De Linza a Gabardito (9h 40m)
29 de julio del 2010
Subiendo al Paso de Taxeras
Paso de Taxeras superado
Sin lugar a dudas la etapa reina de la travesía. Por su longitud y los dos collados que hay que superar. Así que procuramos levantarnos temprano y estar puntuales a las siete, con todo listo, para desayunar y salir cuanto antes. Es el último día y al levantarnos notamos el cansancio acumulado. Va a ser un día duro y largo, por lo que pasadas las siete y media de la mañana nos calzamos las botas y nos ponemos en marcha.
Desde Linza (1.340m) hasta Zuriza, tenemos alrededor de cinco kilómetros por pista, que aprovechamos para ir cogiendo ritmo, y recorrerlos lo antes posible. A mitad de camino, hay una fuente, la fuente de los Clérigos, que es el único punto de la etapa donde podremos recargar agua.
Llegando a Zuriza, se alzan ante nosotros como una majestuosa muralla, los Alanos. A la altura del camping, seguimos la pista que sigue de frente, con los Alanos a nuestra derecha, siguiendo las indicaciones del GR-11. Hora y media después de salir de Linza, alcanzamos el parking y tenemos el Paso de Taxeras (alrededor de 1.900m, único punto franqueable de esta gran muralla) casi frente a nosotros. Todavía queda un rato de pista, ahora ya ascendente, que se puede atajar monte a través. No nos quedan muchas fuerzas para fuertes pendientes, así que Dani y yo decidimos seguir por el asfalto y nos despedimos de los navarros, con quienes hemos venido juntos hasta aquí.
Poco antes de la granja y el final de la pista, paramos un rato para beber algo de agua, comer un poco y echarnos crema, porque hoy el sol también brilla con fuerza. Continuamos, y son casi las diez de la mañana cuando nos encontramos en la base de Taxeras. Habíamos pensado en una variante por el collado de Estriviella, y bajar directos a la Selva de Oza, pero finalmente optamos por seguir el recorrido oficial.
La subida al principio es bastante buena, pero engañan mucho las dimensiones, porque el collado parece estar muy cerca, y cuando miras a tu alrededor empiezas a darte cuenta de lo poco que se avanza. A medida que vamos ganando altura, la tierra va quedando escondida bajo un pequeño pedregal.
Teniendo de frente la Punta del Achar, parece haber dos collados; el correcto es el de la izquierda, ya que por la derecha no se puede subir. Así que bordeamos la Punta del Achar, dejándola a nuestra derecha y entramos en la canal de subida. Por suerte, aquí no pega el sol, pero el viento empieza a correr fuerte, por lo que procuramos avanzar lo más rápido posible. En la canal hay rocas de tamaños considerables, y llegando al final, es necesaria una pequeña trepada, sin riesgo ninguno. Son las once de la mañana cuando llegamos arriba. El espectáculo que se aparece ante nosotros, cuando salimos como podemos de entre las rocas, es sencillamente asombroso y no dejamos de decir, que bien merece la pena el esfuerzo, por poder contemplar el amplio valle que se abre en las alturas. La otra cara de los Alanos impresiona por sus formas, y al fondo hacia nuestra izquierda, se alza el Peñaforca.
Tras varias fotos, algo de comer y un poco de agua, decidimos continuar. En esta zona es fácil desviarse del camino; hay que seguir lo más recto posible, dirección sur, hacia un collado que se abre entre la Peña de Cuello Marcón y la Ralla de Forca, con los Alanos a nuestra espalda. En esta zona, nos hemos perdido un poco, así que cuando nos damos cuenta, debemos retroceder unos pasos y tomar la dirección correcta. Nos juntamos con el grupo grande de madrileños y bajamos el Estrecho de a Ralla con ellos. Aquí cada uno, baja como puede, porque se trata de una gran pendiente, con un fuerte desnivel, y hay puntos que casi hace falta saltar de roca en roca.
Sobre las doce y media estamos abajo, reventados por la tremenda bajada y con las piernas y rodillas casi destrozadas. El paisaje verde y con bosques frondosos, por lo menos nos anima la vista. Bajo la sombra de los árboles, paramos a comer algo y reponer fuerzas. A la una del mediodía decidimos continuar y buscamos las señales del PR que nos llevará hasta el Colláu de Lenito Baxo y de aquí a Gabardito. Hemos leído y escuchado, que la bajada de Lenito es "infernal"; no estamos demasiado preparados para otra fuerte e incomoda bajada. Sacamos el mapa y observamos que podemos bajar toda la Val d'Espetal hasta Ciresa y ahí remontar la Val d'Echo, bordeando por completo la sierra de los Cuellos de Lenito. Calculamos que deben ser unos 15 km.
Así que tenemos dos opciones: kilometrada en llano o fuerte desnivel (de subida, pero sobre todo de bajada incómoda). Energía tenemos, pero rodillas fuertes no, así que optamos por la primera opción, convenciéndonos que con un collado al día es suficiente.
Desde este punto hasta Ciresa, es un camino medio pista, bastante agradable, al lado del Espetal y con sombra. Caminamos muy motivados y en algo menos de hora y media llegamos al pueblo, lo que nos motiva aún más, y no sé, si por la emoción, por creernos ya cerca de nuestro destino o por qué extraña razón, ni miramos el camino a seguir y nos metemos por la carretera como unos campeones. No es necesario comentar que cuando llegamos al desvío a Gabardito (940m), tenemos la moral por los suelos y la fuerza en negativo. Son algo más de las tres y media de la tarde, hace un sol de justicia, las mochilas pesan más que nunca y todavía nos quedan los 7 km de subida hasta el refugio.
Tomamos el atajo por monte en lugar de las curvas de la carretera; pero subir cada vez cuesta más. Así que a mitad de camino volvemos a la carretera y decidimos seguir el camino por ahí. Cuando nos quedan un par de curvas para alcanzar el refugio, bajan en coche los navarros, con sus camisetas y contentos de haber finalizado la Senda. Nos cuentan que la bajada de Lenito efectivamente es un infierno; aunque tampoco estoy muy segura de que nuestra opción fuera mucho mejor.
Al final, sobre las cinco de la tarde, después de más de nueve horas de etapa y con toda la travesía acumulada en nuestro cuerpo, llegamos al refugio de Gabardito (1.380m), donde nos esperaba la jarra de cerveza más fresca jamás imaginada.
Orgullosos nos ponemos nuestras camisetas de la Senda de Camille, y tumbados bajo los árboles fuera del refugio, descansamos un rato y celebramos, como dijo Dani, ¡un nuevo éxito!
Ni que decir, que la travesía es francamente espectacular, con paisajes muy variados, y vistas casi sobrecogedoras. Los refugios una maravilla y los guardas gente estupenda. La gente que tuvimos la suerte de conocer, genial y pasamos ratos muy buenos. Son seis días duros, muchos kilómetros y mucho desnivel, pero tanto Dani como yo, volveríamos a hacerla, y es una buena forma de conocer esa zona, y pensar en diferentes excursiones para seguir conociendo esos valles.
Relato de Nuria Pozas (http://lasrutasdenu.blogspot.com)