remate, con las características almenas manuelinas replicando las de la Torre de Belém, ya se dejan guiar por el Renacimiento.
Pero si un edificio llama poderosamente la atención ese es el de la Misericórdia (1589), que fue hospital, portento del diseño renacentista, que parece salido de un grabado para inspiración de arquitectos, en el que se combinan columnas jónicas y torsos humanos en forma de estípite.
En cuanto a la fuente o chafariz, es obra del cantero João Lopes o Velho (1554), también autor de las que luego veremos en Caminha y Pontevedra. El resto de la plaza, siempre decorada con flores, es un compendio de armónicos edificios de las edades Moderna y Contemporánea, entre ellos la iglesia de la Misericórdia (s. XVIII) y otros de viviendas de los ss. XIX y XX.
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5. Alamedas y jardines a la orilla del río Lima.
Si os gustan los jardines urbanos con sus parterres floridos, siguiendo el curso final del río Lima, desde el puente Eiffel junto al puerto deportivo, disfrutaréis tanto de la alameda decimonónica como del Jardim da Marina. En la primera se alza el monumento alegórico de Viana (1774): una matrona coronada sostiene en su mano una carabela, referida a la vocación mercantil y marinera de la ciudad, con bustos alusivos a cuatro continentes en su pedestal.
Tras los jardines, donde concluye la Av. dos Combatentes da Grande Guerra se abre al río la Praça da Liberdade. Acoge un buen repertorio de arquitectura contemporánea firmada por autores de prestigio de la Escola do Porto: la propia ágora, presidida por el simbólico monumento al 25 de Abril (una gran puerta con cadenas rotas a sus pies, obra de José Rodrigues en 1999), fue concebida por Fernando Távora, el Centro Cultural por Souto de Moura y la Biblioteca Municipal por Siza Vieira. ¡Tres de los grandes!
6. El barco-museo de la Fundación Gil Eannes.
Pocos se resisten, en el puerto comercial de Viana, a la visita del navío Gil Eannes. Aunque desarrolló otros cometidos, en su origen se trataba de un barco-hospital, botado en los astilleros vianeses en 1955, que prestó servicio de apoyo a la flota bacaladera de Terranova y Groenlandia. Una fundación, con el apoyo de la ciudadanía, lo salvó del desguace en 1998, convirtiéndolo en un centro cultural que incluso funcionó, durante una temporada, como albergue. El buque es grande, y nos invita a sumergirnos, valga el calificativo (no es literal), en su historia.
7. El forte de Santiago da Barra.
Aunque solo sea por estar dedicado a nuestro apóstol, nos dirigimos a esta gran fortaleza, situada en la boca de la desembocadura del Lima (barra arenosa). Ya existía a finales del Medievo (resta la Torre da Roqueta, que jugó un papel similar a la lisboeta Torre de Belém), pero fue casi totalmente reedificado a finales del s. XVI por Filipe I de Portugal (Felipe II de España). La planta poligonal, y los baluartes triangulares esquineros, responden a la arquitectura militar de la época, concebida para resistir lo mejor posible los cañonazos. Su autor fue Filippo Terzi, arquitecto e ingeniero italiano que en nada desmerece de Vauban, en Francia elevado a los altares. Actualmente acoge la escuela universitaria de Turismo; el paiol (polvorín) y la capilla de Santiago se destinan a exposiciones.
8. São Domingos y la Senhora da Agonía.
Muy rápido destacamos dos grandes templos dignos de visita. Precedido por la gran escultura de Frei Bartolomé de los Mártires, santo que tras ocupar la mitra de Braga regresó humildemente a este, su convento de la Santa Cruz Viana, acompañado de un pollino, es la iglesia de São Domingos. Concluida en 1576, se trata de un vasto edificio con fachada Renacentista y altares barrocos de notable calidad.
En cuanto al santuario da Agonía, de gran devoción entre los marineros, es un edificio del s. XVIII que se convierte en el principal foco de las grandes fiestas celebradas en honor de la Virgen, elevada a patrona de la ciudad, en torno al 20 de agosto. Quien llegue a Viana en estas fechas quizá tenga la fortuna de poder contemplar uno de los mayores cortejos históricos y etnográficos, con más de 3.000 participantes, del país.
9. Cafés, pastelerías y dulces típicos.
Dicen que Viana es una de las ciudades portuguesas más recomendables para endulzar el paladar. Entre sus especialidades ahí están algunos pasteles como los manjericos, sidonios, fidalguinhos, sonhos, jesuitas, lenços y tortas de Viana o pastéis de Santa Luzia. Algunas de las pastelerías reputadas, en pleno centro, son Zé Natário, Manuel Natário (fundada por el hermano del anterior) o Picotinha, todas con sus cafés. Otros lugares recomendables, siempre bajo el modelo de café-pastelería propio del país, en el que también ofrecen comidas, son Dantas&Irmãos, A Brasileira, Café Sport y, cerca del albergue de peregrinos, la Pastelaria da Saudade o la Confeitaria Flôr.
10. Y como colofón, en elevador al Santuario de Santa Luzia.
Un ritual peregrino, que se desarrolla al atardecer preludiando el que se repetirá en el Cabo Fisterra, ya forma parte de los imprescindibles de este Camino. Consiste en acercarse al Elevador de Santa Luzia, funicular de 1923 que recorre 650 m para ascender al monte del mismo nombre. Allí, tras visitar el monumental e icónico santuario (Ventura Terra, 1904-1959), inspirado en el parisino Sacré Coeur y con idéntica advocación (es posible ascender a su cúpula por escaleras o ascensor), en un estilo neomedieval y provisto de enormes rosetones, podemos dar un paseo por los cuidados jardines que lo rodean en espera del momento más esperado de la jornada.
Y este no es otro que la contemplación de la puesta de sol, desde tan privilegiado belvedere con la ciudad y la foz del Lima a nuestros pies, sobre el Atlántico. Si todavía funciona el funicular, se puede bajar utilizándolo, o bien utilizar una escalinata de piedra y senderos a través del monte; no obstante, dada la presencia de un albergue y una pousada (Ventura Terra, 1921) en la cumbre, habrá quien se quede ya en ella hasta el día siguiente.
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