Roderosky: “Cuando voy al Camino me siento totalmente libre”
Ángel Rodero (Medina del Campo, 1958) es uno de los veteranos de la ruta jacobea. Recorre todo camino homologado que se le pone a tiro, con tal dedicación a la causa que ya ni siquiera recuerda los itinerarios completados, si bien la memoria próxima aún le permite sumar los últimos: en el año en curso 7, en 2024, ¡casi nada!, 10, y en 2023, ¡toma ya!, otros 10. Sólo en tres años 27 caminos, no todos hasta Compostela, cierto, pues algunos son variantes, enlaces y similares, pero, como gritan en las subastas, ¿alguien da más?
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Visto lo visto, y después de habernos conocido en persona cruzando el Miño desde Caminha este mismo invierno —algún día tenía que tocar, las probabilidades, como se puede comprobar, eran altas—, nos desplazamos a Medina del Campo para hablar en persona mientras nos invita a un copioso desayuno con auténtico pan de pueblo. La primera pregunta resulta casi obligada:
¿Cómo diablos uno acaba colgándose de tal modo del Camino?, ¿tan fuerte fue la primera vez?
Pues no te creas, de hecho todo comenzó por casualidad. Había oído hablar del Camino, y en 2005 me apunté a hacerlo con mi hermano. Cuando digo el Camino —se ríe—, te hablo de Sarria-Santiago, bueno, lo que hacía todo el mundo. Nos fuimos allá sin información, con mochilas más de hippies que de senderismo. Yo llevaba una enorme, más bien para caminar por Alaska o algo así. Nos montamos en un tren nocturno a Sarria, y al bajar el ferroviario, que nos debió ver un poco despistados, nos preguntó si llevábamos credenciales. ¿Y eso qué es? —le respondimos con naturalidad, estábamos en la inopia—. Entonces nos condujo a la taquilla de la estación, y allí nos dieron unas credenciales bien raras, impresas por el Convento da Madalena. Nunca habíamos caminado, y tras los primeros pasos ya estábamos reventados, tanto es así que nos fuimos a Correos, para mandar el 50% del peso de vuelta a casa, y a una tienda para comprar mochilas nuevas. Ya ves, soy un peregrino de vocación tardía.
Hicimos tal cual todas las etapas clásicas, y al llegar a Santiago mi hermano, que no es nada religioso, contó una mentirijilla para que le diesen la Compostela. En la misma ciudad cambié otra vez de mochila, la de Sarria estaba llena de barro.
Bueno, me has relatado la historia del novato arquetípico. Pero de ahí dar el salto…
Pues no te lo vas a creer, pero el gusanillo me entró bien fuerte. Me había gustado tanto la experiencia, aunque corta, que dos meses después del Sarria-Santiago, el mismo año, ya estaba en Saint-Jean-Pied-de-Port: otra vez a Santiago, pero ahora un mes caminando. Y después de este vinieron más, ya seguidos, ¡cinco veces el Camino Francés desde el Pirineo!; de tanto repetirlo ya me iban conociendo, e iba haciendo amigos.
Mi trabajo, como bombero, me permitió sumar días libres, o cambiados con compañeros, para disponer de períodos largos para hacer el Camino. Eso sí, a cambio en verano me tocó siempre achantar, enterito de guardia todos los años.
Entonces ya entendemos cómo empezó todo, lo que no nos has todavía contado es cómo decidiste salirte del Camino Francés.
También lo hice de manual. Primero el Francés, ¿y luego cuál?: pues el Norte. En 2011 me fui a Irún, y reconozco que supuso el enganche definitivo. Me encantó el trazado, el paisaje, la montaña, el verde, hice grandes amistades, y físicamente me sentí mucho mejor. Continué en esa ocasión por Oviedo y el Camino Primitivo.
¿Y desde cuándo la pasión por las redes, porque sabemos que Roderosky, en Facebook, tiene un montón de seguidores?
Jajaja —se parte, Ángel no para de reírse al hablar del pasado, como si su vida fuese una película tirando a cómica—, eso de Roderosky viene de los tiempos de estudiante, porque era muy rojeras y me habían puesto ese mote. Sí, en efecto, primero comencé colgando fotos y más fotos de mis rutas en el grupo Camino de Santiago, y luego en mi cuenta, ahora tengo 4.997 seguidores.
Hablamos de caminos, muchos, desde luego, pero ¿qué contar de la meta?
Mira, si te digo la verdad, mi objetivo nunca ha sido llegar a Santiago, sino caminar, y experimentar cuando me enteraba de que habían señalizado un nuevo itinerario. Y en vez de cansarme, cada vez me gusta más recorrerlos, algo que hago con más asiduidad desde que me jubilé, en 2018. Hablo siempre de caminos enteros. Los clásicos ya los he hecho todos, algunos varias veces, y también otros largos como el de Torres desde Salamanca, e incluso algunos que todavía no tenían albergues, como el Zamorano-Portugués. Últimamente tengo predilección por los caminos del sur, que además son los más largos.
