Peregrinos por carretera, ¿amor al asfalto o al peligro?
A menudo, en Galicia o fuera de ella, hacemos trayectos en coche en la proximidad de los caminos jacobeos. Y continuamente, desde hace años y por más que hayan mejorado notablemente las condiciones de los itinerarios que conducen a los peregrinos a Santiago, habiéndose acondicionado andaderos y variantes que evitan el tránsito por viales peligrosos, comprobamos que siguen existiendo algunos peregrinos, turigrinos o lo que sean, que insistentemente se obcecan en caminar, pese al riesgo que ello entraña, por los márgenes de las carreteras. Pues bien, la pregunta hoy es franca y directa: ¿a qué se debe que siga sucediendo esto? Se nos ocurren, entre la lógica y el disparate, unas cuantas respuestas:
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1. Despiste. En fin, por más que las guías del Camino sean ya legión, y que internet esté a rebosar de informaciones prácticas, y ahora también de tracks para quien en un momento dado pueda perder el rumbo, siempre quedará un pequeño porcentaje de individuos que, por tener la brújula averiada, caminar entretenidos por diversas causas (los correos recibidos sin tregua en el móvil, las charlas con otros compañeros de ruta, el enamoramiento, el trino de los pajarillos en primavera o cualquiera otra razón que cada quien pueda imaginar) e incluso por padecer una tendencia congénita al despiste, se meterán por donde no deben.
En el caso de pérdida y constatación de que el rumbo no es el acertado, suelen plantearse tres formas de reaccionar: a., constatar el error y retroceder, sobre todo si no se ha avanzado mucho desde el desvío; b., buscar cómo orientarse para regresar al Camino, utilizando algún enlace o atajo; y c., persistir en el error, como queriendo auto justificarse, y ya Santiago, o el mago Hermógenes, proveerán. Estos terceros, obviamente, son los más insensatos y peligrosos, pues nunca se sabe dónde pueden acabar.
2. Velocidad. Puede parecer una broma, pero aún hay algunos peregrinos firmemente convencidos de que por la carretera llegarán más rápido, y al parecer esto es lo único que les importa. Sería menester recordarles que, efectivamente y en un ámbito de reflexión filosófica, puede que lleguen más rápido, aunque por el Camino llegarán más lejos (no digáis que esto no suena bien como lema). Asimismo, en otro plano más funcional, conviene apuntar que las modernas carreteras no están concebidas para los peatones, sino para los vehículos a motor, y ese más rápido puede acabar resultando, con suerte, llegar al hospital, porque si se cruza la parca, a lo mejor ni eso.
En fin, que es de primero de educación viaria, cuando exista una alternativa segura y ambientalmente mucho más grata, disuadir por todos los medios a los que demuestren un cariño enfermizo por las carreteras. Quizá ya es hora de que se comiencen a poner carteles de ”Prohibido el paso de peregrinos” en ciertas carreteras, y al que no respete la señal, pues multa al canto. Lo mismo se hace en las autovías, ¿no es así?
3. Comodidad. Esta es otra de las monsergas que hemos escuchado alguna vez pero, salvo que uno sea Robocop, no llegamos a comprender. Los pies humanos, aunque protegidos en un buen calzado, sufren con las superficies duras prolongadas, que los recalientan de un modo considerable y hasta insoportable, y más aún sobre las inmisericordes capas asfálticas en verano, que se convierten en verdaderas parrillas como las que acabaron con el pobre San Lorenzo. Si alguien se siente más cómodo caminando muchos kilómetros por una carretera tendría que ir al podólogo, o directamente, sin pasar por la casilla de salida del Monopoli, al psicoanalista, para saber si realmente tiene pies o dos bloques de cemento o de goma Michelín. Y esta es una receta que también debieran aplicarse los administradores del Camino, que en muchos casos siguen pensando que nos hacen un gran favor, en tramos con cuestas, empozados, con agricultores finos deseosos de que no se manchen las ruedas de sus tractores o sectores progresivamente urbanizados, poniendo más hormigón y asfalto donde antes había caminos de tierra. Acabarán matando la gallina de los huevos de oro y se quedarán con los robocops de Chiquilicuatre.
