Adiós, amigo Marcelino

Querido amigo del alma, sabes que nos unía una especial relación, la que tienen los viejos rockeros del Camino, y también que hemos tenido largas peroratas, mayormente de asuntos jacobeos, incluido el sexo de los ángeles peregrinos, en nuestros encuentros. Esto, y algunas de las anécdotas que con tu permiso voy a relatar, de las que la IA por ahora nada sospecha, serán la forma de decirte hasta pronto.

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Marcelino con su atuendo peregrino en el cortometraje del Vákner.
Marcelino con su atuendo peregrino en el cortometraje del Vákner.

¿Sabes una cosa, Marcelino? Siempre que te he encontrado en Logroño, Compostela o cualquier lugar anterior o posterior, digamos Somport o el Finisterre, al contemplar tus luengas barbas, esa melena inmensa y esos profundos ojos azules, y ya no digamos cuando venías con la indumentaria del peregrino tradicional —en tu repertorio había modelos más austeros, y otros más elegantes, recuerdo el de la principesca capa azul—, no he podido dejar de pensar en aquel personaje del Medievo, Don Gaiferos de Mormaltán, del que la leyenda, fijada en el cancionero, expresa que murió santamente el día que llegó a la propia catedral de Santiago, para más detalle en Viernes Santo.

Hoy ya no es fácil fallecer en la catedral, quizá sea más plausible que suceda en la cola estival que se forma para acceder a ella, pero al igual que se hacía antaño, quizá con el tiempo sea posible fundir la mitología del Gaiferos de Mormaltán con la tuya, pues nadie más merecedor que tú, en razón al porte y la estampa del peregrino tradicional, que ocupar ese mismo puesto desde este renacer jacobeo.

Marcelino el eterno peregrino, a quien en el Camino Portugués, según confesión jocosa, le llegaron a besar los pies al arribar a un pueblo, quizá creyendo que se trataba del propio Zebedeo redivivo.

Marcelino, que en llegado al Obradoiro con su atuendo para la misa del Papa Benedicto XVI, desplegó sobre el enlosado la más larga credencial sellada que los tiempos habían visto, 25 metros con todas los jalones de Roma a Santiago y alguno más.

Marcelino, amigo de sus amigos, que siempre trasladabas en tu gran furgoneta tuneada, patrocinio de una marca de automóviles, además del vestuario completo, no fuera a ser que tocase performance, bordones derechos de avellano para repartir —bendita herencia de Pablito de Ázqueta—, deliciosos licores de hierbas y frutos con tu retrato y algunos de los productos que formaban parte de tu extenso catálogo, ya que una empresa de Burgos, Mundicamino, había firmado un acuerdo contigo para explotar tan reconocible marca: “Marcelino el Peregrino”.

Cuántas veladas matutinas, Marcelino, charlando en tu caseta de madera dispuesta en La Grajera, que en la jubilación se había convertido, para ti, en una fuente de ejercicio y permanente actualización del estado del Camino, y para los peregrinos en un encuentro sorpresivo con quien les ofrecía fruta, dulces y un sello especial a cambio, siempre que fuera posible, de un donativo.

Y otras vespertinas, más burlescas, a lo largo de las calles de San Juan o Laurel, eterno templo lineal del culto indiscreto a Baco, escuchando tus sentencias siempre irónicas, tu voz profunda al modo de un profeta sin pueblo al que guiar y, de vez en cuando, tus contagiosas risotadas.

Marcelino, a quien algunos consideraban un moderno conchero, reencarnación quizá del eximio Diego Torres Villarroel, o del aventurero Nicola Albani. Fuiste la imagen icónica del modelo reproducido hasta la saciedad en plazas, calles y rotondas del Camino: el peregrino varón y solitario, maduro o anciano, que avanza con esfuerzo, sin cortar su pelo y barba en meses, con la clásica indumentaria, bordón, escarcela, calabaza, sombrero de ala ancha, capa y muchas vieras cosidas aquí y allá.

Guardo con especial cariño los bordones y la calabaza con los que me obsequiaste, y también tu figura en barro, que muchos desearíamos fuese en piedra de granito gallego, como me expresaste era tu deseo, para que perpetúe a tamaño real tu memoria en el parque de las ardillas, La Grajera, la que fue tu segunda casa.

Quiero recordarte ante todo, Marcelino, cuando representaste a otro personaje histórico envuelto en el misterio: aquel obispo armenio, de nombre Martiros, que llegando a Fisterra se topó con un monstruo, a día de hoy inidentificado, que denominó Vákner. Generosamente te encarnaste en la figura del exótico prelado medieval, grabando dos días completos y pesados en Brandomil, el castillo de Vimianzo, Fisterra…, todo por amistad y pese a la exigencia del largo desplazamiento. Descubrimos entonces que eras también un gran actor, quizá siempre lo habías sido, y como tal te pido un último permiso, querido amigo que te has adelantado en el Camino, para que todos puedan disfrutar de aquel encuentro, victorioso como lo habrá sido el pretérito, con la bestia.

Gracias, en nombre de todos los peregrinos que te conocimos y tratamos, por enriquecer el Camino Francés como lo hicieron, también en Logroño y cada uno a su manera, Felisa y María o José Ignacio Díaz.

Periodista especializado en el Camino de Santiago e historiador

Comentarios
Gisele Viacava
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Eu fiz o meu primeiro Caminho de Santiago em 2017, onde encontrei o Marcelino, com quem tive uma conversa muito agradável. Esse ano, estou programando o Caminho Del Norte em 2027, e me lembrei do Marcelino - busquei na internet notícias sobre ele, mas não encontrei (isso há alguns meses). Dizem que Deus vem dar notícias daqueles que procuramos, e agora, então, recebi as notícias dele. Que esteja junto ao Peregrino Santiago!
Paul Palacios
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Qué bonita reseña has hecho Antón, profunda en su sencillez. Pensaremos algo para perpetuar la presencia de ese icono en el Camino de Santiago.
Conchi Judez
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Amigo peregrino Logroño en la grajera te vi la primera vez hablé contigo te conté que era de un pueblo de Zaragoza y a los años te vi en la basílica del Pilar te acordaste de mi todavía no me lo puedo creer que ya no te veré pero en mi memoria siempre estarás el cielo ha ganado una persona noble .Hasta siempre peregrino.