Grupos ultracatólicos en el Camino de Santiago
En el Camino se ha instalado un dogma que, ante su carácter supuestamente democrático e inclusivo, impide que podamos ni siquiera rechistar; dice así: “En el Camino cabemos todos”. A priori parece un principio respetable, aunque el problema surge cuando algunos de los que entran por esta puerta, en ocasiones con calzador, son los que no respetan el espíritu de la peregrinación jacobea contemporánea.
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Hace poco Carles publicó un artículo jocoso sobre el Camino Portugués Tinder de la Costa, una realidad contrastada que puede gustar más o menos, pero que está ahí por mucho que se pretenda ocultar. Y hoy, quizá en los antípodas de ese ecosistema, vamos a considerar otra que también ha irrumpido con fuerza, responde a determinados movimientos sociales y, más concretamente, a la realidad de la Iglesia católica.
Para comenzar diríamos que nada nuevo bajo el sol, pues como historiador hemos investigado el asunto en el siglo XIX, donde ocurría algo similar. De aquella, la religión era politizada por grupos ultramontanos, más papistas que el papa, que a raíz de la pérdida de los Estados Pontificios durante el larguísimo papado de Pío IX, montaron toda una campaña instrumental alrededor de la figura del pobre sumo pontífice cautivo en Roma. A la ciudad eterna se dirigieron numerosas peregrinaciones reivindicativas y de consuelo, a la vez que beligerantes con el Estado italiano y el liberalismo. El modus operandi pronto se replicó en otros santuarios, entre ellos el compostelano, a través de peregrinaciones inspiradas por los Nocedal, Cándido y Ramón, que del tradicionalismo evolucionaron hacia el integrismo católico. Los obispos de aquel tiempo acabaron hartos de ellos, y tuvieron que ingeniárselas para reducir su popularidad e influencia.
Sobre como actuaban aquellos integristas decimonónicos, por cierto siempre envueltos en la bandera del nacionalismo español, tenemos un pintoresco ejemplo en las peregrinaciones organizadas desde el Seminario de Tui en los años 80 de la centuria, fijaos bien, por ese Camino Portugués que hoy anda un tanto desmadrado. Entre las consignas que el grupo proclamaba estaba un himno, titulado Firme la voz, cuyo estribillo cualquiera puede valorar, aunque el contexto es importante:
¡Ruja el infierno!
¡brame satán!
La fe de España no morirá.
Pues bien, tras estas breves pinceladas históricas desplacémonos al presente, donde grupos ultracatólicos de nueva generación están haciendo, más o menos, lo mismo. Los rasgos que definen a estos colectivos son: 1. La defensa del tradicionalismo frente a modernidad y secularización, 2. Se sienten poseedores de la verdad y la pureza evangélica, combatiendo a las corrientes más progresistas de la iglesia y al mismo papa si fuera el caso (con Francisco I tuvieron las suyas). 3. Participan en una guerra cultural contra la izquierda, atacando al movimiento Woke nacido en las universidades USA, la ideología de género y a la izquierda en general. 4. Defienden el concepto del nacionalcatolicismo y se aproximan o vinculan con grupos nacionalistas de extrema derecha, 5. Se esfuerzan por todos los medios, utilizando las redes sociales activamente y a través de los colegios católicos, para captar personal en su proyecto y hacer copartícipes de su visión a los jóvenes, y 6. Practican un activismo frenético, movilizando a los suyos en diferentes tipos de manifestaciones de fe, entre ellas las peregrinaciones colectivas.
Algunos grupos bien conocidos y representativos de esta tendencia, más allá de otros que ya llevan operando tiempo en la Iglesia católica, son los Legionarios de Cristo, nacidos en México de la mano de Marcial Maciel en 1941, los Kikos o Camino Neocatecumenal, fundados en 1964 en Madrid por Kiko Argüello, o la italiana Comunión y Liberación, activa desde 1950.
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A la conquista del Camino de Santiago
El Camino es muy grande para que nadie pueda apoderarse de él, y estamos persuadidos de que el único que puede conseguirlo, como estamos comprobando, es el mercado, o sea, el dinero. Sin embargo, ello no es óbice para que los arriba citados y otros grupos similares (movimientos como el juvenil Hakuna, ciertos scouts católicos o el apostólico de Schoenstatt), hayan entendido que la ruta jacobea constituye un excelente escenario para la captación de adeptos que, además, les proporciona una notable proyección social y mediática.
Hace ya unos años que la presencia de estos grupos ultras, con su parafernalia de grandes cruces y estandartes (visualización, ostentación, proselitismo), elementos nacionalistas (banderas españolas a tutiplén), en ocasiones Santiagos Matamoros (iconografía apartada y rediviva) y también mucho ruido a través de altavoces, himnos, consignas y cánticos, se está haciendo notar cada vez más en el Camino de Santiago.
