¿Quién es el verdadero peregrino?
Un día sí, y otro también, surge esta pregunta a la hora de hablar de las cifras del Camino de Santiago, que el mismísimo papa Francisco ha puesto en entredicho. Resulta muy cómodo identificar a los peregrinos, a efectos estadísticos, con aquellos que llegan a Santiago y reciben la Compostela, pero todos sabemos que en ese cómputo ni son todos los que están, ni están todos los que son. Por otra parte, desde el mundo del Turismo, cuya visión académica pretende imponerse sin miramientos a la de las restantes disciplinas, no cejan en clasificar a los peregrinos —dado que en su jerga eso es palabra de dios— como turistas, pues viajan y pernoctan fuera de casa, ¡punto pelota!
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En ciertos debates más próximos al sainete, como los que tuvieron lugar en el último Fairway al respecto, cierto representante de la administración hacía una contrapregunta a quienes utilizaban la expresión turigrino: -¿Se puede saber quiénes sois vosotros —el vosotros dedicado a todos los que le llevaban la contraria, entendidos como oposición— para decir quiénes son o dejan de ser peregrinos? Porque ser peregrino es un sentimiento interior, y solo cada uno sabe si lo es o no.
Pues bien, ante este maremágnum de opiniones, y decimos opiniones porque las más de las veces no están sustentadas nada más que en impresiones, y por lo tanto carentes del más mínimo argumentario y rigor científico, creemos conveniente apuntalar la figura del peregrino, y para ello es preciso fijar el significado del término.
El diccionario de la RAE, un tanto necesitado de aggiornamento en lo que atañe a la indumentaria (se han quedado en el s. XIX), dice lo siguiente:
Peregrino, na
Del peregrinus.
1. adj. Dicho de una persona: Que anda por tierras extrañas.
Sin.: caminante, viajero.
2. adj. Dicho de una persona: Que por devoción o por voto va a visitar un santuario, especialmente si lleva el bordón y la esclavina.
Sin.: penitente, romero, romeriante.
Tampoco está muy adaptado a la realidad presente el diccionario de María Moliner, que propone esta definición:
Peregrino
4 adj. y, gralm., n. Se aplica a la persona que, por devoción, va a visitar un lugar santo, a veces pidiendo limosna por el camino: "Los peregrinos de Compostela".
¿Y en cuanto a la IA, que suele ofrecer compendios muy atinados, siempre a la última aunque se suela perder en lo concreto, veamos lo que nos cuenta en ChatGPT?
Peregrino
Un peregrino es una persona que realiza un viaje largo, generalmente por motivos religiosos, hacia un lugar considerado sagrado. La palabra tiene su origen en el latín peregrinus, que significa "extranjero" o "viajero". Aunque en sus orígenes se usaba principalmente para referirse a los que iban en peregrinaje, hoy también puede usarse de forma más general para describir a cualquier viajero o caminante en un viaje largo y significativo. El peregrinaje más conocido es el de Santiago de Compostela, en España, donde miles de personas siguen el Camino de Santiago cada año, ya sea por razones espirituales, culturales o personales.
Acudamos por último, para no cansar más, a la Xacopedia, que es un diccionario especializado en el Camino de Santiago; expresa lo que sigue:
Peregrino
Del latín peregrinus, ‘el que camina o viaja a un país extraño’. Con el tiempo, el término evolucionó hacia un concepto de viaje devocional, tal y como hoy lo conocemos. En este sentido, el peregrino es la persona que realiza un camino que se dirige hacia una meta situada en un lugar considerado santo, por el hecho de que allí nació, vivió, murió o está enterrado alguien que tenga tal consideración. El camino está lleno de dificultades que tendrá que solventar para llegar a la meta, por lo que muchas veces la vida del cristiano fue considerada como una metáfora de la peregrinación, en la que hay que vencer los obstáculos y enfrentarse a ellos para alcanzar el objetivo de la salvación. Las tres principales metas de romería de la cristiandad están en Jerusalén, donde se desarrolló la vida de Jesús; Roma, donde está enterrado el apóstol San Pedro; y Compostela, que guarda los restos mortales de Santiago.
