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Jueves, 7 Abril 2011

La Ruta de los Hospitales, en el Camino Primitivo

Archivado en: Anécdotas, Noticias, Opiniones — Joan Fiol @

Ruta Hospitales Primitivo

Con una crisis de ansiedad, completamente desorientado y con nieve hasta la cintura. De esa guisa encontraron los equipos de rescate, después de 5 horas de intensa búsqueda a pie, a un peregrino que se había perdido en la Ruta de los Hospitales, la variante más importante del Camino Primitivo. Él mismo llamó al servicio de emergencias, al no poder avanzar, y las vagas pistas que dio sobre su posición permitieron finalmente su rescate. Ocurrió a principios de marzo. Otra grave imprudencia de un peregrino, esta vez con final feliz.

La variante de la Ruta de los Hospitales está desaconsejada en invierno, excepto para montañeros con la experiencia y el equipamiento adecuado, y un buen conocimiento del terreno. También está desaconsejada en caso de niebla o del mal tiempo, puesto que no es difícil desorientarse. En primavera y verano, y con buen tiempo, no hay mayores problemas, la señalización es buena y los paisajes del montañoso interior asturiano son una maravilla.

De hecho, la Ruta de los Hospitales es en realidad el camino más natural, el más lógico, para alcanzar el Puerto del Palo desde Borres. Evita la bajada a Pola de Allande y la dura subida al Puerto del Palo. Además fue la ruta que siguieron los primeros romeros, y en la cual hubo dos hospitales de peregrinos: Fanfaraón y Valparaíso, de los cuales aun quedan vestigios. Hace años se hablaba de recuperar alguno de estos hospitales como albergue de peregrinos, pero desconozco si el proyecto ha quedado olvidado en el fondo de algún cajón o no.

El itinerario de Borres al Puerto del Palo por la Ruta de los Hospitales tiene 16,4 km, mientras que por Pola de Allande tiene 19 km. El primero avanza en más de la mitad de su recorrido por encima de los 1.100 metros de altitud, y no hay ni pueblos ni albergues; así pues, desde Borres no encontraremos ningún servicio hasta el pueblo de Lago (5 km más adelante del Puerto del Palo). En cambio, por Pola de Allande hay pueblos y albergues suficientes.

Hay un motivo más para decidirse por la Ruta de los Hospitales: la posibilidad, eso sí, remota, de ver algún oso pardo. El Parque Natural de Somiedo, donde viven algunas decenas, no cae lejos. Si ven alguno, tranquilidad, los expertos dicen que nunca atacan por propia iniciativa a los humanos… habrá que confiar en que el oso que veamos lo sepa ;-)

Aquí podemos ver un gráfico de desnivel comparativo de los dos caminos en cuestión:

 desnivel ruta hospitales primitivo

 

Lunes, 1 Marzo 2010

Retratos de peregrinos

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retratos peregrinos

Una original, creativa y curiosa idea de la Asociación de Astorga para “dejar huella de cuantos peregrinos pernocten en el albergue” durante este Año Santo, ha sido la de hacer una web con los retratos de los peregrinos que pasen por el albergue municipal de Astorga, que gestiona dicha asociación.

Obviamente la participación es voluntaria, y son los mismos peregrinos los que accionan el dispositivo que dispara la cámara. El resultado lo podemos ver en la siguiente web:

www.retratoperegrinos.com

Sábado, 31 Octubre 2009

El mausoleo romano de Fabara

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mausoleo romano fabara

En pleno Camino del Ebro, en el término municipal de la histórica Fabara y a un solo kilómetro de la población, se halla un interesante vestigio romano. Superado el río Matarraña por el puente de la carretera, tan solo debemos desviarnos del camino 300 metros para visitarlo. El monumento está cercado por una alambrada, así que si queremos visitarlo adecuadamente debemos pedir las llaves al Ayuntamiento (en el horario pertinente) y luego regresar para devolverlas.

Se trata, nada más y nada menos, de un mausoleo romano del siglo II, considerado el monumento fúnebre de origen romano mejor conservado de la Península Ibérica y uno de los mejores conservados del antiguo Imperio.

Uno trata de imaginar las vicisitudes que durante 1.800 años debió padecer el monumento, y admirarse de que continúe en pie sin apenas ninguna reforma ¿Cuántas de la construcciones actuales aguantarían sin reformas, a la intemperie, ni siquiera una décima parte, ni siquiera 180 años? Pero una sólida construcción no basta para resistir casi dos milenios. Tiene que haber algo más. Algo igual de importante. La suerte.

