El verano: ¿estación maldita para el peregrinaje jacobeo?
Adelantando una conclusión global a la pregunta expresada en el titular, nos gustaría ser optimistas, pero nos tememos que una serie de acontecimientos, concatenados y en parte relacionados entre ellos, están generando una alarma, en el mundo peregrino, y turigrino, que va a ser difícil de apaciguar.
Resumiendo mucho, en 2025 hemos vivido en grado extremo las consecuencias de una mala planificación en varios campos. En primer lugar está el imparable proceso del calentamiento global; los negacionistas pueden decir misa, pero cualquiera es consciente de que las olas de calor son cada vez más intensas, prolongadas e incluso tempranas (¡40º en mayo!), con los inconvenientes que ello tiene para la salud, en primer lugar, y para quien desarrolle cualquier tipo de ejercicio físico al aire libre, pero también para los modos de vida, la agricultura, el paisaje y, desde luego, para el turismo.
La masificación, de la que nos reíamos hace un tiempo, es ahora otro calvario para quienes la padecen, huelga señalar por qué motivos. A nadie le gusta ser carne de cañón, ni el tonto del bote, que ha de esperar largos turnos y pelear con otros gatos por la comida cada día, es un decir. Que ciertos caminos ya están abarrotados, al menos en la percepción que se tiene de ellos, es un hecho vox populi difundido y asumido para el verano, especialmente en los tramos gallegos de los más concurridos. Para más inri, tras varios años con conatos de turismofobia concentrados en Santiago, estos se van extendiendo por el resto de Galicia, y un artículo de 20 Minutos se volvió viral el año pasado, precisamente en agosto, al definir el nuevo perfil del usuario del Camino: deportista, fiestero, grupal, de agencia, sin motivación espiritual de ningún tipo, sin mochila, que recorre tramos cucos de alguna etapa, camina poco, no respeta horarios y, en suma, carece por completo de los valores clásicos de un peregrino. Otro desprestigio para quienes pretendan llegar al Camino y convivir con esta fauna estival.
Un tercer factor a tener en cuenta es la generalización de los precios dinámicos, esto es, esa política tan capitalista de aplicar subidas a los servicios cuando la demanda es mayor, y rebajarlos cuando disminuye. Y en verano, amigos, sobre todo en agosto, los precios se están disparando una auténtica barbaridad. Sirva el dato, ofrecido por los analistas turísticos, de que desde la pandemia, en tan solo cuatro años y medio y sin contar lo que está ocurriendo en 2026, los precios de los alojamientos turísticos se han incrementado en España alrededor de un 50% de media. Este subidón, en el que la inflación tan sólo tiene una parte de la culpa —el resto, suponemos, responde “a la justa ambición del sector”—, está convirtiendo a España en un destino cada vez menos competitivo y, como consecuencia, menos atractivo.
En el plano general del turismo, a propósito de lo expuesto ya se han encendido las alarmas por el posible desvío de viajeros hacia destinos que suponen una competencia directa, entre ellos y por tener también costa y playas, Turquía, Marruecos, Túnez, Croacia, Montenegro, Albania…, aunque la guerra en Oriente Medio ha frenado la dinámica. Sin embargo, cuando nos centramos en el nicho del turismo cultural, en el que se inscriben buena parte de los usuarios del Camino de Santiago, aquí aparecen nuestros vecinos: Portugal (que ya está dando una buena muestra de ello con el aprovechamiento de sus rutas jacobeas desde Porto, por ahora con meta en Compostela todavía, nos queda la mitad de la tarta), pero también, como ya hemos expresado, Francia o Italia, que poseen paisajes más verdes y cuidados, y pueblos, por lo general, mejor conservados que los nuestros.