4. Deficiente formación. Esta razón no tiene que ver con la información proporcionada a los peregrinos por señales y guías, sino por una falta generalizada de nociones sobre lo que significa peregrinar o caminar a Santiago. Los peregrinos en gran medida somos copartícipes de la filosofía del senderismo, y como tales nos hemos educado en la forma de interactuar con los caminos, las intersecciones viarias, los tramos peligrosos, etc. No obstante, en la era del turismo de masas, y por la imperiosa necesidad de consumir experiencias que nos venden como imprescindibles, la gente se lanza a los caminos a lo turulato, en ocasiones sin la más mínima preparación física, mental o del utillaje necesario, y luego pasa lo que pasa.
5. Google Maps. Esta es buena, porque en el universo de la navegación por internet hay verdaderos adictos a ciertas aplicaciones que te resuelven todos los problemas, al tiempo que nos atrofian el sentido de la orientación, y comunidades de usuarios que casi actúan como sectas. En este mogollón abundan quienes tienen por único santo y seña a Google Maps. Con el infalible navegador global hasta la muerte, si conducen un camión articulado se quedan atascados en el callejón de una aldea medieval, qué faena, grúa al canto. Pero cuando van a pie, allí por donde aparecen los puntitos azules, si es que se han acordado de poner el modo peatón, eso es lo que vale, oráculo infalible, y lo demás son zarandajas.
La confusión se acrecienta, mirad por donde, cuando el célebre navegador ni siquiera contempla la mayoría de los caminos jacobeos cuando estos son de tierra o se convierten en sendas por el monte. Y lo que no existe, amigos, no se puede ni visualizar ni recomendar. En fin, ver para creer que esto pueda todavía suceder, pero pasa continuamente en un reino de proyección satelital que ignora sendas, vados, callejones, escaleras, atajos y demás.
6. Seguir los consejos de los vecinos. Ya, ya. Que uno sigue fiándose del nativo experto, el cual cuando va viendo pasar a cientos de peregrinos, ya se olvida de cualquiera otro concepto territorial y asume rápidamente el mundo de la flecha amarilla y el mojón con la concha. Pero esto no sucede en todos los caminos, solo en los más concurridos, y a veces el íncola sigue aferrado a sus usos y costumbres atávicos, y recomienda cosas peregrinas, de toda la vida y que hacen todos los del lugar, que pese al calificativo de peregrinas nada tienen que ver con la experiencia del Camino, porque la ruta más corta para unir dos puntos no siempre es la histórica, la más bonita o la más segura. Fiarse del informador local y buen conocedor del territorio, por lo tanto, solo hasta cierto punto y en determinados contextos, porque nosotros no vamos a la misa del domingo, ni a comprar el pan, ni mucho menos a visitar a la tía María.
7. Amor al peligro. ¿Existe la figura del suicida-peregrino cargado de adrenalina? Pues a priori sería un sinsentido, pero si lo planteamos de otro modo podría, incluso, ir cuadrando. Por ejemplo, cuando alguien tiene prisa y se lanza en las últimas etapas a por la meta sin ton ni son, un poco obsesionado por llegar olvidándose del Camino. O bien, otro caso posible, entre quienes muy madrugadores creen orientarse mejor por la carretera que por el Camino, un proceder que no es tan raro. Sin que falten los que, temerosos de la Santa Compaña o el Vákner, que como es sabido pululan sobre todo por Galicia, prefieran enfrentarse a un vehículo de dos, cuatro o más ruedas, quizá porque les resulta más familiar y en vez de emitir gruñidos hace sonar la bocina. Juan sin miedo podría ser el paradigma de este espécimen, que podríamos adscribir a este cajón de sastre.
8. Todo lo anterior a la vez. Puesto que ni siquiera las motivaciones para hacer el Camino son únicas, sino múltiples, las causas del síndrome de la asfaltitis aguda también suelen combinarse en un cóctel: despiste, prisa, empecinamiento, navegadores infalibles y vayan ustedes a saber qué otras extrañas perversiones inclasificables e inimaginables, porque puede haber, en la viña del señor, hasta pervertidos que gocen viendo zorros, puerco espines y gatitos aplastados en las carreteras.
A todos los desviados del Camino convendría reeducarlos, pero como todo el rollo ese de la educación lleva su tiempo, tiene un coste, y tampoco garantiza que el beneficiario vaya a hacer caso de la instrucción, probablemente sea mejor receta, como ya hemos apuntado, ir pensando en definir tramos de riesgo, especialmente aquellos en los que ya ha habido percances en forma de atropellos, para instalar avisos, declarar prohibiciones y, a los infractores, cascarles una multa de esas que escaldan a los gatos. Es el modo más rápido para que los peregrinos vuelvan al redil de los caminitos domesticados con sus bares y terrazas. A los desertores, ni carbón de Reyes.
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