La Sociología ha profundizado mucho en el tema, y aunque es cierto que son diferentes los enfoques, grosso modo se suele establecer una especie de gradación que responde a las motivaciones y actitudes manifestadas por el viajero que se aproxima a la meta sagrada. A.A. Sousa, en lo que ya es un clásico de síntesis (Homo Peregrinus, 1999), propone la siguiente: “Peregrino auténtico, Peregrino de ritual, Turista cultural y Turista de masas”. Se pueden admitir matices, pero la serie se aproxima bastante a lo que hoy podemos ver en el Camino y en Santiago. Desde luego recomendamos este libro para quienes quieran profundizar en la temática e ilustrarse.
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También la Antropología Social, quizá más que ninguna otra área del conocimiento, ha estudiado el fenómeno de las peregrinaciones. En inglés los artículos sobre Peregrinación y Turismo, analizando los contagios y la apropiación de la primera por el segundo, que creó el concepto de Turismo Religioso, son innumerables, también los dedicados al Camino de Santiago. En proximidad a la meta compostelana podríamos citar la serie de trabajos de Nieves Herrero (USC), el clásico manual de X.R. Mariño Ferro (Las Romerias/Peregrinaciones y sus símbolos, 1987), las aportaciones siempre provocadoras de M. Mandianes (en particular Peregrino a Santiago. Viaje al fin del mundo, 1993), y en primera línea, con entrevistas a quienes llegan a Santiago, los trabajos de Eva Mouriño (Vivir o camiño. Revivir a historia, 1997) o María Merino Peregrinos a Santiago. Lo que viven, lo que sienten, 2002). En la misma línea encajarían tanto la película como el libro de Nancy L. Frey (Pilgrim Stories, 1998). Todo esto en el campo de la divulgación científica y sin profundizar en exceso.
Y en el campo de la filosofía podríamos también añadir un libro muy denso e interesante de M. Agís Villaverde (Camiñantes. Un itinerario filosófico, 2009).
Por lo tanto, y aunque el ingente trabajo de muchos investigadores se suela quedar en la esfera corporativa y tantas veces endogámica del circuito científico-académico, es evidente que las disciplinas del saber que se ocupan del tema han desarrollado un corpus extenso y clarificador, no siempre específico del Camino de Santiago, sino atento a encuadrar la experiencia peregrinatoria en general, estudiando otros santuarios e itinerarios, pertenecientes a diversas religiones y culturas. Asimismo es abundante la literatura científica sobre la irrupción del turismo en este mundo tradicional de la peregrinación, en gran medida por el afán de aprovechar “nichos de mercado” para obtener provecho y rentabilidad, cuyo máximo exponente es el turismo religioso de las metas sin camino, lo cual redunda en unos itinerarios sin sentido del esfuerzo o penitencial, y en la reducción de la experiencia a una fugaz visita, normalmente en grupos organizados y al modo de una excursión, al santuario en cuestión.
Los amigos del Camino más sensibilizados están mostrando últimamente la contradicción de las agencias de viajes que trabajan en el Camino de Santiago, en cuyas promociones suelen utilizar la imagen del esforzado peregrino tradicional a pie, cargando su mochila, a veces provisto de bordón, siempre con ropa de senderismo y captado en algún tramo de especial belleza natural. Pero luego, ¡qué chasco!, su praxis comercial nada tiene que ver con este arquetipo, y la realidad del desarrollo de la experiencia es la de paseantes con ropa inadecuada, evidentemente sin mochila grande, que son recogidos y trasladados permanentemente, evitando por supuesto los albergues y cualquier sudor extra, en aras de una satisfacción fundada en la seguridad y el confort. ¿Son estas las premisas de un peregrino según ha sido definido anteriormente?