En el mundo, los ejércitos y los colonizadores nunca han mostrado demasiada sensibilidad para conservar las obras artísticas o monumentos de los conquistados, y aún menos si no sirven para nada. Porque, seamos sinceros, un mausoleo sólo sirve para consuelo de aquellos que lo construyeron. No es como un puente, un acueducto o un anfiteatro. Por lo tanto, podemos imaginar que las modestas dimensiones del mausoleo de Fabara, su cierta sobriedad, y su localización a orillas del Matarraña, medio perdido, medio escondido, allí, como quien no quiere la cosa, debieron favorecer su conservación. A menudo no hay mejor condición para sobrevivir que pasar desapercibido.

No fue hasta el año 1874 que el historiador Vicente de la Fuente descubrió el monumento e informó a la Real Academia de la Historia. Anteriormente, el mausoleo era utilizado para las cosas más banales; por ejemplo, se usaba como almacén, como refugio provisional y también era un lugar donde los niños iban a jugar y a tirar piedras. En aquel tiempo se conocía con el nombre de “Casa de los moros”, por el simple hecho de que siempre se atribuía a los musulmanes todas las construcciones antiguas.

Hay en Fabara quienes aseguran que una vez hubo una tentativa de destrucción del mausoleo, pero una tremenda tormenta, que devastó parte de las cosechas, lo impidió. Esto les hizo creer que en aquel raro edificio se escondía algún ente maléfico que, con la amenaza de alguna terrible maldición, era mejor no tentar. Ya no hubo más intentos de derribo, y desde 1931 está protegido bajo la figura legal de Monumento Histórico Artístico Nacional.

En fin, una construcción sólida como una roca y una suerte providencial permiten a los modernos peregrinos admirar la sobria belleza del monumento mortuorio romano. Un monumento pensado para durar una eternidad, un monumento que mandaron levantar unos desconsolados padres por la memoria eterna de su hijo muerto, un niño llamado Lucius Aemilius Lupus.

Jueves, 30 Julio 2009

Fantasmas en el Camino Primitivo

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monasterio san salvador cornellana

Los que tenemos una cierta experiencia en los Camino de Santiago sabemos que no son pocos, precisamente, los fantasmas que por allí merodean. Aquéllos que lo primero que te dicen es el número de caminos que han hecho, que si tantas el Francés, que si tantas la Plata, y que si la etapa más corta que caminan es de 40 km y al mediodía ya están en el albergue. Por no hablar de aquéllos que dicen haber hecho caminos que en realidad nunca han pisado. Pero el título de este post no se refiere a estos fantasmas. Resulta que también hay de los “otros”.

Debo reconocer que si mi relación con los fantasmas del más acá es complicada, con los fantasmas del más allá es… inexistente. Jamás en mi vida, y he dormido en todo tipo de conventos, monasterios y moradas variopintas, y muchas veces solo, lo que decía, jamás he visto un fantasma (de los del más allá). Ya no digo oído, que en mi caso sería normal porque soy un poco sordo. Digo visto. Seguramente es porque tiene razón aquel amigo mío que dice que yo no veo fantasmas porque no creo en ellos.

A lo que íbamos. En el albergue de peregrinos del monasterio de San Salvador, en Cornellana, en el Camino Primitivo, dos peregrinos aseguran haber fotografiado uno. Bajo este párrafo está el breve reportaje que informa de tal asunto. Así que si alguien de los que cae en este post va a hacer el Camino Primitivo, que haga noche en dicho albergue y esté al quite. Y luego que vuelva a entrar aquí y nos cuente qué tal. Si sigue vivo… ;-)

 

Lunes, 15 Diciembre 2008

Dos peregrinos caminan por una carretera

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peregrinos invierno

En pleno temporal de nieve y frío dos peregrinos caminan por una carretera (foto de El País). Hay que tener moral. Y se les ve felices, al menos a ella.

Jueves, 5 Junio 2008

Si esto es el Aubrac, hoy comemos aligot

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aligotEl Camino de Le Puy cruza de un extremo a otro la bellísima región natural del Aubrac, un enorme altiplano en el sudoeste del macizo central francés. Es un territorio extenso y poco poblado, salpicado de pequeños pueblos, y muy frecuentado por turistas y excursionistas, mucho más que por peregrinos. Como curiosidad, recuerdo que allí, en medio de una extensa llanura, había un gran cartel publicitario que decía algo así como: “¿Irlanda? Ven al Aubrac y disfruta de sus paisajes”. Lo de Irlanda venía a cuento por el supuesto parecido del paisaje, pero lo más fascinante era que el cartel animando al lector a visitar el Aubrac estaba en pleno Aubrac. Me reafirmó, una vez más, en que las cosas del marketing superan ampliamente la capacidad de mi intelecto.

