Camino de Santiago: El primer día de marcha

Al considerar el primer día, precisamos que nos referimos a una vez que se comienza a caminar, y por lo tanto al primer día en marcha. Es cierto que podríamos puntualizar más, y concretar que se trata del primer día en el primer Camino de Santiago. Pero vamos a dejarlo así, porque en cada primer día se suelen reiterar pautas de la aventura primigenia, del arribar primerizo, aunque se hayan hecho muchos caminos, e incluso aunque se vuelva a un itinerario trillado.

Se nos ha ocurrido este tema después de que algunos peregrinos novatos compartiesen en los albergues sus sensaciones de ese momento, ese día en que el reino de las dudas se va disipando.

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Inicio de la bajada al embalse de Salime, Camino Primitivo
Inicio de la bajada al embalse de Salime, Camino Primitivo

Del orden al caos

Pues bien, ahí estamos, al principio de la aventura, más o menos informados, mejor o peor preparados, con mayor o menor conocimiento de lo que nos aguarda a lo largo de la jornada, con las inquietudes y dudas propias de todo comienzo. Cierto que hay personas muy planificadoras, las cuales han leído tanto, y visualizado tantos tutoriales y videos más o menos serios, que desembarcan convencidas de saberlo todo, o al menos de conocer todo lo imprescindible para evitar sorpresas desagradables.

En la ruta nos encontramos con, básicamente, dos grupos de especímenes peregrinos: 1. aquellos más organizados, que detestan perder el tiempo y aman la seguridad, los cuales ya traen, al menos para la primera o alguna etapa más, todo medido y reservado, teniendo claro a qué hora van a salir, donde hay tiendas, donde fuentes de agua potable, donde se puede comer, donde sellar, donde dormir con la mejor calidad/precio, donde todo, y sin embargo, siempre saltará alguna sorpresa torciendo su plan, qué lástima; 2. los poseídos de un espíritu más aventurero y hasta libertario, que aunque sea temporada alta se despreocupan de todo lo anterior confiando en la providencia, el destino o la suerte, y a veces rozan lo temerario. Por supuesto, entre ambos extremos estamos la mayoría, compartiendo un poco de previsión sin matar la libertad del cambio de planes, porque como repiten los peregrinos avezados, el Camino suele mostrarte lo que tienes que hacer.

¡Sol@ ante el peligro!

Cada vez, es sabido, son más los peregrinos que deciden hacer el Camino en soledad; nos parece una sabia decisión. Evidentemente, quien va solo carece del apoyo que otros pueden disponer, sean dos, tres o un grupo más o menos numeroso. La elección está vinculada, en muchas ocasiones, a la de aumentar la dificultad del reto, con la voluntad inequívoca de comprobar hasta que punto uno está realmente preparado para asumirlo. Es llamativo que cada vez más personas jóvenes practiquen este modo de peregrinar, por cierto tan alejado de aquel arquetipo de las caravanas medievales (eran otros tiempos, sin duda mucho más peligrosos).

Pese a que nos vamos repitiendo “¡Si quiero puedo, si quiero puedo!”, ese lema tan ñoño como falso de la moderna autoayuda, no podremos evitar que un nudo se nos forme en la garganta, y que en territorio extraño nos sintamos, al menos hasta que nos vayamos acoplando, un tanto inseguros. Evidentemente, este sentimiento se acrecienta cuando se añade la barrera del idioma, y entre quienes proceden de países en los que la inseguridad es el pan nuestro de cada día.

Emulando a Gary Cooper, avanzamos por una ruta en la que, a pesar de todas las bendiciones que hayamos leído en las redes sociales, a ciencia cierta no sabemos lo que nos puede deparar. Los americanos no conciben que en los caminos jacobeos no existan peligros recurrentes, dígase robos con violencia, o la posibilidad de agresiones sexuales. La mayoría creen que Europa no puede ser como la pintan, que aquí también se cuecen habas, y a la mínima se pueden llevar una desagradable sorpresa. Se temen, sobre todo, los atracos. Pero pronto se va disipando el miedo.

Las chicas jóvenes, y mujeres no tan jóvenes, que en Europa han asumido con decisión el relatorio del empoderamiento, lo cual es de aplaudir, siempre muestran una cierta desconfianza a lo que pueda suceder, porque ya se sabe que el mundo está lleno de lobos disfrazados de corderos y, por que no decirlo, de chalados y pervertidos. También, de forma mayoritaria, pronto reconocen el ambiente fraternal y solidario del Camino, en el cual los compañeros casi siempre están para ayudar, y el respeto, salvo en casos puntuales, suele ser la tónica.

