Polémica por el trato de la Catedral de Santiago a los peregrinos
De un tiempo a esta parte se están sucediendo, con más reiteración de lo que sería deseable, las críticas al trato dispensado por el servicio de seguridad de la catedral compostelana a los peregrinos. No se suele pasar por alto que el acceso y la circulación en el edificio, como principal foco de la presión turística que sufre la ciudad de Santiago, debe de ser regulado por el bien de todos, hasta aquí todo correcto, porque hoy en día la basílica ya no es únicamente un lugar sagrado reservado a los fieles, sino un monumento visitado por multitudes. Sin embargo, esta nueva situación genera contradicciones, algunas de las cuales tienen que ver con la práctica de los rituales específicos del templo, que son los más caros a los peregrinos.
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Respecto de los ritos ya han desaparecido, hace tiempo, aquellos que aludían a la quema de ropas viejas en la cruz dos farrapos (dudoso), el piadoso toqueteo del bordón de Santiago en su relicario (trasladado al Museo) o aquel otro, pintoresco, de colocar el sombrero en la cabeza de la imagen del camarín mientras se realizaba el abrazo. Recientemente, para proteger el patrimonio cultural del efecto del turismo de masas, también se han extinguido los dos contactos del Pórtico de la Gloria: posar la mano en la oquedad del parteluz ante la imagen de Santiago, y darse los golpes en la cabeza en el Santo dos Croques, supuesta representación del Maestro Mateo. Todo lógico, por más que se podrían haber habilitado fórmulas restrictivas sin contacto directo, aunque hayan pagado justos (los verdaderos peregrinos) por pecadores.
Permanecen, por fortuna, otros ritos como el abrazo al Santo, que es el más popular, la visita de la tumba del Apóstol y, en ceremonias especiales o cuando alguien lo paga, el vuelo del botafumeiro.
Pues bien, sobre la gestión de estos ritos suelen versar muchas de las quejas. Veamos, al respecto, un texto publicado hace poco en las redes por Sergio Rodríguez (16 octubre):
Comparto el vuelo del Botafumeiro de la misa de hoy, agradeciendo al Apóstol que haya hecho coincidir mi visita con esta ofrenda. Sin embargo, lo que debía ser un momento gozoso se ha convertido en hastío. Vergonzoso lo que la Fundación Catedral de Santiago está haciendo con la meta de todos los peregrinos. Al albor de lo que está sucediendo en todos los caminos, están convirtiendo un momento espiritual en una visita turística: guardias de seguridad de escasos modales se encargan de empujar a la ciudadanía por flujos a base de cintas de quita y pon; estando parado de rodillas ante la reja que nos separa de la urna con los restos del apóstol, como hago siempre para agradecer mi camino y pedir por los míos, han detenido mi oración para decirme que «este no era lugar para orar» (pedazo de ignorantes, si no es lugar para orar este, donde por cierto siempre existieron dos reclinatorios en la parte de atrás de la cripta que también han sido eliminados, dónde más importante si no).
Pero lo peor ha sido cuando invadiéndome ya mis demonios, al subir arriba para abrazar al apóstol, el guardia de seguridad espetó a una señora anciana, pobrecita mía tan pequeña, extendiendo sus brazos sobre la espalda apóstol, que acabara ya «que esto es para abrazar al Santo, no un lugar de descanso».
Ahí que me perdonen Dios y el Apóstol, pero no me he podido contener y le he enfrentado. No creo que el apóstol Santiago esté de acuerdo con que peregrinos recién llegados tengan que hacer una kilométrica cola entre turistas móvil en mano para quedarse a las puertas de la mal llamada ya «Misa del Peregrino»; no creo que esté de acuerdo con que lo que debe de ser el lugar de acogida de los peregrinos que llegan hasta la casa de Dios se haya convertido en un negocio donde prevalece, sin que ni la propia Iglesia pueda ya hacer algo, lo que un batiburrillo de personas de la Fundación consideren lo más oportuno para ellos, no para la fe cristiana, que pronto pasará de largo…
Tenía que decirlo… ¡Buen Camino!
Desde luego no hay mucho más que añadir, salvo que el ambiente está enrarecido, tomen nota, y que nunca es tarde para corregir errores pensando en deslindar esos dos campos contrapuestos pero coincidentes en el espacio y el tiempo: peregrinos y turistas. Tal vez, como ya hacen en San Pedro del Vaticano franqueándoles un acceso preferencial a la basílica y la sacristía para recibir el testimonium, los peregrinos con su credencial sellada, o al menos los de largo recorrido, podrían ser merecedores de un trato especial. Por ejemplo, facilitando una entrada para ellos a la Misa del Peregrino, que por algo lleva su nombre o, por qué no intentarlo, habilitando una franja horaria, tal vez la más temprana, para que puedan practicar en paz y cierta soledad y recogimiento los dos rituales que permanecen. Por último, tampoco parece correcto encargar del servicio de orden a personas rudas y malencaradas, individuos que parecen haber encontrado la oportunidad de su vida, como jefecillos, para ejercer de implacables policías o jueces.
Cambiar a tiempo es la mejor receta para evitar que las críticas se incrementen, que todo se desmadre y, sobre todo, que los verdaderos peregrinos abandonen, como a pequeña escala ya está sucediendo, Compostela.
Por falta de espacio solo hemos incluido un testimonio, creemos que bastante representativo, pero a buen seguro muchos de los lectores podrán añadir sus propias experiencias.
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