Iván Rus: “El Camino me rompió todos los esquemas, ha sido la experiencia más fuerte de mi vida”
Si hace poco entrevistábamos a un veterano, “uno de los grandes del Camino” como expresan sus amigos y seguidores al hablar de Roderosky, en esta oportunidad, como contrapunto, vamos a hacer lo propio con un joven peregrino, totalmente novato en estas lides, pero que parece haber interpretado con suma rapidez los valores y enseñanzas de la ruta.
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Cuando conocimos a Iván Rus (Badalona, 2001) en el Camino Aragonés, nos sorprendió, casi al poco de comenzar a charlar, al confesarnos que estaba haciendo el Camino desde la puerta de su casa, al modo tradicional, como una forma de crecer espiritualmente, ya que había decidido profesar el catolicismo y pronto se bautizaría. Creyendo que las nuevas generaciones pasan bastante de la religión —pese a los esfuerzos de Rosalía por disuadirnos con su Lux, y de Los Domingos (Alauda Ruíz de Azúa) por reiterar que algo puede estar cambiando en el mundo sin que lleguemos a percibirlo—, la carta de presentación nos dejó bastante anonadados, y enseguida pensamos que aquí había una interesante historia.
Así surgió, tras las charlas mantenidas entre Monreal y Puente la Reina, breve pero fructífero encuentro, el compromiso de una entrevista postcompostelana. En el fondo, no lo negamos, pretendía ser una proyección generacional Z (hablamos de los centennials), aunque, como vamos a comprobar, Iván no es fácilmente clasificable.
Así pues, te has venido al Camino porque eres un tipo inquieto…
Bueno, conocía bastante gente que lo había hecho, sobre todo de la edad de mis padres, y se me ocurrió, cuando dejé un trabajo, que era mi oportunidad de hacer un Camino como Dios manda. El cura de mi parroquia me animó a ello, saliendo de casa, un peregrinaje clásico.
Pocos salen de casa caminando, lo sé, tal vez por falta de tiempo, pero me pareció el modo más correcto de hacer mi primera peregrinación.
¿Había alguna motivación personal para ser peregrino?
En primer lugar me encontraba en una encrucijada personal, sentía que necesitaba espacio para reflexionar, orar, alejándome del estrés diario para decidir con calma, todo ello en la antesala de mi bautizo, previsto para 2026. Entendí el sacrificio que implicaría el Camino como un modo de obtener la gracia.
¿Tuviste tiempo para preparar, mínimamente, el viaje? (esta pregunta es obligada tras conocer la mochila-hatillo, un tanto calamitosa, que portabas cuando te conocimos) ¿Qué sabías realmente del Camino?
Realmente no disponía de mucha información, me lancé a la aventura sin planificar nada, sin descargar apps, confiando en la Providencia. La decisión la tomé una semana antes de partir. Solo una vez sobre la marcha, pues 44 días dan para mucho, fui leyendo cosas y descubriendo el Camino.
Seguro que, como eres rápido, habrás percibido esas fases de las que hablamos todos los peregrinos.
Desde luego, para mi fueron claras: la primera semana de adaptación física a la vida nómada; la segunda también de adaptación, pero ahora mental, fuera del estrés de mi trabajo, simplificando la experiencia en un continuo básico de comer-dormir-rezar; la tercera, y de nuevo me refiero a una semana, pasé una fase de profunda meditación, con la ayuda de las soledades de la ruta, pues no había casi peregrinos en estos tramos; a partir de la cuarta semana entró en juego, y desde entonces hasta Santiago, el factor social: más compañía, interacción, intercambio con otros peregrinos y hospitaleros.
¿Eran altas las expectativas?
Pues en el Camino quería clarificar mi situación, saber qué hacer con la vida. En este sentido la peregrinación no cumplió las expectativas, sino que me proporcionó más preguntas, muchas y de gran calado, que respuestas.
¿Fueron los encuentros fuente de aprendizaje?
