Una historia de amor en el Camino de Santiago
De las muchas historias de amor que cada día, con cierto sigilo, florecen en el Camino, la que hoy os relatamos siempre nos ha parecido una de las más luminosas. Los dados del destino habían logrado un pleno con la parejita, ambos eran altos, bellos, dinámicos, resolutivos y estaban cargados de energía, nada podía fallar. Quienes actuábamos como espectadores nos limitábamos a refrendar, no sin cierta envidia, lo que contemplábamos tan palmariamente: una depurada alegoría de la felicidad.
Al poco de haberse conocido, la propia ruta funcionó como un trampolín para planificar un futuro juntos. Los ritmos densos de la peregrinación, con su irresistible aroma a eternidad, los llevaron por una calle bastante transitada y tópica, resulta evidente, pero con toda la lógica del agradecimiento: quemarían sus naves y partirían de cero, montando juntos un albergue del Camino.
Cada año visitaba aquel albergue, una vetusta y bastante lúgubre mansión, de diseño laberíntico y espacios inmensos, que insuflada de magia había renacido de un secular abandono. Ella había traído de su país objetos decorativos y utensilios que habían llenado de colorido y alegría las hasta entonces mortecinas estancias. Él preparaba cada tarde, al modo de un ritual para la cena comunitaria, el plato estrella de su tierra, celebrado con admiración por los peregrinos.
En una ocasión regresamos al albergue, de paso hacia un fin de etapa, únicamente para saludar a los agraciados, y entonces nos topamos con una sorpresa descomunal. En la puerta había sido clavado un cartel con una rotunda e implacable declaración: ¡SE VENDE!
Convencido de que aquella historia no podía concluir de aquel modo tan chabacano, golpeamos la aldaba para averiguar, la curiosidad nos acosaba, qué rayos había sucedido. Durante la espera, un torbellino de relatos piadosos se agolparon en nuestra mente: posiblemente, pensamos, se habrán cansado del arduo trabajo en su día idealizado, a todos les ocurre, de atender durante tan larga temporada a los peregrinos (no nos extraña, es comprensible); o, tal vez, han tenido un retoño, claro, eso es, y no desean que permanezca desasistido, mirando cómo corren de aquí para allá sus padres, acelerados en busca o no del Dorado, a causa del trajín cotidiano de limpieza, comidas, actividades, intendencia…, ¡pobre criatura!; aunque lo más posible es que, juntos, simplemente hayan decidido cambiar de nido, bien en el exótico continente de ella, bien al borde del mar radiante de él, o hacia un nuevo destino que a ambos les plazca, también es plausible.
Pero entonces, tras una espera que se hizo más larga que los 300 años del abad Virila escuchando al pajarillo, la eternidad siempre presente en el Camino, de forma abrupta todas nuestras elucubraciones se desvanecieron como engullidas por un agujero negro. Él abrió por fin la puerta y, sin mediar palabra, en sus ojos acuosos percibimos la profunda huella de la melancolía.
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