Los caminos meridionales, salvo desde Sevilla por la Vía de la Plata, son bastante minoritarios y duros, te habrás sentido un poco solo.
La soledad es mi principal valor, por eso mis caminos preferidos son los menos concurridos: el de la Lana en primer lugar, los del Sureste y Levante después, y a continuación el Mozárabe. Sobre este último, tras recomendármelo un hospitalero de Mérida ya me faltó tiempo para ir; desde entonces lo he hecho varias veces desde diferentes ramales, y también la variante que de Córdoba va por Trujillo.
Precisamente el último camino que recorrí este año fue el de la Frontera, de Olvera por sierra Morena, hasta los Santos de Maimona. Me costó un pastizal, no por duro, sino porque no había casi alojamientos, solo pensiones y casas rurales, y hubo días en que algún vecino me tuvo que llevar hacia atrás en coche, porque no había donde dormir. Los caminos minoritarios, que a veces están cerrados y son selváticos, suelen resultar caros, aunque la ley de compensación también te pone en contacto con gente encantadora, promotores de la ruta que atienden con entusiasmo pequeños albergues, y otras veces ya sabes: naves, polideportivos, guarderías, casas de los párrocos…
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Me imagino que tu anecdotario puede dar, más que para un artículo, para uno o varios libros. Seguro que también lo pasaste mal en algún momento.
Claro, y lo peor fue el encuentro con los canes. En el Camino de Levante lo pasé muy mal, llegué a temer por mi vida, antes de subir a Cebreros (Ávila). Me salieron tres perros fieros de una nave, y me quedé bloqueado con mi bordón de avellano, al que llamo La Gregoria, mirándolos. Fueron 10 minutos, clavado y rodeado entre ladridos y la amenaza de que saltaran a morderme en cualquier momento y por tres sitios diferentes, imposible pararlos a todos, hasta que por fin el dueño silbó de repente; fue como resucitar.
Los mastines también me salieron al encuentro en otras rutas, como la Zamorano-Portuguesa, pero con esos perros sé manejarme mejor.
Otra locura fue el Camino del Sureste, ya que salí de Benidorm un 28 de agosto, y pese a las altísimas temperaturas me dejé llevar por el optimismo, pues tenía bastante agua, pero pronto se puso a hervir y era imposible beberla. Al no haber ni fuentes, ni sombra, ni casas, ni vecinos, me salvó que comenzaba la vendimia, y los trabajadores de una viña me proporcionaron agua fresca.
También me perdí alguna que otra vez, pues en los primeros caminos no usaba gps ni tracks ni nada de nada, así en el Olvidado, en el de Invierno saliendo de Puente de Domingo Flórez —me costó hacer 50 y tantos km ese día—, o, a través de un mar de olivos, en el Mozárabe, donde pasé horas dando vueltas pesadamente en el barro rojo. Pero al final siempre aparece una flecha amarilla que te salva, y ahora ya no salgo sin el Wikiloc. Sin embargo, reconozco que los caminos fáciles no me hacen gracia, me atrae la aventura.
Entre los fáciles se nos ocurre alguno. ¿Te ha decepcionado alguna ruta?
El que no me gustó fue el Inglés, me pareció insulso salvo por el atractivo de Betanzos.
Hablas de caminos en España y Portugal, ¿no piensas alejarte un poco?; en la Federación siempre hablan de tropecientos miles de kilómetros señalizados por toda Europa.
Fuera de la península ibérica, por ahora solo he hecho el de Le Puy, en Francia, pero creo que en 2026 me animaré con Italia. Un reto pendiente es hacer Roma-Santiago, aunque me frena que sea más bien religioso, pero si quiero hacerlo tendré que adaptarme, como un camaleón, para acogerme en la red parroquial de la que me han hablado.
Ya has apuntado la importancia que le otorgas a la soledad, pero seguro que reconoces otros valores del Camino.
Siempre suelo ir solo, aunque a veces, como cuando nos encontramos en el Camino Portugués de la Costa, hago quedadas jacobeas con amigos. Pero por encima de la soledad, el principal valor es la sensación de libertad que te da el Camino, eso no se vive en ningún otro sitio. El Camino, además, es el mejor doctor que hay, lo cura todo.
Si algún día, Ángel, no pudieses seguir con este trepidante ritmo caminero, ¿a qué te agarrarías?
Pues —sin dudar ni un segundo responde franco— me haría hospitalero, aunque ya me avisan de que el trabajo en los albergues es intenso. Por Medina pasan los caminos del SE y Levante, pero no puedo practicar mucho, porque no hay albergue, acogen los PP. Carmelitas. Sin embargo, cuando me encuentro un peregrino lo invito a desayunar, ayudándole en lo que pueda, y a veces sigo con él un tramo de la etapa.
Mi vida ahora es como la de los ciclistas. Hago la pretemporada de entrenamiento en altura en Tenerife, enero y febrero, y por supuesto sus caminos isleños. Luego comienza la temporada, ya sabes, las clásicas, los monumentos, las pequeñas vueltas y luego el Giro, el Tour o la Vuelta, ¡como Pogacar!
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