La idea de desplazarse a un lugar sagrado es por lo tanto central, así como participar de las tradiciones y rituales presentes en el itinerario, que la IA presume largo, a lo que se puede añadir un afán de purificación y crecimiento espiritual, o al menos de reflexión y/o búsqueda, y también un orden de preferencias en la práctica cotidiana de avanzar hacia la meta, entre las cuales lo principal no es disfrutar del patrimonio natural, cultural o gastronómico, que también, no está prohibido ni es incompatible, sino empaparse de los valores y enseñanzas de la ruta en cuestión para crecer, a poder ser espiritualmente, y en última instancia trascender, aproximándonos a la idea que cada uno tenga de la divinidad.
No obstante podemos colegir que, del mismo modo que es bastante difícil encontrar ciertos minerales puros, que no estén mezclados en una amalgama con otros materiales, también es cierto que en la sociedad actual, desacralizada, los individuos combinamos las motivaciones y solemos incluso manifestar cierta ambigüedad o confusión al declarar nuestros propósitos. Así pues, la imagen del peregrino auténtico al 100% puede ser una quimera, ya que el contagio de las diversas formas de viaje coexiste, e incluso puede mutar a lo largo de una experiencia de largo recorrido espacial y temporal. En este campo estarían los que parten como turistas o viajeros, pero acaban arribando como peregrinos gracias a la transformación propiciada por la propia fuerza del Camino.
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Esta forma de entender la figura del peregrino en constante aprendizaje también está presente en las contestatarias redes sociales y foros temáticos del Camino, porque a nadie le gusta comulgar con las ruedas de molino, en forma de encasillamientos y definiciones inaceptables, dictadas por la administración turística. Veamos, en una novela reciente (A. Bascones, Conversaciones en el Camino de Santiago, 2023, pág. 167), lo que se cuenta al respecto:
Antes de comenzar el camino, ellas pensaban que todo consistía en andar y andar y, ahora, estaban viendo que había algo más profundo, algo que se escapaba a muchos con los que se cruzaban, y que ellas comenzaban a entender. Desde que entraron en la esfera del peregrino, al comenzar el viaje, su cabeza iba cambiando poco a poco, tratando de comprender el significado recóndito, penetrante e intenso, del camino. Veían que no todo era cansarse andando como si fuera un ejercicio para el que había que estar preparado. Todo tenía un mensaje que iban descubriendo conforme avanzaban. En cada lugar estaban profundizando en cosas diferentes, muchas veces subliminales, pero siempre instructivas y reveladoras de algo secreto aprisionado en los tiempos de la historia.
Es solo un testimonio de los muchos posibles en este género literario, pero revelador de que sigue existiendo esa inquietud peregrina, ese deseo de trascender lo meramente sensorial o básico de la vivencia: caminar, comer mejor o peor, dormir de un tirón o a golpe de concierto roncador, cubrir etapas, admirar el paisaje, visitar algunos lugares señalados, conocer gente, hacerse las fotos de rigor para que todos sepan dónde estamos, etc. Precisamente en ese procurar algo más que lo que podríamos obtener en cualquier otro tipo de viaje estándar está la vocación del peregrino, que no se conforma con una experiencia de rápido consumo, fugaz, epidérmica, intrascendente.
Por lo tanto, este es el meollo de la cuestión, consideramos imperioso resistir los embates de los que manejan el Turismo, que hoy controlan el Camino de Santiago en función de sus exclusivos intereses, y no doblegarnos a sus concepciones y definiciones. Porque como expresaba un hospitalero veterano, nosotros, quienes recibimos a la gente en un albergue, enseguida percibimos, por el aspecto y la forma de hablar y comportarse, quién es un peregrino y quién no lo es. Sin necesidad de haber leído docenas de artículos, actas de congresos, tesis doctorales y libros enjundiosos repletos de citas que lo aclaren. No es tan difícil acertar cuando se está, permanentemente, en primera línea, donde se corta el bacalao, una realidad que los teóricos de salón y oficina, alejados de las intensas vivencias del Camino, ignoran por completo.
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