Cuando alguien los señala o critica, y esto ha sucedido no tanto por la utilización política y religiosamente tendenciosa de la peregrinación, sino sobre todo por el alboroto que generan, ellos se defienden aduciendo que son los “verdaderos peregrinos”, quienes mantienen “el sentido tradicional de la peregrinación”…, igualito que en el siglo XIX.
La situación se pasó en su día de rosca durante las concentraciones en Compostela, previas o posteriores a la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa de 2023, por la llegada de multitud de grupos de peregrinos muy ruidosos y exaltados. Con la ciudad momentáneamente saturada, surgieron innumerables conflictos de convivencia que provocaron acaloradas protestas de los vecinos, las mayores conocidas hasta entonces. Además, también se censuró el secuestro que aquellos peregrinos realizaban del espacio público en el centro histórico, lo que conseguían con sus reuniones multitudinarias y sus cánticos religiosos, y la infiltración de grupúsculos muy politizados y agresivos de carácter anticonstitucional.
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Compostela, la sufridora
Los sucesos de 2023, de los que no creemos se haya aprendido nada de nada para el futuro, fue la semilla de nuevas peregrinaciones ultras protagonizadas sobre todo por jóvenes dirigidos y mediatizados, de cuya génesis y objetivos habría que investigar más. Este mismo verano de 2026 se han sucedido las llegadas de grupos que replican, en atrezo y parafernalia, el proceder de los mencionados: portan o cargan grandes elementos de la simbología cristiana (Cruces, Vírgenes, etc.), ondean siempre banderas españolas —a veces también las del Estado Vaticano— y practican la consabida puesta en escena, a lo largo de la ruta y sobre todo al entrar en la ciudad, a base de cánticos y demás.
Hasta hace unos años los grupos católicos organizados, fuesen parroquias, asociaciones o colegios, fluían por Compostela de un modo natural, acudían a la catedral para participar en la misa y recibir los sacramentos, ganar la indulgencia si era año santo y, pacíficamente, regresaban a casa; aquí paz y después gloria, nada de estruendo ni banderitas que nada tienen que ver con la religión. Las demostraciones de poderío, de reto permanente a los oponentes, de politización intencionada de sus actos, no formaban parte de su ADN, que estaba alimentado por la devoción, el respeto y, en algunos casos, hasta por el ecumenismo.
Pero los tiempos están cambiando, y quizá influidos por el estilo de los hinchas más enfervorizados del fútbol, organizados y predispuestos a armarla una vez que desembarcan en la plaza donde se disputa el siguiente partido, los ultracatólicos parecen tener un guión bien aprendido en el cual, desde luego, pasar desapercibidos no es el objetivo ni la virtud. Y lo malo del asunto es que su praxis parece ser contagiosa y se está extendiendo a todo grupo juvenil, peregrino y católico que se precie.
Abrimos aquí una adenda para recordar que desde la jerarquía episcopal también ha habido algún prelado favorable a que la Iglesia tenga mayor presencia social en las calles, sea en manifestaciones o peregrinaciones. Uno de los más significados en apoyar dicha estrategia fue, precisamente, Antonio María Rouco Varela, que ocupó la sede compostelana de 1984 a 1994, pasando a ser nombrado arzobispo de Madrid desde esa fecha hasta 2014. Por lo tanto, su conocimiento del Camino de Santiago era notorio, y además organizó dos Jornadas Mundiales de la Juventud: la de Santiago (1989), con la presencia de Juan Pablo II, y la de Madrid (2011), a la que acudió Benedicto XVI. Su tesis fue denominada como “evangelización pública”, y consistía precisamente en eso, en dar testimonio de la fe cristiana en público, sin temor ni vergüenza, a poder ser llenando calles y plazas; el Camino también sirve. De ahí a las posiciones de combate…, un paso.
En el Camino cabemos todos, hasta el apuntador, es sumo pecado negarlo, pero esto, amigos, se está yendo de las manos. ¿Cuál es la capacidad de aguante de una ciudad pequeña, de 100.000 habitantes, ante una presión sostenida de este tipo? ¿Hasta cuándo el prestigio de la peregrinación jacobea va a poder soportar el ser manoseado e instrumentalizado, por unos y por otros, en beneficio de intereses económicos, políticos o sectarios? Ha sido la historia del Camino, responderéis algunos. Cierto, pero en esta desvirtuación también ha estado, en diferentes períodos históricos, el germen de su decadencia. ¡Ojo avizor!
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