El Aubrac tiene una (y sólo una, os lo puedo asegurar) especialidad gastronómica: el aligot. Famoso donde los haya, se trata de un simple puré espeso de patata y queso, que se estira como una goma. Justamente, y a causa de sus componentes, tiene un sabor mezcla de patata y queso. No tiene misterio alguno, simple como un libro de Teo, pero lo que sí tiene es un éxito descomunal entre los visitantes del Aubrac. Es la especialidad culinaria de todas la gîtes d’ètape y restaurantes de aquellos lares. Se ve, por lo que me contaron, que era la comida (barata y energética) que se daba a los peregrinos en el medievo. Y se ve (eso no me lo contaron, eso lo vi yo) que es la comida que siguen dando a los peregrinos en el siglo XXI.

La cosa, al principio, hasta tiene su gracia. Ya no tiene tanta gracia cuando uno se da cuenta (y se da cuenta pronto) que no es lo mismo hacer un poco de turisteo o una excursión por el Aubrac, haciendo una sola noche en una gîte de la región, que cruzar todo el macizo entero a pie y hacer noche, no en una, no, sino en tres gîtes.

En la primera gîte del Aubrac que dormimos mi amigo italiano Luigi y yo, todavía superamos con una cierta dignidad la prueba del aligot. No lo voy a negar, es comestible, con una textura un poco extraña, pero comestible al fin y al cabo. Y sabe, como ya he dicho, medio a patata medio a queso. Esa primera noche en el Aubrac observé estupefacto el entusiasmo que despertaba el aligot entre los urbanitas franceses, con impetuosos aplausos dedicados al cocinero al final de la cena. Luigi y yo también aplaudimos.

Fue al día siguiente, cuando finalizada una dura etapa llegamos a la gîte, que empecé a tomar verdadera conciencia de la magnitud de la cuestión, o sea, de qué iba la cosa: o comía aligot aunque me saliera por las orejas o me iba a la cama con un hambre de mil demonios. Seríamos unos treinta alrededor de la mesa, veintiocho franceses, Luigi y yo. Ellos un poco más alegres y locuaces que nosotros. No hubo sorpresas, y de primer plato, tal como estaba anunciado, nos pusieron aligot. Todo el mundo, menos yo, que hice lo que buenamente pude, se lo comió. Luego llegó el cocinero y su mujer con una gran cazuela, y anunciaron satisfechos y casi gritando que había más, más de los mismo. No me lo podía creer. Luigi tampoco, pero disimulaba. Hubo alborozo, aplausos y algún comentario sobre que al “espagnolo” no le gusta el aligot. Ante la sorpresa del cocinero, rechacé, con toda la amabilidad de la que fui capaz en aquel momento, la segunda ración. Los franceses no entendían que no quisiera más de semejante exquisitez, y yo no entendía qué hacía en un albergue en medio del Aubrac. El único “espagnolo” que aquella noche comía el maldito aligot, el único “espagnolo” en doscientos kilómetros a la redonda.

Al día siguiente, Luigi y yo seguimos andando por el maravilloso Aubrac. Ya habíamos cruzado la mitad del macizo, y había algo en mi interior que me empujaba a avanzar rápido. Pasamos algunos pueblos cuyos restaurantes anunciaban el aligot como plato estrella, y eso hacía mucha gracia a Luigi. El lector de este relato, llegado al sexto y último párrafo, ya habrá adivinado qué comimos en nuestra tercera noche en el Aubrac, y por lo tanto me ahorraré detalles innecesarios. No hubo milagro, recuerdo la pizarra junto a la puerta del albergue, la palabra “aligot” escrita con tiza, mis palabras “no puede ser verdad” repetidas en voz baja, Luigi mirándome y riéndose, sentado sobre una piedra, con su sombrero de cowboy. Al día siguiente ya alcanzamos el precioso pueblo de Saint Côme d’Olt, con su curioso techo retorcido del campanario, a las orillas del río Lot, lo que nos situó definitivamente fuera de los dominios del Aubrac y de su insufrible aligot.


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