Francia e Italia, hace unos años mucho más caras que España en todos los aspectos, a día de hoy ya se han casi equiparado en precios en muchos campos, incluidos alojamiento, restauración y, aún a cierta distancia, la adquisición de alimentos. Además, ambos países tienen un patrimonio cultural impresionante y bien gestionado, equiparable al nuestro, y sus rutas de peregrinación más o menos organizadas, y más fieles al espíritu del senderismo que al modelo accesible de la apisonadora, propio del turismo de masas. Lo hemos podido comprobar al hacer el Camino de Le Puy, con sus paisajes y localidades preciosos, que hace cuatro años tan solo resultaba un 25% más caro que realizar alguna de las vías en España (también allí hay albergues de donativo responsable); el año pasado en Italia, donde en el Camino de San Benedetto, y valdría también hablar de la Vía Francígena o del Camino de San Francesco, completar el recorrido cuesta más o menos lo mismo ya que en España, aunque es cierto que la oferta es mucho menor por la también más escasa concurrencia de peregrinos; este año hemos sentido lo mismo, los márgenes se acortan, de nuevo en Francia a través de la Vía Gebennensis.
Hasta países que resultaban realmente caros, como Austria, se han ido equiparando, en realidad nosotros a ellos, según hemos podido comprobar en persona el pasado mes de julio en Viena. ¡Viena!, ¿quién nos lo iba a decir?, al mismo precio de Madrid o Barcelona, ¿a dónde vamos a parar? Incluso Japón, hecha la salvedad de la distancia, se ha puesto a tiro, por buen precio, gracias a su prolongada crisis económica, y allí hay caminos de peregrinación como los de Shikoku o Kumano.
Los estudiosos del turismo han constatado que los precios no han hecho renunciar, a las clases medias, a los viajes, pero sí propiciado una reducción en el tiempo de la estancia, el aumento del alquiler o compra de caravanas y la renuncia a gastar tanto en comidas de restaurantes y ocio.
El turismo es una actividad económica que, al estar regida por las modas, se ve sometida a grandes fluctuaciones. Cierto que en España sigue la apuesta por lo cuantitativo, lo mismo que ocurre a pequeña escala en el Camino de Santiago, y que en 2026 es posible que vuelvan a romperse las barreras, alcanzando los 100 millones de turistas y superando con creces el medio millón de peregrinos, y también el gasto per cápita diario. Pero ya se apuntan factores que inciden en la ralentización, acompañados de una campaña para desprestigiar ciertos destinos, porque en esto del turismo cada vez hay más, también, turbopatriotas.
Los mercados emisores principales del turismo español siguen siendo el Reino Unido, y a distancia Alemania, donde la economía se está estancando, seguidos de Francia, los Países Nórdicos e Italia. En el Camino las cosas son diferentes, pues aquí el flujo de estadounidenses ha resultado una bendición, aunque el dólar está débil, y el futuro es incierto si la inestabilidad mundial se incrementa. Luego venían los italianos, un país que está dando alarmantes muestras de estancamiento (una película cómica de éxito parece que podría salvarnos), y los alemanes; sus sustitutos están siendo nuestros vecinos los portugueses, sobre todo en estancias de corto recorrido, pero también ingleses, irlandeses, australianos o canadienses. Francia, por cierto, sigue de capa caída, ya lo comentaremos en un artículo monográfico, toda una desafección por parte de quienes, en su día, fueron precursores.
En el Camino Francés, que siempre calificamos de laboratorio aventajado, se percibe con claridad esta coyuntura. Los cierres, y carteles de se vende o se traspasa, son frecuentes en los negocios destinados a peregrinos entre el Pirineo y la entrada a Galicia, el hecho de la sobreoferta es claro, y en estos momentos tenemos un Camino a dos velocidades: hasta Sarria, y de Sarria a Compostela. Todos los crecimientos se producen en el segundo tramo, el de los 100 km, distorsionado por una lectura errónea e interesada de lo que supone hacer el Camino, mientras que en el primero se viven el estancamiento o el retroceso, especialmente en la Meseta, aunque también una especie de purificación, esto es, la reperegrinización, valga la palabra inventada, de una ruta que había sucumbido al turismo.
Pero volvamos al verano, y a ese agosto que es el tiempo de los parias, los pobres empleados que tienen sí o sí que coger las vacaciones en el mes de las multitudes y los sablazos, los desgraciados que tenemos hijos en edad escolar y también nos vemos obligados a lo mismo, todos los sometidos a un sistema laboral y productivo, solo atento a aumentar los beneficios, al que le importa un carajo la desestacionalización turística, y en agosto, salvo para la hostelería, no es un buen negocio producir cuando casi todo cierra. Concentrar las vacaciones en agosto supone, desde luego, pagar un sobrecoste para quien quiera salir de casa, un incremento que puede oscilar entre el 30 y el 50% según dónde y cómo.