Sin duda, creo que he tenido suerte. Me topé con gente variopinta: veteranos de la ruta, otros que hacían su primer Camino, pero inquietos y deseosos de escribir todo lo que experimentaban, todos me han enriquecido.
Encuentros negativos no he tenido ninguno, tal vez solo hubo mal rollo con un señor que a las 20 horas ya no quería luz ni ruido en el albergue, cuando yo había hecho una etapa larga y llegado tarde. Pero es algo anecdótico y sin importancia, tal vez tuve suerte porque el mes elegido, octubre, es de los más tranquilos.
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¿Hubo alguno de esos momentos de desfallecimiento en que uno desea abandonar?
En Aragón tuve que preparar la cabeza para las etapas largas y solitarias. Una noche estuve a punto de dejarlo, pillar el bus y un tren, y regresar al sofá de casa.
En cuanto al estilo de hospitalidad del Camino, ¿te esperabas algo así?
¡Sorprendente! La acogida resultó extremadamente cálida, sobre todo en las etapas más vacías, como las que mencionaba de Aragón. Es algo que me ha roto todos los esquemas, porque vivimos en un mundo bastante individualista y competitivo, y encontrar altruismo, y voluntarios que se dedican a cuidar a la gente, es algo que me fascinó.
El Camino de las sorpresas… ¿alguna otra?
Fue curioso conocer a tantos veteranos repetidores, sobre todo en estas fechas, me enteré que hay gente que hace todos los caminos que existen. Increíble.
Entonces el poso del Camino es potente, ¿tanto como para hablar de un antes y un después en tu vida?
Pues aunque el Camino pueda parecer corto —el mío ha sido bastante largo—, en poco tiempo he acumulado un gran número de experiencias.
Al volver comencé a trabajar en un nuevo empleo, y sí he notado los efectos del Camino en todos los ámbitos. ¿Cómo? Pues, sobre todo, quitándole importancia a lo que no la tiene.
Volvemos a la ruta en sí. ¿Qué te parecieron Galicia y Santiago, la meta?
Nunca había estado en Galicia, ha sido la primera vez, y ahora en octubre tenía la sensación de haber llegado desde un desierto, y al entrar en el Bierzo el paisaje cambia, te refresca por fuera y también por dentro.
En cuanto a Santiago, al salir de casa pensaba que sería el gran evento de mi año conseguirlo, pero he de confesar que al llegar a la ciudad y meta no sentí nada, bueno sí, un cierto vacío, como cuando lees un libro y llegas al final. Disfruté de la carrera, no de la línea de meta.
Llegó la hora de hacer balance. Te pido una conclusión de tu Camino, esos 44 días como peregrino, tu primera y bien completa vez.
Pues te diré que ha sido la experiencia más fuerte de mi vida, que el Camino se debe hacer con el corazón abierto. Las expectativas, como decíamos, pueden ser un poco tóxicas, pero el Camino provee al igual que Dios, cada día vives una pequeña vida, las fases de tu vida comprimidas en diferentes experiencias.
No se por que me temo que ya estás pensando en otro Camino, incluso te veo en el futuro como esos veteranos a los que aludías.
No te digo que no. Tal vez el próximo lo haga también desde casa pero por el Norte, o por la Vía Augusta, desde Cádiz para arriba; y si no tengo tiempo me limitaré a una ruta de 300 km en vacaciones.
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Iván no ha contado algunas cosillas, tales que no había concebido el Camino como un reto, sino como una prueba más con un cierto sentido penitencial, al modo de antaño. Quizá por ello, se metió entre capa y espada un par de etapas maratonianas, así de Sahagún a León, y otro día sumando casi 60 km de Casanova a Santiago. Pues bien, contractura al canto y, tras el diagnóstico, un mínimo de dos semanas de reposo. En este aspecto, el de Correcaminos sin coyote al acecho, aún queda mucho por mejorar, pero no cabe duda de que ha entrado con buen pie en este fascinante mundo del Camino. Para quien aún tenga sus dudas: hay relevo.
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