Es así como la balsa de aceite se suele generar pronto, máxime en caminos más urbanizados o que discurren por zonas turísticas especialmente vigiladas y con todo tipo de servicios. Asimismo, enseguida se van fraguando los grupos por afinidades, a veces con extrema rapidez y con efectos permanentes. Sorprende la velocidad a la que uno, tales son las facilidades que ofrece el Camino, se adapta a la nueva dimensión del peregrinaje.

Quizá el principal problema, aunque el primer día suele ser de euforia, no está en las amenazas externas, sino en uno mismo. En efecto, puede que el cuerpo no responda bien al trajín, demasiados kilómetros sin el debido entrenamiento, equipaje sobrecargado o mal equilibrado, calzado sin domar o mal elegido, calor excesivo y deshidratación inesperada, ampollas que aparecen ¡a las tres horas del inicio!, ¿cómo puede ser esto? El catálogo de molestias y pequeños percances nos puede desconcertar y aguarnos la fiesta en que se estaba convirtiendo este primer día, aunque lo más probable es que todo vaya como la seda, tiempo habrá para los dolores más adelante.

Arquetipos bisoños

Evidentemente, el primer día también depende del carácter y la personalidad de cada uno, y de los recursos que posea como viajero senderista autónomo. Los móviles nos han venido a prestar una inmensa ayuda que no siempre sabemos aprovechar, pero en el presente se ha convertido en una herramienta eficaz para resolver contratiempos y problemas. No evita un aguacero, pero nos avisa con bastante precisión sobre cuándo, dónde y cuánto va a llover. No cura las ampollas, pero nos indica la ubicación de las farmacias. No quiebra la maldición de babel, pero nos permite comunicarnos con gente de lenguas muy diferentes con traducciones cada vez más ajustadas. Y desde luego no nos traslada al alojamiento volando, pero nos permite cotejar ofertas, hacer reservas y en caso de extrema necesidad llamar a un taxi.

El peregrino extrovertido, aquel que se come el mundo vaya donde vaya, estará desde el primer minuto interactuando con los compañeros de ruta. Les preguntará por su país, las razones de su Camino, sobre cómo llevan la etapa, hasta dónde piensan caminar; hará comentarios sobre la mochila, las botas, el bastón, la vieira, sobre el itinerario elegido, el tiempo, y a partir de la cháchara surgirán nuevos temas. Algunos comenzarán ya, ipso facto, a contar episodios de su vida, e incluso confesiones sobre las razones que les han traído al Camino. La necesidad terapéutica de vaciarse de problemas, innata en algunos, podrá agotar al receptor. Cuando esto sucede, existe un completo repertorio de trucos, y frases de cortesía, para librarse de los pesados que no se han dado todavía cuenta de que los son; cada uno tiene su receta, y a veces puede ser contundente.

El peregrino más introvertido, o solitario por naturaleza, avanzará en silencio, respondiendo al ¡Buen Camino! que le dedican, pero sin mantener más de un segundo la mirada del que le saluda. Está claro que no se trata de un voto de silencio, sino más bien una estrategia defensiva, por no saber qué decir, o por la desconfianza inicial ante la fauna, por ahora irreconocible, del nuevo ecosistema. Siempre nos ha encantado comprobar como estas personas, a medida que van completando etapas, ganan confianza y acaban siendo copartícipes de las tertulias en los albergues, llegando a mostrarse, incluso, locuaces en grado sumo.

Y al final del día…, la movil-ización

No, nos referimos a ningún ejercicio cuartelero para despedir al sol en el horizonte, ni a otro tipo de manifestación peregrina regida por la hiperactividad colectiva. Hablamos, claro está, del móvil, refugio y consuelo de los que se sienten solos, inseguros, temerosos, y también de aquellos que hacen el Camino para untárselo a los demás por los hocicos como premisa.

Hace años esta escena sería insólita e inverosímil, pero hoy, al llegar al albergue y tras la ducha, no suele ser extraño que cada mochuelo ocupe su olivo, léase litera o cama, y con el móvil en mano regrese ansioso a su mundo virtual. Por supuesto, lo dice el doctor Camino, el síndrome tiene cura, y el remedio es tan obvio como descubrir que ahora mismo, en el presente vivido y tangible, hay un grupo de gente bajo el mismo techo que, como tú, mañana comenzará su segundo día. Y el segundo día puede que no sea coser y cantar, pero ya no será como el primero, y quizá sí más parecido al tercero y a los siguientes. ¿Será que, tan pronto, ya nos estamos transformando en peregrinos?

Periodista especializado en el Camino de Santiago e historiador

Comentarios
qwerty272
Imagen de qwerty272
Siempre he dicho que la etapa más fácil es Saint Jean a Roncesvalles, en teoría la más dura. Empiezas ese día, puedes con todo, alegría, euforía, ... A, Dios mio, cuando te toque bajar la Cruz de Ferro lloviendo.