La masificación es un factor desmotivador, porque sentirse parte de un rebaño, que colapsa los caminos y los servicios, no suele ser del agrado de nadie. Implica una peor atención en bares y restaurantes, en otros servicios culturales y de ocio que se deseen utilizar, colas como las de 1 hora en agosto para acceder a la catedral de Santiago, o directamente toparse con numerus clausus y la imposibilidad de visitar determinados lugares.
A lo anterior, por si no fuera bastante, hay que añadir otros problemas como los climáticos. La sequedad estival rebaja el atractivo de algunos paisajes cerealistas y de muchas zonas meridionales. Los incendios, que pueden alcanzar una gran virulencia, cortando incluso puntualmente el paso como ha ocurrido en 2025, enrarecen el aire de toxicidad y destrozan por años el medio. La exposición prolongada a los rayos UVA y UVB, la deshidratación y los golpes de calor pueden suponer un grave problema para la salud. Las noticias corren, y la imagen estival de España está cada día más tocada.
La moda y las tendencias afectan al Camino, que ya no es patrimonio de fervientes peregrinos fidelizados, sino del turismo deportivo, cultural, de retos, de voy a donde están todos, donde dicen los influencers, pero todos estos, flacos de motivaciones, serán los primeros en desertar a la mínima que se tuerza.
En vista de lo comentado, ¿qué va a ocurrir con el Camino, o mejor dicho, con los caminos de Santiago, a medio plazo en verano?
Parece que habrá reajustes, en el Camino Francés ya lo estamos experimentando entre el Pirineo y Sarria, y con mayor intensidad en la Meseta. Otros caminos muy afectados por el calentamiento global, y por los incendios, sufrirán el mismo proceso ahora que estaban repuntando numéricamente: nos referimos a la Vía de la Plata, el Camino Sanabrés o el Camino del Sil (este, gracias a los iluminados que le pusieron este título y a los que lo aceptaron sin reparos, sigue siendo de Invierno, literal para muchos, y por eso no vienen en verano), que han sido los más afectados por los enormes incendios de 2025, circunstancia que les ha restado parte del encanto (el viajero solidario y comprometido, que existe, es siempre minoritario).
Los caminos septentrionales continuarán constituyendo un refugio climático, como lo es la España Verde durante el verano, y se augura buena evolución para los caminos Inglés y Primitivo, pero no tanto para el Camino Norte, el único en el que no se ha vivido la fiebre del oro de los 100 km, por su capacidad de acogida y el modelo de alojamiento estival, tirando a caro, que ofrece en buena parte de su trazado.
¿Y los caminos portugueses? Pues seguirán estando favorecidos por las conexiones internacionales, que se multiplican en verano, del aeropuerto de Porto, con una oferta notable de bajo coste. Portugal aún es competitivo, el mar y las playas tienen tirón (refresco asegurado si las temperaturas son elevadas) y lo de atravesar dos países mola, aunque los grandes crecimientos del Camino Portugués de la Costa ya se estén frenando. En cualquier caso, sumados Central y Costa, el sorpasso al Francés está al caer.
Lema darwiniano: solo el que se adapta sobrevive. Y nos atrevemos a introducir una distopía, que no lo es tanto teniendo en cuenta que ya algunas asociaciones con albergues han comenzado a apuntar el tema, y es que al igual que sucede en invierno con los albergues privados, que por falta de rentabilidad cierran y punto, vacaciones merecidas, nada que objetar, los albergues de asociaciones, y quizá algunos de los de donativo responsable, podrían acabar cerrando en agosto, ¿Un disparate? Pues no tanto si tenemos en cuenta el perfil del personal con el que hay que lidiar en la época estival, en gran medida totalmente desprovisto, sobre todo en proximidad a la meta, de los valores propios de un peregrino. Porque, espetan muchos, para prestar un servicio a turistas de bajo coste, que trabaje su tía de voluntaria. Por lo tanto, no lo desechemos, el debate está sobre la mesa y algunos ya han arrojado la toalla, léase la asociación de Gipuzkoa.
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